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domingo, 9 de diciembre de 2007

Piel de manzana

"A esa muchacha que fue "Piel de Manzana"
se le quebró el corazón de porcelana,
se le bebieron de un trago la sonrisa.
La primavera con ella tuvo prisa"
Joan Manuel Serrat



Ahí estaba ella, quitándose el maquillaje y la juventud al mismo tiempo frente al espejo. La sombra negra alrededor de sus ojos daba la impresión de mil años llorados, de mil historias fracasadas, de mil soledades... ¡pero eran tan pocos los años para sus deseos nunca marchitos!.
Se encontraba frente al espejo intentando reconocer, entre las arrugas y la oscuridad de su cuarto, a aquella muchacha que seguía revoloteando en sus recuerdos y su pecho, aquella que enloquecía a los muchachos del barrio, aquella que se dejó morder todas las veces. ¡Y allí estaba!, ¡sí, era ella!; bella, lozana, alegre. ¿Nadie la ve?, ¿cómo pueden ser tan ciegos?. Era ella, la bella, la dulce fruta que todos querían comer; su piel seguía siendo lisa y blanca, sus senos redondos y provocativos ¡qué provocativos!. Ella los pellizca y se da cuenta que las hormonas siguen allí también, intactas. Reacciona su entrepierna, aún se humedece y aún la quiere acariciar; sigue suave, sigue lista, sigue ardiente.



El espejo le devuelve la imagen de su viejo recuerdo. "¡Qué viva estás Piel de Manzana!, ¡envidien ciegos! ¡envidien mis manos que ahora son mis dueñas!" susurra, ahogando lágrimas, mientras acaricia sus senos desnudos con una mano y la otra sube y baja suavemente en el sexo sin canas de su recuerdo. Ahí está el placer, ahí sube de nuevo la explosión desde su vientre, ahí el temblor, ahí sus mejillas de nuevo enrojecidas y el recuerdo del primer hombre que le dijo "mírate, tu rostro refleja la piel de una manzana dulce y madura". ¡Já!, madura. Madura refleja cruel el espejo su imagen ahora, aparecen las canas, las arrugas, el maquillaje escurrido y la soledad del corazón de la manzana, que, luego de expuesto tras cada dentellada hambrienta, queda olvidado en la basura o, ahora, en esa habitación oscura de un pueblo cualquiera olvidado en el tiempo.

Perversos



Desvístete...


Adrián alucinaba, tanta vida, tantos momentos, tanta búsqueda. Navegó por los lugares más oscuros, quebró su cuerpo, atentó contra su alma. Sexo desmedido, drogas, consecuencias... todo sin respuestas, sin su respuesta. Y luego el vacío, el inevitable vacío de las búsquedas equivocadas. Y la desesperanza. El arma decidida en su regazo y un último grito "Se cae la luna, te miro a los ojos, y sonríes. Ahora, todo es oscuridad, y adiós." Pero ella respondió, ella le dio su respuesta, detuvo la bala, llenó el vacío.


¿Quieres que la desvista para ti?


Y en su mirada el odio, profundo odio... y el amor... Eran dos felinos, panteras que todos temen; esa mirada de fuego de una, de noche cerrada del otro, profundas, inesperadas; esos movimientos que a todos sorprenden, ese enigma que siempre representaban. Los dos se reían de ser los descritos en los cuentos de hadas como "malignos", y todo por no ser comprendidos, todo por ser de los pocos honestos que simplemente aceptan lo de animales que todos llevamos dentro. Sí, son bestias, también son esas bestias que se pasean por sus instintos perversos, que disfrutan de todas las pasiones. Y su amor es verdadero, tan verdadero como su odio.


Ella se lo demostró esa noche.


Se citaron en su morada. Ella demoró más de lo normal. Quince minutos, media hora, una hora... Adrián comenzaba a desesperarse cuando sonó la puerta. Extraño, ella no golpea.


¿Adrián...?


¿Quién eres tú?


Virginal, cabello rubio cayéndole hasta los hombros, ojos celestes, palidez nívea, labios carmesí. Un ángel claro, limpio, puro y asustado. Vestido blanco, abotonado al frente, de falda vaporosa, un tanto ceñido al torso, sin mangas; corto, dejando ver unas piernas delgadas, también níveas, y descalza... la chica venía descalza.


Justo detrás de ella, en el pasillo, apareció su pantera, la antítesis de la presente imagen frente a él; bronceado canela, ojos verde-amarillos centellantes, cabello negro hasta los glúteos, delgada, piernas torneadas. Vestido negro ceñido, largo hasta los tobillos, enmarcando sus curvas. Nunca la había visto así, con esa sonrisa perversa y esa expresión en su cara. Y en su mano derecha, guindando, estaban las sandalias blancas de la chica. ¿Qué se proponía?.


Ella es Mara, Adrián, y quiere saber lo que es intensidad...


Y su sonrisa, cínica y triste, de vuelta al rostro mientras la hacía pasar bajo la mirada sorprendida y complacida de Adrián. Había pensado mostrarle esa noche qué tanto guardaba por dentro, qué era lo que ella llamaba "Oscuridades" y que él tanto deseaba descubrir; y como quiera que cuando uno decide algo con fuerza, todo parece moverse para así lograrlo, la vio sentada en ese banco de plaza, preciosa chica desconsolada; la imagen del abandono, del adiós, del despecho. Su misma imagen de hace tanto tiempo, de aquella que aún tenía esperanzas y por eso lloraba sus lágrimas ante todos, para ser vista, para ser consolada. Lo decidió. Esta chica sí tendría consuelo, la tendría a ella. Le ahorraría las dudas en la búsqueda, le ahorraría los caminos equivocados, se la ofrecería a Adrián, su Adrián.


Una tentadora charla, una mirada comprensiva y cazadora, una sonrisa triste, un odio compartido por quien osara dañarla y la seducción estaba completa. En eso, Ximena era ya una experta.


¿Estás segura ángel?, el camino de las negruras no tiene regreso


Permíteme demostrarme que soy más que una cara de ángel...


Ok. Bajo mis reglas hoy, Mara. Hoy y nunca más. Comienzas el camino, luego seguirás sola. ¿Un consejo?, corre a tiempo, si tienes miedo, corre a tiempo. Ahora acompáñame.


La mano extendida, ángel de aura negra frente a ella, serpiente tentadora y esa mirada de fuego, la irresistible mirada de fuego.


Desvístete, Adrián


Y Adrián sonriendo, malévolo, y pensando "ahora entiendo tu juego"; dirigiéndose a la cama y sentándose en el borde, apenas deshaciéndose del pantalón solamente.


¿Quieres que la desvista para ti?, está asustada, cáptalo en su mirada, huele su miedo. No debes tenerlo chiquilla, no debes tenerlo.


Y la pantera que se le acerca, su respiración se detiene por un instante. Ahí el dedo índice de Ximena posándose en su hombro pálido, haciendo una línea transversal que la cruza hasta el otro hombro, mientras la rodea y hace medio giro hasta posarse a sus espaldas. Lacerante el calor que emana, ¡cuánta energía la de esta mujer!, ¡qué atractiva era!. Y ella que nunca se imaginó a sí misma así, dominada por ese malévolo hechizo.


El perverso mirándolas fijamente, manos apoyadas tras su espalda sobre la cama, una pierna levemente cruzada sobre la otra, el bulto bajo su slip, su mirada fija, entre las dos pieles. Y la respiración pausada y segura de la perversa, su mano posada en su hombro y su aliento en el cuello. "Relájate, entrégate". Los labios ardientes marcando camino en la curva de su hombro y una navaja en su otra mano. Mara abriendo su vestido lentamente, un botón, dos, tres... La mano de la perversa que la detiene con la navaja, la mirada posada sobre el perverso, como la suya, y la navaja alojándose bajo el cuarto botón, presionando hacia arriba. Un salto blanco cayendo al suelo, otro salto... y final. Apenas alcanzar a ver cómo a su lado la perversa coloca la navaja entre sus dientes y con sus manos libres hala la tela abierta hacia atrás. Tela blanca rozando piel de alabastro en caída, manos mestizas que dibujan su cuerpo en el descenso; la nariz de la perversa en su espalda, su cintura, y el filo de la navaja, helado, rozando la piel desde sus dientes. Centelleante escalofrío.


Desvísteme tú, usa la navaja.


Carcajeo seco de la pantera. Mirada de odio que clava sobre él.


Lo disfrutas ¿verdad?. Disfrutas que te traiga una presa y vea tu deseo...


Tanto como tú, Ximena, tanto como lo disfrutas tú.


Mara, toma esa silla, colócate frente a él, deja tu deseo surgir. No te quites el sujetador.


La chiquilla obedeciendo, la piel de su pecho ya enrojecida. Se desnuda a medias, se sienta frente a él y observa. Ojos de fuego que se acercan al perverso; cuatro ojos encendidos que lo observan de frente, llamas celestes de gas voluble, llamas amarillas de madera ardida. Y Ximena a gatas tras él en la cama, mano con la navaja metiéndose por el cuello y el filo que sale frente a ella. Brillo de plata en medio de tela negra abriéndose camino hacia arriba. De nuevo el filo entre los dientes blancos de ella y las manos en garfios rasgando con odio su dolor y su amor en el gesto. Placer al verlos, oscuros seres y ella invadida de deseo de ellos. Sus dedos que se pierden en su entrepierna, espasmo en el primer contacto. El perverso le sonríe. Sí, le gusta, a él le gusta.
Ximena desliza ahora la navaja que ha tomado de sus labios por un costado del torso de Adrián, qué hermoso espectáculo. Ella de rodillas, piernas abiertas tras él, la falda con sus aberturas laterales estiradas al máximo, sus piernas bronceadas, fuertes, rodeando la belleza del perverso, como un marco. Sus rostros, uno al lado del otro, ahora cuatro ojos sobre ella; fuego, negro. La navaja bajo un lado del slip y el corte certero. Suave gemido del ángel oscuro confundido con su propio gemido. Mano izquierda enlazándose en la tela rota y mano derecha cortando el otro costado. Y la voz de Ximena, amenazante rompiendo la música de sus suaves suspiros.


Nunca los labios, Mara, no oses tocar sus labios con los tuyos.


Mara asiente, entiende. El perverso sonríe. Ximena odia. Busca los labios del perverso, la lengua que apenas los roza en el medio y ella que se aleja de él. Luego frente a ella, la misma lengua que abre su boca y lame una sola vez.


Pruébalo. Sólo así y sólo ahora.


De nuevo tras ella, ya sin devaneos. Navaja bajo el sujetador, justo en el medio, en el centro de sus pechos, y el último corte. Su piel ardiendo se enrojece entera, sus mejillas, expresión de lujuria y Ximena de nuevo que se aleja.


La ve sentarse en una poltrona negra, al extremo de la habitación. La navaja en el regazo, las piernas cruzadas, sus manos entrelazadas frente a su rostro, los pulgares reposando en el mentón y su mirada fija, sobre los dos. Orden silenciosa. Es hora.


Adrián extendiendo su mano. Fuerte dejavù. "El camino de las negruras no tiene regreso". Ella la toma, se acerca, se arrodilla ante el ángel oscuro, besa su abdomen, sus manos acarician sus caderas.


Aráñalo...


Vago intento, sus uñas apenas aprietan. Él sonríe viendo a su amada.


Nadie como tú...


Ximena se levanta, posa sus manos en las de ella, "Las uñas, clávalas". Su fuerza es irresistible. Las uñas clavadas y, en firme presión, la perversa desciende con sus manos sobre las de Mara. Gemido de placer. Adrián se complace. "Te amo" en masculino, "Te odio" en femenino. Y las manos de Mara abandonadas mientras la perversa, de nuevo, se aleja.


Guíala Adrián. Guíala con tu sexo en su boca.


Mara besando el glande, Adrián enlazando sus manos en rubios cabellos, bridas dirigidas al galope y embestidas bestiales. Mara abriendo surcos en sus caderas, carmesí brillando tímido en la piel también blanca del perverso.


Perra, me lastimas.


Y más fuerte las embestidas, más rostros desdibujados de deseo.


No acabes en su boca...


La chiquilla, posesa, levantándose. Apenas viendo de nuevo la imagen de Ximena en el sillón oscuro que la abraza. Adrián sentado en la cama, con la espalda sobre la pared, en ángulo recto, frente a ella, que observa, apenas observa. El perverso haciendo de sus manos garras posadas en los suaves glúteos de ella y sentándola sobre sí fieramente. Qué hermoso espectáculo. Nívea inocencia arqueada sobre el corrupto. Mentón apuntando al cielo, cabellos rubios abandonados en la espalda blanca. Los ojos del perverso, negros, lascivos, observando a su amada. Ximena que se muerde los labios, sonríe de lado.


Esto soy perverso. Esto también soy mi amado. Muérdelo Mara, le gusta que le muerdan.
Mara ya no tiene dudas, sólo tiene ansias. Lo muerde fuertemente en el hombro y Adrián gime de dolor y lujuria. Ximena sabe desatar a su bestia oscura y él se abandona a al desenfreno de su locura. Su mano rodea el cuello de Mara, aprieta, embiste; fuerte, cada vez más fuerte. Y la mira, mira a su amada también entregada, con su paciente observación, también está entregada. Mara se defiende, más fuerte lo muerde, más fuerte la mano la ahorca. Abre sus labios, busca aire, él embiste y sigue apretando. Placer en la línea de la muerte. Sin aire, pero el cuerpo igual reaccionando, se aprietan todos sus músculos, el sexo de él ahorcado por ella también en la tensión de su cuerpo. Placer en la línea de la muerte, las manos de ella golpeando su pecho, arañando fuerte y él gimiendo, y embistiendo.


Maldito, no la mates...


La navaja en su cuello, el filo clavado bajo el mentón, mirada de odio y excitación. Su cuerpo estalla en un fuego que lo recorre desde su espalda y sale libre de su sexo dentro de Mara. La chiquilla, con el rostro ya azulado, es liberada y, en la aspiración de la búsqueda de aire del ahogado, también su placer estalla. Loca se mueve sobre él. Loca grita y tiembla. Loca cae sobre su cuerpo, desmayada.


Despierta para verlos besándose, ella entre los dos cuerpos, la navaja aún en el cuello de él. Los senos de Ximena en su espalda, el sudor de Adrián en su pecho y ella aterrada. Los empuja, los maldice; ellos ríen y ella corre buscando sus ropas en el suelo. No la persiguen, apenas ve sus ojos, negro, fuego, y en su beso de odio la más profunda entrega. Se aman.


***


¿Estás segura ángel?, el camino de las negruras no tiene regreso.


Estoy segura. Pero no me has dicho tu nombre.


La mano extendida, piel blanca bajo tela negra, ojos de fuego azul centellando en medio de la noche.


Mara, mi nombre es Mara...

Vértigo urbano


Cuando salgo en la noche a pasear a mi perra y un mendigo camina muy cerca, buscando desesperadamente colillas de cigarros en alguna maceta, me embarga el miedo. Me pregunto "¿debería tener miedo?". Maquinalmente me asaltan dos inútiles respuestas que no sirven de nada. La primera: "Sí, debes tenerlo, porque ese hombre, si quiere, te hará daño a ti y a tu perra, porque estos seres no sufren el miedo, viven de él, y por eso se abalanzará sobre ti, sin importarle cuán grande sea tu perra, buscando en tu bolsillo un cigarrillo completo". Pero también veo a mi perra tranquila y sé, además, que tengo una caja de cigarrillos completa, me embiste entonces la segunda respuesta: "No, no debes temerle, porque tu perra está tranquila, porque, si tienes veinte cigarrillos, con sólo darle uno, no tendrías ningún otro problema y porque ese hombre seguro sigue buscando en la maceta sin ni siquiera saber que tú fumas". Sin embargo, el miedo persiste en mí y para arrancármelo de una vez por todas, decido devolverme a darle ese cigarrillo que él no me ha pedido. Pero, finalmente, al volver la mirada y buscarlo, el mendigo ya se está alejando comiendo un trozo de pan que ha encontrado y no me escucha cuando corro tras él, llamándolo, con un cigarrillo en la mano y mi perra jadeando y ladrando, excitada por mi propio miedo, y desesperada por volver a casa.

Estatua de sal: La última mirada

No sé cómo relatar esta historia y si llamarla o no incesto, en términos legales no lo es, pero para mí y para él somos hermanos....

Mejor intento explicarlo desde el principio, ya me dirán luego cómo puedo llamar a ese encuentro con Joshua.


Hace ya diez años hice un viaje de intercambio, una de las experiencias más intensas y determinantes de mi vida, sé que hay varios tipos de intercambios con programas distintos, éste tenía duración de un año y no era, como es lo más común, estudiantil, sino "cultural", con el objetivo de aprender la cultura y la sociedad de otro país, por ello se estipulaba pasar por mínimo tres familias distintas durante ese lapso de tiempo y, sí, estudiar, pero digamos que esto tomaba un papel accesorio, sobre todo porque generalmente se realizaba el viaje en el último año de la etapa secundaria, con la idea de, que si se estudiaba dicho curso en el otro país, al regresar igual se retomara en el propio para graduarse. En mi caso particular yo estaba adelantada un año y cuando tuve la edad para realizar el intercambio ya había terminado, así que lo único que hice fue tomar un curso preparatorio de universidad, al que asistí apenas unas tres veces, por lo tanto dispuse de mucho más tiempo para quedarme en las diferentes casas por las que rodé y, como ya dije que el estudio no era el protagonista de este programa, nadie se preocupó mucho al respecto.


Por diversas circunstancias mis primeras experiencias fueron unos verdaderos suplicios, pasé por un total de cinco familias, de las cuales, la única que vale la pena mencionar es la última.
Caí en esa casa ya bastante desesperanzada con respecto a mi viaje, había tenido excelentes experiencias pero con las familias no me había ido muy bien, así que no tenía muchas ilusiones con ésta. Sin embargo, para grata sorpresa mía, con ellos todo fue diferente desde el principio, ni me trataron con demasiada atención (o sea, ni artificial ni hipócritamente, sería bueno que quien tiene intercambistas en su casa entendiera que no somos unos payasos de turno, ni una novedad para mostrar a los amigos de "sociedad") ni me ignoraron como si yo fuera un huésped en una posada, me trataron como reza la idea del intercambio: "uno más de la familia".


La familia estaba conformada por papá, mamá y cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, bueno, tres adolescentes y una hermosa niña, para ser más exactos, y de todos ellos yo era la mayor, desde un principio me pusieron el título de "hermana mayor" y así, durante los cuatro meses que viví con ellos, todos eran mis hermanos y mis padres, salíamos bajo mi responsabilidad, mi hermana más cercana, Lucía, siempre me daba demostraciones de cariño, era la más tierna de todos y la más afectuosa, nos sentábamos a hablar durante horas, nos escribíamos notitas cariñosas, cantábamos juntas, ella escuchaba la música que yo traía y fue ella quien me enseñó a apreciar la música del nuevo país donde estaba; estaba también mi hermano preadolescente, el problemático Marcelo, aunque en el fondo era un pan dulce, él no era nada afectuoso, pero llegó un momento en el que solamente me atendía a mí, recuerdo bien cuando papá le dijo: "está bien, le diré a Kassandra que hable contigo, total es a ella a la única que escuchas"; Danielita, la más pequeña, me buscaba por las noches para que le cantara alguna de las tonadas que la hacían dormir, pero evidentemente con ella no tuve mayor compenetración, tenía apenas tres años y yo ya 17, era poco lo que podíamos compartir.


Finalmente estaba Joshua, el mayor de los cuatro, tenía 16 años para ese entonces, pero a él demoré un poco más en conocerlo ya que, precisamente por mi llegada, tuvo que mudarse a casa de los abuelos y así cederme su cuarto, lo cual no representó problema de su parte ni me mantuvo alejada de él, como dije, desde un principio me hicieron sentir parte de la familia y ello abarcaba también los abuelos, quienes gustosamente me recibían en casa varias veces a la semana. Estas sesiones fueron convirtiéndose en necesarias tanto para Joshua como para mí, lejos de nuestros padres, del resto de los hermanos, podíamos hablar y conocernos mejor, éramos los más contemporáneos y teníamos muchas cosas que compartir, aunque, he olvidado mencionar que Joshua era muy introvertido, un muchacho bastante callado, bastante hierático, así que me costó un tanto al principio romper esa coraza; me empeñé en hacerlo fundamentalmente por dos razones: una, no iba a ser justamente él el responsable de frenarme las bellas relaciones que estaba estableciendo con la familia, y en segundo lugar, aunque no reconocido hasta mucho tiempo después, Joshua era un chico con una carga de sensualidad increíble, carga que él mismo no conocía, lo que, supongo, lo hacía mucho más irresistible, ¿alguien ha conocido sensualidad más atractiva que la ingenua?.


Así las cosas, Joshua y yo nos fuimos compenetrando muchísimo, hablábamos de todo, nos tocábamos mucho, nos hacíamos caricias, nos abrazábamos, nos recostábamos en nuestros regazos mientras veíamos televisión, él se reía de mi acento al hablar su idioma y me enseñaba a perfeccionarlo, yo le enseñaba algunas cosas en español, a veces salíamos con Lucía y Marcelo, como cuatro hermanos, hacíamos guerras de almohadas, preparábamos a escondidas alguna sorpresa para nuestros padres, incluso hubo noches que dormimos enteras abrazados el uno al otro.


Pero cada día que pasaba se me hacía más necesaria su presencia, ya señalé que no vivíamos juntos, pero ya para los últimos tiempos de mi viaje, prácticamente siempre estábamos el uno donde estuviera el otro, yo no quería pensar abiertamente lo que estaba sintiendo, tenía novio y él era mi hermano, por encima de cualquier cosa ellos eran mis hermanos y yo podía estar confundiendo ese gran cariño con otro tipo de amor, total, no conocía bien lo que podía ser un amor fraternal, en mi país soy hija única, no tengo idea de qué siente un hermano verdadero por otro, no sé cómo son sus acercamientos, no sé si se quiere a uno más que al otro, si hay algún preferido, si hay algún mimado, si hay el que nos entienda más, sólo lo sospecho, mis padres verdaderos tienen hermanos y observándolos pues veo que siempre hay uno al que se inclinan más, otro al que quieren cuidar, otro con el que se tiene un acercamiento intelectual... y en mi caso por el que más me inclinaba era por Joshua, al que quería cuidar era a Marcelo y mi acercamiento intelectual era con Lucía. Así que me quedé quieta en mis impulsos, simplemente estaba confundida y de seguro lo que me parecía de su parte también era producto de mi imaginación, él me quería tanto como yo, eso era todo, no sentía por mí otra cosa más allá de esas que mi mente calenturienta pensaba en algún momento.


Pasaron cuatro meses y llegó el momento de mi partida, esa última semana estuvo realmente llena de emociones, mis padres escribieron una carta para mis padres verdaderos, carta que no podría ser abierta hasta que yo llegara, mi hermana me regaló un libro y durante todos esos días nos dedicamos Joshua, Lucía y yo a grabar en casettes todo cuanto hubiéramos oído juntos, para no olvidarnos de esos momentos que sólo algunas canciones son capaces de evocar. También nos fuimos a poner unos piercings en las orejas, uno por cada uno, compartiríamos los aros toda la vida; eso sería símbolo de nuestro nexo, además del pacto de sangre, ¡qué románticos podemos ser de adolescentes!.


Durante esa semana Joshua durmió en casa, nuestros padres estuvieron de acuerdo en que teníamos que pasar el máximo de tiempo juntos, pronto yo me iría y no sabía cuándo o si regresaría alguna vez, sería una crueldad que no estuviéramos finalmente como la familia que llegamos a ser.


Fueron muchas las despedidas esa semana, lo cual me hacía llegar casi siempre tarde a casa, que era donde finalmente siempre quería estar, pero todo parecía como a mil por hora, el tiempo se me acortaba a una rapidez fuera de lo normal, y no quería dejar sitio o persona por volver a ver antes de mi partida, ¡son tan tristes y a la vez tan hermosos esos recuerdos!. Todas las noches llegaba y encontraba a Joshua esperándome, algunas veces con Lucía, otras solo, y siempre estábamos tan tristes que apenas pronunciábamos palabra, nos quedábamos alguno en el regazo del otro, nos acariciábamos inocentemente en la cabeza, veíamos ausentes la televisión, o dormíamos así, reitero, la tristeza era muy grande.


Finalmente llegó el último día, día que al final se convertiría en uno, sino en el más, hermoso recuerdo de ese año de intercambio. Como era de esperarse estuve fuera de casa todo el tiempo, fui a la universidad a despedir a viejos amigos, fui a casa de otros intercambistas a quienes aún no les había llegado su hora pero con los que había hecho buena amistad, fui a ver a mi novio, al que adoraba y con el que cerré la noche fuera de casa, hicimos el amor como posesos, como queriendo quedarnos con retazos de piel previendo una sed que de seguro pronto nos atacaría, pero eso es otra historia.


Cuando llegué a casa, ya bastante de madrugada, encontré a Joshua medio dormido en el sofá y a Lucía, un tanto molesta, pero despierta, esperándome también. La abracé y le dije que no se molestara, que por más que intentara no podía dividirme, ella me dijo que no le molestaba que llegara tarde, que le molestaba que me fuera, que había estado hablando con Joshua y él estaba igual o peor que ella y que habían decidido pedirme que no me fuera.


Me lo soltó así, sin yo esperarlo, como un vaso de agua frío directo a la cara, yo no podía quedarme, por más que quisiera, las reglas del intercambio me obligaban a volver luego de un año y luego de arreglar todo el papeleo bien podía hacer lo que me diera la gana, pero tenía que regresar; además tenía a mis padres aquí y los extrañaba como loca, al igual que ellos a mí, luego de todo lo que había tenido que pasar durante ese largo año, finalmente volver a casa era necesario para todos... aunque debo admitir que lo dudé por un instante, pero mi duda se disipó pronto y le tuve que decir a Lucía que lo que me pedía no era posible, que tenía que regresar, ella me dijo que se lo esperaba, pero que entonces prefería no formar parte de ninguna despedida, que se iría a su cuarto y que no la malinterpretara, simplemente quería hacernos a los tres las cosas más fáciles. Imagino que entendió mi cara de incomprensión y me dijo que, como ya me había comentado, Joshua estaba igual o peor que ella, que ella jamás lo había visto llorando y que ese día lo había hecho tanto que finalmente se quedó dormido en el sofá, agotado; que tal vez no le creyera, pero que ella creía que nosotros teníamos algo especial y que sentía que debíamos despedirnos solos.


Su revelación me sorprendió, era cierto, imaginar a Joshua llorando se me hacía imposible, siempre agradecí el gesto de Lucía de dejarnos solos, pero no solamente por haber dado paso con ello a lo que sucedió después, sino porque se me hubiera hecho infinitamente más difícil esa noche de haber estado los tres, ella siempre fue muy optimista, muy alegre, y me hubiera partido el alma verla sufrir.


Me acerqué a Joshua, no quería ni despertarlo, se veía francamente hermoso acurrucado en el sofá, lo único lamentable es que no podía ver sus grandes y hermosos ojos azules, esos ojos que eran los que, indiscretos, generalmente me abrían las puertas de sus sentimientos. Ahí, dormido, se veía tan indefenso y a la vez tan hombre, tan sensual, su cabello caía sobre su rostro, respiraba pausadamente, relajado, entregado a su sueño, una mano servía de apoyo a su mejilla, mientras la otra reposaba sobre uno de los cojines del sofá y la boca entreabierta, provocativa, de labios gruesos, me invitaba descarada a darle un beso... pero no, no podía, ¡era mi hermano!.
Aparté el cabello de su rostro, quería observarlo mejor, él se movió, entre dormido y despierto, aproveché su estado de duermevela para hacer lo que siempre hacíamos, me senté en el sofá y dejé que su cabeza se acomodara en mi regazo, comencé a acariciar su cabello con una mano y con la otra tomé la suya, como queriendo apresarlo y que ya nada más nos separara.


Algo mágico, que aún hoy no sé explicar bien, se operó en el ambiente, su mano apretaba la mía, él no abría los ojos y yo no podía dejar de observarlo, uno de mis dedos, accidentalmente rozó sus labios, y juro que fue accidental, quería acomodarme el cabello y cuando moví la mano para eso, rocé sus labios. Nunca llegué a acomodarme el cabello como quería pues cuando mi dedo tocó su boca, él la abrió y me tocó la yema con la punta de su lengua, ese contacto fue una descarga eléctrica, me dejó paralizada, dejé el dedo quieto donde estaba y vi como su lengua comenzaba a jugar con él, eso me excitó y nubló todo pensamiento racional de mi mente, nuestras manos se apretaron fuerte, como anticipando temerosas lo que sabíamos que pasaría y al mismo tiempo dándose apoyo mutuamente.


Me dejé entonces viajar por sus labios que tantas veces había deseado calladamente, dibujé la silueta de su rostro, paseé por el interior de su boca mientras él chupaba uno a uno los dedos. Pronto su mano libre comenzó a actuar rozando tímidamente mi mejilla; sí, él sentía el mismo miedo que yo ante lo que estábamos haciendo, se notaba en el temblor de sus manos.
Nuestros corazones latían con tanta fuerza que podíamos notarlo, poco a poco él fue subiendo y yo fui bajando, hasta que nuestros rostros estaban sólo a milímetros, nuestras manos ya estaban viajando con más confianza por donde nuestra incómoda posición nos lo permitía; él tenía la suya en mis costillas, apenas rozando con el dedo pulgar el comienzo de mi seno y yo me entretenía en su vientre, sin atreverme aún a seguir el camino que mi propia mano estaba trazando. Por fin, abrió los ojos y me confirmó por un lado su decisión y por otro, su miedo; nos dijimos mil cosas con la mirada, cuánto nos deseábamos, cuánto nos amábamos, cuánto miedo teníamos, cuánto dolor... soltó mi mano y puso la suya sobre mi nuca acercándome a sí mientras se iba levantando y de ese modo, con los ojos abiertos, nos besamos, sin perder detalle de lo que nuestra visión nos regalaba mientras comenzábamos a abrazarnos fuertemente, fundiéndonos lo más que podíamos el uno en el otro.


Como guiadas por un maestro de orquesta, al mismo tiempo, nuestras manos comenzaron a recorrernos mutuamente, toqué su pecho por debajo de su camisa, que ya había desabotonado casi sin darme cuenta, su viaje se inició por mi espalda mientras me quitaba la blusa y nuestro beso sólo se vio interrumpido para poder saborear nuestras orejas, nuestros cuellos, nuestros hombros; perfectamente sincronizados nos besábamos y nos tocábamos, excitándonos al máximo pero sabiendo ya que la noche era nuestra, no había por qué apresurar nada, por fin caídos los velos debíamos disfrutar de todo lo que estaba tras ellos, y eso hicimos.


Lo acosté en el sofá y lo besé, sobre él me sentía dueña y señora del mundo y creo que se lo hice sentir, porque él se abandonó a mis manos y mis besos, sumiso y pasivo. Mordí suavemente su labio inferior y él profirió un gemido bajito, bajé a su mentón siempre mordiendo, cada vez con mayor intensidad, y él acompañaba mis movimientos con su respiración cada vez más acelerada, besé su cuello que tanto me encantaba y me detuve un momento en su manzana de adán, prominente y provocativa; seguí mi camino hacia el sur esta vez con la lengua, dibujando con ella sus tetillas, lo cual le erizó.


Todas sus reacciones me excitaban cada vez más, como si mi placer dependiera únicamente del de él, sus manos no paraban de acariciarme el cabello y la espalda, aún tímidas, mientras yo iba besando y besando cada espacio de piel que se me iba mostrando, hasta que finalmente llegué a su enhiesto sexo, preparado, expectante, delicioso a la vista, me detuve a mirarlo primero, lo acaricié suave, apenas dejándole sentir mi tacto, luego toqué la puntita con mi lengua, como hacía unos minutos había hecho él con mi dedo, se estremeció y colocó sus dos manos sobre mi cabeza, no me empujó ni me apretó, pero su gesto me hizo saber muy bien lo que quería y me excitaba aún más que él fuera tan suave, tan delicado, tan sublime en cada movimiento. Finalmente tomé el pene entre mis manos y lo puse entre mis labios primero, lentamente comencé a introducirlo en mi boca y chupar, para aquél momento no tenía mucha experiencia en felaciones, y de hecho, no me gustaban, pero con el miembro de Joshua las cosas fueron sucediendo solas y no tenía ningún tipo de desagrado, al contrario, parecía que, siendo un manjar tan deseado, estaba probando la gloria en su sexo, mi lengua se movía circularmente alrededor de su glande mientras chupaba ávida, él temblaba fuertemente y se aguantaba sus gemidos y yo me alimentaba de deseos con cada gemido ahogado de sus labios, todo lo que estaba pasando me estaba volviendo loca.


Apenas tuvo tiempo de reaccionar para levantarme la cabeza y acabar. El líquido caliente fue a parar a mi cuello y parte de mi pecho y yo estaba a punto de explotar de tanta excitación, de tantas ganas. Sin embargo, no sé por qué, lo que hice fue llorar cuando me encontré con sus ojos, él me abrazó con fuerza, y volvió a besarme en los labios, no me dijo nada pero me vio directamente a los ojos, usando ese nuestro código de miradas, para transmitirme su tranquilidad, tranquilidad inexistente porque los dos temblábamos como hojas al viento, pero entendí y agradecí su gesto, ya no había vuelta atrás y él sabía muy bien lo excitada que estaba, mi corazón y mi respiración lo denotaban.


Sus manos volvieron a crecerse en mi piel, recorrió de nuevo mi espalda en ascenso y comenzaron a colarse por mis costillas hasta llegar a mis senos, masajeó suave y torpemente al comienzo, luego fue tomando experiencia maestra y pellizcó, rozó, acarició, apretó, mientras su boca paseaba alternadamente por mi oreja y mi cuello; mordía, succionaba, besaba, soplaba aliento caliente por el camino de ida y vuelta entre mi cuello y el hueco de la clavícula y yo me iba entregando, tomando el papel al que en un principio él se había abandonado: sumisa y pasiva.
Arrodillada en el sofá, fui arqueándome hacia atrás invitándolo a besarme más, a que su camino también continuara, él lo entendió y comenzó a descender con esos suaves besos hasta llegar a mis senos donde se detuvo por unos largos instantes, lamiendo, mordiendo y chupando alternadamente cada uno mientras me apretaba a él con ansias, sin abandonar esa sutileza que tan sorprendida y enloquecida me tenía. Era sin duda el hombre más sensual que había conocido (y aún lo sigue siendo), cada caricia, cada beso, cada movimiento estaba tan cargado de esa sensualidad que es francamente difícil que alguien pueda imitar.


Poco a poco, casi sin darme cuenta, me fue acostando en el sofá y siguió su descenso, se detuvo por un instante, como dudando y yo abrí los ojos para observarlo, ahí estaba él, con su cara inocente viéndome fijamente a los ojos, esperando encontrarse con mi mirada mientras comenzaba su trabajo entre mis labios mayores, de nuevo tan suavemente, inexperto, pero como yo, pareciendo disfrutar el manjar, su lengua se paseó de arriba abajo, abriendo y cerrando el camino a su paso, luego se prendió de mí como una sanguijuela y me tomó firme de los glúteos, siempre viéndome a los ojos, y yo, con gran esfuerzo le mantenía la mirada porque veía en ella todas sus ganas, todo su amor, toda su lujuria apenas descubierta, mi placer iba aumentando y mis sentidos se exacerbaban, como ya he dicho, para aquél momento mi experiencia era corta y no sabía ni retrasar ni prolongar un orgasmo, así que más pronto de lo que mis ansias hubieran querido, estallé con su cara entre mis piernas, y por un instante perdí de vista su azul desafío para abandonarme al éxtasis que me había regalado.


Casi lo estrangulo con piernas, pero hábilmente escapó para posarse sobre mí y besarme de nuevo, sentí su erección sobre mi vientre y entendí que estaba listo y dispuesto para el último paso. Se detuvo por un momento, me vio a los ojos y me dijo: "Kassandra, nunca había hecho esto". Casi me ahogo de sorpresa al instante, luego de lo que ya había pasado se me hacía casi imposible creer que mi hermano fuera virgen, y que además estuviera dispuesto a darme a mí su primera experiencia. Estuve tentada a detenerlo todo ahí, tuve miedo y al mismo tiempo un extraño respeto, de verdad sentía que quien estaba sobre mí, semidesnudo, era mi hermano, que unas puertas más allá estaba toda mi familia durmiendo, sin imaginar que nosotros estábamos en esas "lides", entregándonos de tal manera, ofreciéndonos tan intensa despedida.
Pero mi deseo me impulsaba a otra cosa, él veía la duda en mis ojos, sentía mi temblor, mi inseguridad y me dijo "no importa que seamos hermanos o no, no importa ya nada Kass, te he deseado desde hace tiempo y hoy no me voy a detener pensando en cosas que no son ciertas, quiero darte y darme mi último regalo juntos... para ya de pensar". Y paré... dejé a mi deseo poseerme por completo.


No pensé nada más, abrí mis piernas, busqué su pene y lo coloqué en la entrada, lo vi a los ojos y lo besé, esperando que de una vez por todas entrara en mí y me hiciera sentir, además de su hermana, como hasta ahora, su mujer.


De nuevo con una suavidad de otro planeta, Joshua fue penetrándome, dejó de besarme y me clavó la mirada, apenas entreabría los labios y dejaba escapar un suspiro mientras su miembro se iba abriendo paso en mis adentros, y apenas también, cerraba los ojos involuntariamente de vez en vez para sentir cómo estaba yo de ardiente internamente, cómo mi humedad dejaba su sexo rodar fácilmente dentro del mío; casi ni podía yo mantener fija mi vista en sus ojos mientras me iba abandonando al placer y clavé mis uñas en su espalda cuando finalmente lo tuve todo adentro, por unas fracciones de segundo podría jurar que él sonreía, ya sin asomos de inocencia, disfrutando el calor de mis entrañas.


Poco a poco comenzó el vaivén, se notaba su temor porque sus embestidas eran lentas, pausadas, como buscando el ritmo preciso, la penetración certera para sentir el máximo de placer. Impulsé involuntariamente mis caderas hacia él pidiendo con ello más de su cuerpo, el deseo me estaba volviendo loca y yo también era bastante neófita, por lo que me sorprendían mis propios movimientos instintivos, pero me dejaba llevar, lo que sentía era demasiado divino y ya mis pudores no tenían ningún tipo de valor, así que lo abracé entre mis piernas y lo empujé fuertemente hacia mí, mientras con mis caderas seguía imponiendo el ritmo que mis ansias me dictaban, como siempre, mirándolo fijamente a los ojos, demostrándole que no había asomo de dudas, quería que se desatara sobre y dentro de mi cuerpo y lo quería en ese instante.
No sé si entendió mis deseos o siguió los propios, pero nos convertimos en verdaderas fieras, la pasión nos rebasaba y nuestros gemidos apenas los podíamos ahogar con nuestros propios besos. Mis uñas hicieron un Picasso en su espalda y sus dientes marcaron territorio en mis hombros, sus manos me apretaron fuertemente los brazos y su embestida era cada vez más fuerte, más intensa, cada vez más y más adentro... cada vez más... y más...


Nos mordimos para ahogar nuestro grito de placer, primero él, luego yo, y lo sentí temblar sobre mí, pero esta vez era su placer la causa del sismo, su cuello enrojeció, sus ojos no soportaron mantenerse abiertos mientras se tensaba y apuntaba al norte con su quijada, sus manos me hacían pensar que me quebraría los brazos y su miembro explotó en mis adentros el líquido caliente que me hizo estallar a mí, que me hizo también vibrar fuertemente, me tensó el cuerpo entero y perdí el aire que finalmente sólo recuperé en su boca.


Desfallecidos nuestros cuerpos, nuestras mentes reaccionaron, el beso se fue apagando suavemente y poco a poco, con miedo, abrimos los ojos para encontrarnos en esa tan estrecha cercanía que nos convierte en cíclopes, con miradas satisfechas pero también llenas de aprensión y el ambiente parecía hacer rodar la pregunta "¿es éste mi hermano?". Sí, hoy puede sonar ridículo ese cuestionamiento, pero por alguna razón sentíamos haber cometido un delito, algo que no se debía hacer, algo que no se podía compartir.


De nuevo fue el silencioso mirar quien nos respondió muchas las preguntas y dejó otras miles en el aire, nunca hablamos del tema, nunca lo contamos a nadie, ocultamos todo rastro de evidencia, hasta en nuestros sentires luego de la inevitable separación; no hubo palabras antes de dormirnos, no hubo palabras al levantarnos y rápidamente regalarnos un último beso en los labios, no hubo palabras camino al aeropuerto, simplemente no hubo ya más palabras luego de eso.


Pero sé que en nuestras mentes está grabado el último momento, ese en el que, mientras me dirigía a la puerta de embarque y me repetía mil veces "no voltees, no lo hagas", finalmente giré y fue a él, y sólo a él, a quien le dediqué mi última mirada, para encontrarme con la suya que, en silencio, me dedicaba su último adiós.

Estigmas

Esa noche empezó mi desgracia en el cuerpo desnudo y perfecto de esa mujer, seguro debes estar pensando que no soy nada original, pero fue así, debo confesarte antes de empezar mi historia, que esa fue la única ocasión que pude fijarme en la belleza de su cuerpo desnudo, que pude verla a ella en su totalidad, no sientas celos, tal vez porque la vi bien sólo una vez aún me parezca un cuerpo de formas perfectas. Recuerdo que estaba ligeramente girada hacia la pared, como una gata contorsionada, que en búsqueda de la posición mas sensual, tortura sus músculos. Vi sus minúsculos senos perfilados hacia el techo, la línea de la cadera no muy pronunciada, sus nalgas redondas, blanquecinas, pero no pienses que sólo vi eso por ser hombre y porque simplemente fui ahí para saciar mi deseo de macho y cumplir con el ritual que, supuestamente, todos los hombres cumplen aunque sea una vez en su vida, fueron las sábanas las que no me dejaron muy bien ver sus piernas porque estaban enredadas entre ellas, pero pude percibir, eso sí, que eran carnosas. En otras cosas, como en sus brazos o sus manos, me fijé vagamente, el ambiente del cuarto alquilado era muy oscuro, te juro que lo intenté y te aseguro que si hubiera visto bien el peligro en su mirada, hoy estaría a salvo, pero me estoy adelantando, aún no debes saber la suerte que corrí entre sus brazos, sigamos en el cuarto, la noche de nuestro primer encuentro.


Debí imaginarme que era una trampa, era un manjar demasiado delicioso para ser colocado diariamente ante seres tan hambrientos, esa mujer, que de repente se colocaba tules y comenzaba a danzar frente a mí, no podía ser tan fácil de adquirir, es que ni siquiera era una puta de precio inaccesible, no por lo menos para un hombre trabajador, como lo era yo, cuando aún era un ser últil, está bien, está bien, no emitiré juicios sobre mí mismo, de eso te encargas tú, lo sé, pero es que me lleno de nostalgia, añoranza y rabia al recordar cómo era antes de conocerla y enamorarme de ella, sí, enamorarme de ella ¿es que es un crimen enamorarse de una hermosa prostituta?... pero, ¿dónde me quedé?, ¡ah, sí!, ella estaba danzando frente a mí, debo acotar que nunca se lo pedí, ella simplemente se puso sus tules y comenzó a bailar, me clavaba sus ojos de hechicera, parecían dos llamas amarillas encendidas, desafiantes, que recorrían mi cuerpo, quemándolo de tanto no tocarlo, se acercaba, me dejaba apenas rozar con mis manos sus formas y luego se retiraba, "me estás volviendo loco", le dije, y ella respondió con media risa: "ese es mi destino...", frase que interpreté como que esa era su tarea, ¡qué equivocado estaba!, debo decirte de una vez que ese realmente era su destino y ella fue honesta, por lo menos me avisó que me iba a volver loco, que yo me haya dejado, era problema mío...



Volviendo a lo que contaba, su danza me estaba encendiendo de tal modo que ya empezaba a sentir dolor, esa es una de las cosas que, aquí entre nós, odio de ser hombre, uno no puede excitarse tranquilo porque le empiezan a doler las bolas y hasta que no acabas no te dejan de doler (y eso si es que acabas antes de que el dolor alcance su punto máximo, porque sino, ¡acabar también duele!), o sea, que no disfrutas casi nada como debe ser porque lo que quieres es eyacular de una vez antes de que sea el dolor el que acabe contigo. Sé que debes estar pensando que eso no tiene nada que ver con la historia, pero te lo digo para que entiendas que me le abalancé encima como una bestia no porque lo sea, sino porque quería evitar que el dolor creciera y su juego me estaba enardeciendo; así que de una vez y sin besuqueo ni nada, le arranqué el tul que cubría sus caderas, la giré violentamente y la penetré sin preámbulos, le di y le di hasta que acabé fuertemente en sus adentros, ni siquiera me fijé en su placer (ni en el mío, sinceramente) y sólo hasta que terminé con mi barbarie me di cuenta de que ella veía el techo con esa mirada de quien comprende y espera a que se le pase el arranque de histeria a uno más de tantos que pasan por su cama. Eso me produjo una sorda rabia, aunque sabía que era lógico que estuviera acostumbrada, pero de todos modos, la rabia es de humanos y a cualquier hombre eso le causa, por lo menos, desconsuelo; conociendo tanto como conoces la mente humana, debes entender eso. La cosa es que me dio tanta rabia que me paré y empecé a acomodarme el pantalón que ni siquiera me había quitado por completo, pero me sorprendió acariciándome melosamente el cabello y diciendo: "te faltan como seis horas, pagaste la noche completa y no se aceptan reembolsos, cariño". Me lo dijo con tanta dulzura que me quitó todo asomo de ira de encima, fue la primera vez que me dejó desarmado, no, miento, fue en ese momento que me dejó desarmado para siempre. Sentí ternura, lástima, ganas de protegerla, de descubrirla y con ello hacerla mía como ningún hombre que le pagaba podía hacerlo... odio este lado femenino que mi madre me inculcó, esta maldita curiosidad por saber todo lo que no debo saber y querer entender el alma de cuanta persona conozco, aunque a ella le haya pagado y no precisamente para conocerla.



Confundido y sin saber qué responderle, le hice la pregunta más inútil y estúpida que podía hacerle: si le había hecho daño, con tono verdaderamente avergonzado, no te rías ni me pongas esa cara, de verdad le pregunté eso, pero a pesar de la sazón tonta de la pregunta, parece que fue la clave para que me empezara a abrir su alma, porque me respondió que nunca nadie podría hacerle ya más daño y, por supuesto, eso me picó más la curiosidad y me propuse indagarla, conocer su vida, entender su mente, poseer su alma; si mi padre estuviera vivo me diría: "yo te lo dije imbécil, no seas entrépito, no te metas en lo que no te importa", pero nunca le hice caso a mi papá y en ese momento ni me acordé de él, sinceramente, ni en ese momento, ni en las semanas subsiguientes, porque déjame decirte, empecé a ir a verla todas las noches desde esa noche y así fue como poco a poco empecé a amarla y hacerme adicto a ella, a su voz dulce, a sus ojos encendidos y a su manera de hacerme y permitir que yo le hiciera el amor; pero está bien, te prometí contarte los hechos como pasaron desde el principio hasta el final, así que intentaré seguir siendo coherente en el discurso.



Cuando dijo que nadie nunca podría hacerle ya más daño, lo primero que quise saber era quién había sido el primero en herirla, por decirlo de alguna manera, ella me dijo que si le prometía ir todas las noches de esa semana y pagar de nuevo el turno entero, me contaría la historia, pero a partir de la noche siguiente, porque aún no era tiempo y porque con la boca ocupada con mi pene se dificultaba contar cualquier historia; já, además de todo la condenada era buena negociante, sabía reconocer una buena oportunidad cuando se le presentaba y de esa manera consiguió una buena paga esa semana, te digo que esa semana porque las demás no me quiso cobrar, según ella porque me quería de una manera especial, cosa que habla muy bien de mi capacidad de comprender la mente humana, y no es que quiera menospreciar tu profesión, pero yo he demostrado que cualquiera puede hacer una buena terapia y que, a pesar de que existe la carrera de psiquiatría, lo que más hay en este mundo son loqueros buenos como yo, pero no te enojes, ahora te contaré la parte "buena" de la historia, que es cuando empiezo realmente a conocerla.



Lo que pasó esa noche, después del trato que hicimos, es obvio: me exprimió con su boca todo lo que mi vigorosidad pudiera darle, intenté sanar con mi lengua el lugar que minutos antes había profanado salvajemente, me cabalgó, la cabalgué, nos mordimos, nos apretamos y al final, como buenos amantes, acariciamos los cansados cuerpos, sin besarnos nunca en los labios, para no perdernos más el uno en el otro...



La noche siguiente, o mejor dicho, las noches siguientes, me fue contando su historia, cual Sherezade del nuevo mundo perdida en un bar y evitando la decapitación, claro, la mía, no la de ella, eso lo sé ahora, pero en su momento me parecía apasionante su manera de hacerme volver sólo para beber de su increíble relato. Lo primero que me dijo fue que lo conoció en el mar, en un crucero que se había ganado en un casino de la costa, ella estaba feliz porque era la primera vez que se ganaba algo en la vida, bien dicen que cuando ganas algo grande una vez en tu vida es para tu desgracia, y así fue con ella, ese hombre le desgració la vida, no adornaré nada, te lo adelanto porque es obvio, no me interrumpas que todo lo que digo está plenamente justificado; ese hombre era como las peores serpientes, encantador, según ella, y tenía también una mirada encendida. Cuando la vio, le ofreció una noche de fantasía, una noche que nunca olvidaría y ella, tan entrépita como yo, y con las mismas pretensiones de dominarlo tras conocerlo, aceptó sin preguntas ni alarmas, así que esa noche se fue a su camarote.



En otra noche me contó que ese hombre la amó como nunca nadie lo había hecho y le enloqueció la idea de que sería solo una vez, por lo cual luego fue ella quien le ofreció unas nuevas horas de fantasía. Él le avisó: "te volveré loca..." pero ella, otra vez como yo, lo tomó como parte del reto; como verás, una de las reglas de estos seres de desgracia es siempre ser honestos con la víctima porque saben que dicha presa es suficientemente orgullosa y curiosa, ella lo era y tomó el riesgo, así que se siguieron viendo varias noches, según dijo él también se enamoró y la necesitaba tanto como ella a él, pero sabía que guardaba un secreto y ella lo quería todo, absolutamente todo, así que un día se propuso seguirlo y los pasos le llevaron a un bar, sucio y oculto, donde lo vio bailando para otras mujeres y dejándose acariciar por todas ellas, lo vio subir a los cuartos de putas del bar con varias de ellas y se sintió terriblemente traicionada, así que decidió vengarse. La noche siguiente lo esperó acostada en la cama, desnuda y con el puñal bajo la almohada; pero le dio la oportunidad de confesarse preguntándole qué hacía él todas las noches después que la dejaba...



Eso me lo contó la noche antes de verla por última vez. Recuerdo que me dijo: "es mejor que no sepas el final porque estoy empezando a amarte y ya no quiero hacerte daño", eso me desequilibró, ¿cómo era eso de que ya no quería hacerme daño?, ¿me había querido hacer daño alguna vez?, ¿por qué justo luego de decirme eso me dio ese tan deseado y evitado terrible beso en los labios?, yo la amaba, ¡la adoraba casi con locura!, ardía en deseos de ella y me devoraban los celos de pensarla penetrada y manoseada por otros. La bombardeé de preguntas y ella sólo callaba, eso me terminó de exacerbar y la empujé contra la pared, tomé su rostro entre mis rudas manos y la hice verme a los ojos, la besé impotente, lleno de ira y dolor, en su beso me perdía, lo sabía, pero quería, necesitaba, seguir bebiendo de esos labios lo que su silencio me negaba, buscaba enfurecido una respuesta a su misterio, buscaba para mí mismo la razón de amarla así; y las pasiones, que siempre desatan otras, nos despertaron la lujuria una vez más, me mordió hasta hacer sangrar mis labios, me abrazó con sus piernas, clavó las uñas en mi pecho, mientras yo la empotraba contra la pared, la penetraba desesperado de fundirme en ella, metía mis dedos entre sus nalgas y las apretaba hacia mí, casi sin medir mis fuerzas, y apenas la sentí explotar la inundé de mí potentemente... luego de ello, tomé mi ropa y salí del cuarto en un ataque de macho herido.



Sin embargo, esa noche no pude dormir, tenía que saber cuál era el secreto que guardaba, ese que me haría tanto daño a su parecer, qué le había pasado, cómo había terminado prostituyéndose "para no amar", como me dijo una vez; no podía dejar de pensar en ella, necesitaba su cuerpo, no, entenderás que no podía dejarla ir así de mi vida, así que regresé después de unas horas, cuando ya amanecía... y la vi... la vi salir con el dueño del bar, agarrados de la mano, mordisqueándose mutuamente y riendo. La odié con toda mi alma, esa mujer me había hecho explorar todas y cada una de las pasiones que era capaz mi alma de sentir, ahora la odiaba, sentí que no se reían de otra cosa sino de mí, que se reían de cómo un imbécil más les mantenía su sucio bar; quería salir corriendo, pero no podía irme sin saber el final de su maldita historia y sin tratarla como a una perra, sí, sí, sé que no te gusta que use esas palabras para referirme a ella ni a ninguna mujer, pero es que así la vi, sino dime tú cómo podía mentirme de esa forma, tú que eres mujer, debes saberlo... perdón, tú no eres igual a ella, es que aún el recuerdo me enardece, me sentí utilizado y estafado, así que decidí vengarme, tomé mi puñal de explorador y volví esa noche.



Lo pensé mucho. Debía darle primero la oportunidad de darme una explicación, el beneficio de la duda, tú debes saber que siempre necesitamos agarrarnos de cualquier cosa antes de sabernos traicionados. Cuando llegué estaba como siempre, hermosa y enredada entre las sábanas, cual cuadro renacentista, esperándome. Pero estaba triste, lloraba y me preguntó por qué había vuelto y por qué había pagado de nuevo la noche completa, como hace tiempo ya sabía que no tenía que hacerlo, que pensó que no me vería más y que sabíamos que era lo mejor para mí. De nuevo me enervó su dulce lejanía y le dije airadamente, casi gritando, que tenía que saber el final de su historia y que si tenía que pagar para saberla pues lo haría; ella me volvió a repetir que no quería hacerme daño y yo, ya frenético, con la imagen pegada del de hijo de perra mordisqueando su oreja y retumbándome en los oídos las mutuas risas, le grité que eso era problema mío, que dejara de aparentar que me protegía, que teníamos un trato y si lo que faltaba era dinero yo le pagaría todo lo que su lengua valiera, que no sólo la quería para lamerme sino para darme lo que a mí me diera la gana y que de una puta vez soltara la próxima mentira que terminara con toda la maldita historia.
Ya te dije que la quería hacer sentir como a una perra, y lo conseguí, porque vi el dolor y el odio en su mirada cuando me gritaba que ese hombre, asustado con el puñal apuntando su pecho, le dijo que la amaba pero que no podía ser solamente de ella, que si lo era de verdad, la marcaría con el Estigma, que ese era su destino y que mejor era que no lo buscara más, por decidió enterrar el puñal en lo más profundo, una y otra vez, y no se detuvo hasta que él cayó inerte sobre ella y se dio cuenta de que estaba bañada de su sangre pero que su cuerpo la iba absorbiendo, así como absorbía también su piel y sus huesos y él iba desapareciendo sobre ella y dentro de ella, hasta no quedar rastro de su existencia, sólo dentro de su ser que todo lo había consumido. No, no pongas esa cara de incredulidad, que es verdad, aunque en ese momento yo me sentí tan burlado como tú, me reí de impotencia, como lo haces tú ahora de mí, le dije que era una muy buena mentirosa pero que no dejaba de ser una perra que me sacó dinero por inventarme una estúpida historia, le dije que la había visto con su jefecito riéndose de mí y que podía pudrirse en su cuartucho de mala muerte, que nunca más me vería la cara; y ¿sabes lo que me dijo?, ¿imaginas lo que osó decirme?, que eso era lo que ella quería, que me fuera, que no la buscara más porque jamás había sido sólo para mí y nunca lo sería, que escapara a tiempo, que la dejara en paz con su destino. Debes coincidir conmigo que eso fue un reto flagrante, que me provocó apropósito y debes entender ahora por qué usé el puñal, enceguecido de dolor e ira, aunque nunca le hayan encontrado restos de sangre los policías que llamé, te juro que la maté y si no encontraron el cuerpo es porque está dentro de mí, latiendo a cada instante; pregunta al dueño del bar, ella trabajaba ahí, no me repitas que el bar no existe, está cerca de aquí, ven yo te llevo, no, no hablo del bar donde me viste ayer con esa mujer, es el otro, si de verdad me amas debes creerme y entenderme, yo sé que piensas que te miento para no explicarte lo que viste ayer, pero te estoy hablando en serio, la maté, soy un asesino, no, no te quiero volver loca, te lo advertí, si sientes eso debes alejarte ya de mí, vete, no me busques más, ella no me quería marcar por que me amaba, créeme, te amo, por eso te traiciono, te amo, por eso te lo cuento, ¡te amo!, ¡no te quiero marcar!...

Piano en la Oscuridad

Aún intento calmar mis sentidos cuando evoco su imagen sobre mí. No es fácil. Aquél que sólo era una sombra que hacía danzar sus dedos en ese piano lejano, ayer fue mío, y hoy, sola en esta cama que tanto deseo y tanta piel ahora resguarda, todavía me resisto a creer que ese, al que tanto en silencio amaba, al que admiraba lejana en aquél rincón del bar, por fin haya sacado con sus dedos la melodía que mi piel le guardaba.

Todo comenzó con una tímida nota de admiración que le envié por lo que me hizo sentir la primera vez que lo vi tocar el piano. Unas amigas insistieron en llevarme a un bar en los rincones más oscuros de la ciudad para aliviarme del dolor que me había ocasionado la partida de mi antiguo novio. No suelo dejarme llevar por el sedante del alcohol y menos cuando estoy así de susceptible, pero sabía que si las rechazaba una vez más me dejarían pudrirme en casa sumida en recuerdos ya perdidos, además debía admitir que, me gustara o no, las necesitaba y a fin de cuentas, ¿qué malo podía sucederme ya?, un trago, una charla y hasta perderme una noche con un "aliciente" fugaz, tal vez me ayudaran a recobrar mi orgullo temporalmente.

Sin embargo, nada de eso pasó. Al llegar, el bar estaba casi vacío y aunque había mesas suficientes y varias de ellas frente al pequeño escenario, respetaron mi deseo de sentarnos en una que estaba en un rincón bastante alejado, desde donde se veía el espectáculo, pero suficientemente oculta como para no sentir que pendía sobre mi cabeza el letrero terrible de "mujer abandonada" que uno cree tener inevitablemente ante esas pérdidas. Sonaba un saxo tenue con un jazz bastante insinuante que invitaba a abandonarse a la noche, cosa que me relajó bastante a pesar del lugar de la ciudad donde nos encontrábamos y el bar, que no eran precisamente lo más idóneo para tres mujeres solas a altas horas de la noche y menos que pensaban dejar hecho su cuerpo una apología al licor, así que decidí pedirle a nuestra "amable"camarera un martini dry, sin aceituna, con el que pretendía solventar el resto de la velada y opté por obviar, como siempre, su cara de sorpresa ante tal petición extraña y la eterna pregunta de "–¿sin aceituna? – Sí señorita, sin aceituna, las detesto, pero me encanta el martini – ".

Mis amigas se hicieron a la titánica tarea de siempre: hablar miles de pestes de mi ex y recalcarme una y otra vez lo bonita que soy, profesional, trabajadora, independiente mujer que no puede permitirse echarse a morir por un hombre más, insistiéndome una y otra vez que pidiera otro más de esos "martinis sin sal" y coqueteara con el hombre de la barra que me observaba, que abriera un poco más mi blusa, que me abandonara en el medio de la pista (como llamaban al ridículo espacio 2x2 que se encontraba a un lado del escenario) cuando comenzara el espectáculo estrella de la noche, que no era otra cosa que el mismo hombre del saxo y un pianista que tocaban el mejor blues que ellas alguna vez habían oído, y que ya vería, cuando el saxofonista tocara la primera nota no podría resistirme a sus encantos y su sensualidad que, dicho sea de paso, nunca estaba reacio a compartir con una sensible mujer atractiva y que esa noche representaría, de seguro, un nuevo capítulo en mi vida... ¡No imaginaban ellas cuánta razón tenían!. No sé si es porque no me gusta que me planteen las directrices de mi vida o que tampoco me gustan los hombres "fáciles" (aunque casi todos lo sean), pero no fue el saxofonista quien me atrapó y me cambió efectivamente la historia de mis días esa noche...

Las luces se atenuaron, aún más de lo que estaban, dejando el local iluminado únicamente con las leves llamas que adornaban el centro de las mesas y dos focos que apuntaban al escenario: uno sobre el saxofonista y otro solamente a las manos del pianista. El saxo dejó escapar su primer lamento y una voz ronca y suave que acariciaba los oídos, comenzó a cantar el blues, del mismo modo, el foco que estaba sobre las manos del pianista empezó un baile que seguía sus movimientos mientras el blues avanzaba in crescendo en esa voz tan mágica que me hechizó, como al resto del bar. Intenté desesperadamente ver el rostro dueño de tan sublime don, pero la oscuridad y su cabello largo no me permitían vislumbrar nada, sólo una tenue sombra que dibujaba la silueta de una nariz perfecta y su boca que apenas se abría para entonar la canción; sus ojos permanecían cerrados mientras cantaba, como poseso de sensaciones que ninguno entendía, salvo yo, que me sentía entregada a ese lamento, acariciada en cada fibra de mi ser, hasta los rincones mismos que nadie había podido alcanzar de mi alma. Él, con su canto, me había hecho sentir lo que nadie había podido lograr hasta el momento y había penetrado en mí más adentro de lo que jamás permití llegar a nadie antes.

La primera pieza terminó provocando una ovación increíble pero en mí apenas había comenzado la avalancha de sensaciones esa noche, quedé prendada de esa sombra, de esa voz intensa y profunda, de esas manos que danzaban sobre el piano como yo deseaba que lo hicieran sobre mi piel. Pedí otro martini ignorando la alegría de mis amigas que me felicitaban por dejarme llevar por fin, por dejar de lado mi perenne control y permitir que una noche saliera de mí aquello que nunca dejaba, mis debilidades y mi lado oscuro, como solían decir. Pero lo que ellas no sabían era que no me hacía falta ya martini alguno, unas notas y una voz ya habían logrado esa hazaña, tanto que me apresuré a tomar un lapicero de mi cartera y en una servilleta anoté:

"No te imaginas lo que tu voz me ha hecho sentir esta noche, tu canto le ha dado forma a mis lamentos y a mis sensaciones más profundas... no sé por qué escribo esto aún sabiendo que debes recibir palabras iguales todas las noches, pero necesitaba decirte que me has dado uno de los regalos más hermosos que he recibido jamás. Gracias.
K."


Y sin pensarlo mucho, porque de lo contrario rompería lo que acababa de escribir, llamé a la camarera y le pedí que le llevara mi nota al pianista y no le dijera de dónde provenía, favor por el que le pagué una buena propina. No podía creer lo que estaba haciendo, pero no podía reprimir el impulso que me guiaba en ese momento y ahí me quedé viendo como se alejaba la camarera directo al escenario y le entregaba la nota, casi al mismo tiempo que comenzaba a nacer mi arrepentimiento, mientras mis amigas me asaltaban con un round de preguntas a las que yo no sabía muy bien qué respuestas darle, se contentaron finalmente con un seco "- felicitaba al pianista porque toca muy bien y me hizo recordar los mejores tiempos de mi padre- ", mi padre nunca tocó instrumento alguno, pero eso era algo que ellas no podían saber y me hizo salir del paso fácilmente.

El pianista leyó la nota, que ya se me antojaba ridícula, y levantó la vista hacia el público con una leve sonrisa ladeada. La imposible luz apenas me dejó ver un tímido hoyuelo y el marco de unos ojos grandes expresivos, pero sólo fue un fugaz momento, porque enseguida, como tocado por una orden sobrenatural, bajó la cabeza y comenzó a tocar y cantar otra melodía increíblemente más intensa que la anterior. No sé si soñaba o proyectaba mis propios deseos, pero era como si mis letras le hubieran dado renovadas energías y esa pieza estuviera dirigida únicamente a mí. Cerré mis ojos y dejé que cada nota me embargara la piel; poco a poco, me dejé sentir cada verso en mi interior y soñé con sus manos baliando sobre mí. Podría jurar que su aliento se me acercaba y sentía el calor de su boca susurrándome al oído su canto mientras mis manos comenzaban a subir por el interior de mis muslos, como si él mismo estuviera abriéndose paso a mi interior; sentí la fuerza de su canción en mi entrepierna mientras mi mano frotaba sobre mi ropa interior mi intimidad húmeda y ardiente, sedienta de ese cuerpo que a unos metros estaba sentado frente a su piano y me regalaba solamente a mí su más profundo sentimiento. Desperté con la nueva ovación, aún más fuerte que la anterior, y agradecí que todos tuvieran su atención posada sobre los músicos, incluyendo mis amigas, además de la muy buena elección de la mesa apartada en el rincón; nadie, creo, se percató de mi repentino acceso de locura erótica y yo, aunque aliviada por no haber sido descubierta, estaba en el límite de la tensión, así que me levanté, les dije a mis acompañantes que debía irme ya y sin esperar ningún tipo de respuesta, dejé dinero sobre la mesa y me marché corriendo a mi casa.

Al llegar apenas podía calmar los latidos de mi corazón. Estaba avergonzada conmigo misma y al mismo tiempo sorprendida ante el descubrimiento de esas intensas sensaciones. Lloré, lloré como poseída por un hálito que me embargaba de tal manera que mi cuerpo no podía liberarse de los deseos; mis lágrimas no eran de dolor, eran expresión de una emoción desconocida que no me había abandonado desde que escuché las primeras notas de ese piano en conjunto con su voz; cerré mis ojos como queriendo escapar de todo lo sucedido, pero sólo venía a mis recuerdos la silueta de su rostro en perfil y sus manos danzando sobre el piano. Las piezas que cantó seguían sonando en mi mente como si las hubiera grabado y ahí, detrás de la puerta, hice lo que antes me habían pedido mis amigas: bailé abandonada mientras me despojaba de mis ropas y terminaba lo que había comenzado hacía unos minutos en el bar. Ahí, libre de miradas, dejé a mis manos pasearse por mi cuerpo como si las de él se tratara, y froté mi sexo siguiendo el son del blues que sonaba en mi cabeza y retrasando el éxtasis para que coincidiera con el clímax de la canción misma, y en la nota más alta que mis recuerdos me regalaban, explotó mi cuerpo ofreciéndole un orgasmo a ese desconocido que hacía bailar un piano.

Me acosté aún narcotizada por las increíbles sensaciones de esas horas y soñé que yo tocaba el piano en una noche eterna junto a esa silueta, hasta que el timbre del teléfono me despertó sobresaltada. Era una de mis amigas que con tono cómplice me comentaba que el pianista al terminar el espectáculo de la noche había dicho las siguientes palabras:

"No sé quién eres K, pero quiero que todos sepan que me has dado uno de los regalos más hermosos que he recibido jamás. Gracias a ti."

Me senté incrédula sobre la cama y vi hacia mi ventana para constatar que efectivamente el día ya avanzaba, que no seguía soñando la noche eterna junto a él y que no era verdad que además hubiera usado para mí las mismas palabras que yo le ofrecí. Ella me inquiría del otro lado de la línea para que le dijera qué le había escrito al pianista, pero ante mi silencio entendió que era algo que prefería no compartir, así que optó por decirme que cuando me sintiera en mis cabales, le telefoneara de vuelta y que esperaba que siguiera siendo la misma mujer controlada de siempre y no me estuviera dejando llevar por un despecho. "¿Quién te entiende?" – pensé- "ayer rogándome que me dejara llevar y hoy deseando que regrese a mi cordura", pero no le dije nada.

Ya era tarde, de cualquier forma, no me estaba dejando llevar por un despecho ciertamente, pero no, de ninguna manera ya era yo la misma mujer controlada. Ese hombre sin rostro, sin nombre, al que nunca había tocado y tan sólo había visto en una débil y lejana imagen, se había convertido irremediablemente en un ente dueño de mi ser. Durante todo el día oí su constante melodía en mi mente y mi cuerpo, aún después del descanso, continuaba deseando ser suyo como lo fue la noche anterior, porque a pesar de que eran mis manos, quien estaba en ese momento dentro de mi humedad era él con su canto, ese lejano canto que poco a poco me enloquecía mientras las horas del día iban avanzando.

Decidí volver esa noche al bar, esta vez sola. Llegué a la misma hora que la noche anterior para asegurarme de que la mesa que había ocupado estuviera libre, como efectivamente lo estaba, y me senté expectante, como quien está a punto de renovar viejos vicios que enloquecen de ganas; pedí de nuevo el martini dry sin aceituna con el extraño designio de repetir todo tal cual de principio a fin, pero de la misma manera también buscando que todo fuera diferente y así sentir que podría liberarme de tan intenso hechizo.

Cuando me trajo el trago, la camarera me comentó un tanto hastiada, que cumplió mi petición de no revelarle a Mauro quién le había enviado la nota, pero que había sido una tarea realmente difícil ante su insistencia y que lo único que pudo fue prometerle que si yo volvía me entregaría unas palabras escritas por él.

Apenas podía contener mi curiosidad y mi sorpresa, tenía de él su nombre, que se me antojaba hermoso, y pronto tendría sus palabras, dirigidas a mí como soñé que estaba dirigida su canción la noche anterior. Le hice prometer de nuevo a mi única cómplice que no le revelaría mi identidad, en un tonto intento por mantener la vergüenza, y le pedí que me diera la nota. Ella sacó un papel de su bolsillo y me lo extendió, sentí entonces su perfume y me di cuenta de que todos mis sentidos estaban siendo invadidos por él: había visto la línea de su silueta, había oído su voz, había sentido su olor, sólo no había podido saborear ni tocar su piel... Sus letras, cursivas y nerviosas, me abrieron la puerta hacia un vórtice de sensaciones que a partir de esa noche serían al mismo tiempo una tortura y un dulce regalo:

"K: me he dado cuenta de que prefieres verme desde la oscuridad, justo castigo por no permitir que nadie vea mi rostro en estas infinitas madrugadas, nunca imaginé que pudiera transmitir mis propias agonías, pero has llegado para hacerme sentir que alguien más, en la lejana distancia, puede sentir todo aquello que me esfuerzo en expresar. Gracias mil por tus palabras, espero que regreses y como primer regalo me des la dicha de tu nombre, a cambio tocaré una pieza entera con el cabello atado para que puedas adivinar en la oscuridad lo que te expresa mi mirada...
Mauro."


Sonreí cómplice al leer su recado, entendí que me planteaba un juego de enigmas que, al ser descubiertos, nos irían entregando poco a poco lo mejor que podíamos ofrecernos y decidí aceptar su pequeño reto. Llamé entonces a nuestro "nexo" y le entregué un papel que sólo contenía una palabra:

"Kassandra"

Y ya más calmada, como quien es dueña de un secreto mil veces buscado, tomé mi martini esperando que Mauro finalmente se sentara frente a su piano, dueño también de mi nombre. El momento no tardó en llegar y esta vez fue su voz que a capella entonaba las primeras notas de la canción. Fue maravilloso ver que antes de comenzar a tocar tomara su cabello, lo atara en una cola tras de sí mientras de reojo observaba perdido el público y sonreía pícaro sabiendo que uno de esos rostros era el mío. Me deleité en recorrer los pocos resquicios que la oscuridad me dejaba adivinar, buscando atenta su mirada, al mismo tiempo traviesa y al mismo tiempo atormentada, que acompañaba cada sentimiento que en su canción iba expresando.

De nuevo esa noche me dejé llevar por mis sensaciones, me acaricié mientras él me cantaba y lloré emocionada al verlo sonreír y cantar frente a su piano, también poseído por mí. No me importó lo enferma que parecía de él, lo inmoral y lo alocada, me estaba conociendo a mí misma con su canto y al mismo tiempo conocía también ese otro tipo de amor que se da sin el contacto, ese amor que embarga fuerte de deseos frustrados, ese amor que crece cada día de ganas. Y así pasamos un mes de juegos y caricias autoregaladas. Le pedí que me soñara una noche, le revelé mi posición en el bar que sabía de peor visibilidad que la que yo tenía de él, le dejé también adivinar mi silueta, le dejé navegar mi mirada mientras cantaba junto a él las canciones ya aprendidas, le hice desearme como yo a él, a través de enigmas... un mes de juegos, un mes de deseos, un mes de ese amor extraño e inconcebible que poco a poco nos fue acercando como ningún ser humano ha sido capaz de acercarse a otro, supo de mí lo que a nadie entregaba y tuve de él lo que nadie conocía.

Finalmente un día llegué al bar y él no estaba, esa noche la había pedido franca y yo, terriblemente decepcionada, tomé mi ya acostumbrado martini en su honor y me marché a mi casa para repasar en mi mente lo que esta vez no oiría en vivo.
Estaba distraída, con la mirada clavada en el suelo, cuando llegué a la puerta de mi casa. Tan distraída que no percibí que había alguien en el umbral y cuando subí la mirada para abrir, lo vi.
Recostado de medio lado estaba él, con su cabello abandonado cayendo a los lados de su rostro y ocultando la mitad de su faz dejando ver sólo su pícara y traviesa sonrisa ladeada, sus manos en los bolsillos y su mirada clavada en la mía sorprendida y deleitada. Nunca lo había visto de pie y no había podido adivinar que era más alto que en los sueños de mis madrugadas, tampoco había escuchado su voz fuera del canto y cerré mis ojos cuando sentí que abría los labios para hablar, como quien se anticipa a recibir un regalo siempre esperado y retrasa tan solo unos segundos esa dulce agonía. Oí entonces mi nombre de su boca y sentí apenas el roce de sus manos en mis brazos, poco a poco acercó su aliento a mi rostro mientras repetía en una cantinela el nombre susurrado, fue apagándose el suave canto en un tímido roce de labios y se convirtió pronto en una sedienta y profunda exploración de nuestros interiores, en un ataque a dentelladas y lenguas absorbiendo todo el elixir de ese cáliz tan deseado.


Abrí la puerta sin separarme de sus labios y lo empujé al interior posesa, cerré con el pie mientras lo despojaba de su saco y permitía que sus manos se saciaran de mi cuerpo con esas ganas de fiera atrapada que lo embargaban. No tocaba un blues sobre mi piel, tocaba una música desconocida, fuerte y apasionada; de su garganta sólo brotaban gemidos sin letras y fue esa la más bella melodía que me había hecho escuchar hasta ese día. Bestias liberadas nos exploramos mutuamente, besé su cuello, arañé su espalda desnuda, probé su sexo donde me entretuve golosa, absorbiéndolo, acariciando y masajeando mientras dejaba a mi lengua lamer de arriba abajo y lo introducía en mi boca queriendo tragar todo lo que me ofrecía abandonado, chupaba con fuerza y con dulzura alternadas, feliz de tenerlo así, rendido ante mí como si fuera mi piano, sacando de él sus mejores notas; él acariciaba mis senos rozando y estrujando conforme yo lo impulsaba con mi trabajo, tomaba mi cabeza y me guiaba con ternura, acariciaba mi cabello y gemía feliz mezclando cada lamento con mi nombre, mi nombre que tan hermoso sonaba dicho por sus labios, hasta que no pudo más y se dejó ir en mi boca que tan sedienta lo exploraba y lo esperaba, abandonándose luego sobre el suelo agotado y buscando fuerzas para renovarse.
Me llevó entonces a mi cama. Cargada como una doncella, me posó sobre las sábanas y me exploró primero con la mirada, se dejó pasear por mi cuerpo rincón por rincón y, contrario a lo que imaginaba, me encantó ser descubierta por él de esa manera. Me observaba en silencio, por primera vez desde que lo conocí, como queriendo grabar dentro de su mente cada imagen que mi cuerpo le ofrecía. Luego comenzó a pasear su dedo índice desde mis pies subiendo poco a poco, mirándome con esa mágica sonrisa pícara plantada eternamente en su rostro, que ahora ya conocía; paseó por mis rodillas, subió por mis muslos, pasó por mis ingles, siempre viéndome a los ojos desafiante, siguió por mis caderas, mi cintura y se detuvo juguetón en mis senos, bordeándolos y rozando mis pezones erectos de deseo, yo me abandonaba a esa leve caricia, viéndolo también, expectante mientras con sus piernas abría las mías y comenzaba a bajar con besos por mi pecho, deteniéndose un segundo en mi ombligo para seguir su camino a mi sexo enardecido, abrió los labios con sus dedos y por unos segundos parecía sólo observar lo que tantas ganas tenía de probar, volviéndome loca de agonía ante la espera de su beso, hasta que por fin lamió primero probando y luego bebiendo lo que le ofrecía mi creciente excitación, sentí cómo lamía y succionaba con pasión mientras sus dedos se abrían paso a mi interior, sentí entonces la habilidad de sus manos de pianista dentro de mí y su boca, cantando sin sonido en mi sexo, me fue arrancando espasmos incontrolables de placer que me fueron llevando a límites imposibles de tanto deseo de su piel.


Apenas me dejó abandonarme a mi éxtasis y enseguida posó su peso sobre mí, entrando experto en mis adentros y comenzó a cantar una de sus mejores melodías en mi oído mientras poco a poco movía sus caderas sobre las mías, torpemente podía mantener el tono en sus susurros mientras me cabalgaba y yo ya casi no podía escucharlo porque mis gemidos crecientes iban ahogando su voz, cada vez más apagada y más débil, víctima de su placer y el mío, hasta que, como en aquella primera noche que evoqué su voz con mis caricias, esperamos los dos por la nota más alta de su canción para afinar adecuadamente nuestro orgasmo que llegaba como el lamento más intenso del saxo que cada noche lo acompañaba.

Finalmente se abandonó en mi débil abrazo y mis piernas lo liberaron de su prisión. Nos encontramos entonces frente a frente, mirándonos nuestras respectivas lágrimas confundidas con el sudor y él dulcemente besó mi rostro bebiendo de ellas mientras yo hacía lo mismo. Finalmente, le regalé mi voz pronunciando su nombre: "Mauro, mi Mauro, mil veces deseado Mauro, hoy debo agradecerte el regalo de hacerme tu piano".

Nos dormimos casi sin darnos cuenta y hoy, al despertar, sólo encontré en el vacío de mi cama una carta y una carpeta que contenía las notas y la letra de la canción que entonará esta noche. La canción que cuenta, en corcheas y bemoles, nuestra historia, esta increíble historia que no tiene ya un pasado, ni un presente, ni un futuro, simplemente tiene el sonido de dos voces y dos pianos, uno de madera y uno de piel que siempre estará afinado para dejar salir la melodía que sólo él puede tocar.

viernes, 8 de junio de 2007

EL ERMITAÑO DEL MAR

“Un día se sentó sobre esa roca a observar el mar y nunca nadie más lo oyó hablar”. Así decían los habitantes de Marebo cuando algún curioso turista preguntaba por el extraño señor que todos los días, al atardecer, se sentaba sobre la roca más lejana y alta del malecón de Playa Recuerdos. Algunos inclusive advertían a las autoridades que, cansadas de escuchar siempre reportes del viejo, ya atendían normalmente el teléfono diciendo: “Buenas tardes, si es sobre el ermitaño, estamos sumamente ocupados. Si necesita algún otro servicio, con gusto le atenderemos”. En la costa ya era legendaria su presencia, nadie sabía quién era, desde cuando había aparecido, qué hacía allí todas las noches, de qué vivía, cuántos años tendría; pero ningún habitante ya intentaba ni siquiera investigar, sólo le llamaban “El Ermitaño del mar”, como si fuera una estatua o un mito. Lo bueno del viejo es que casi era el único atractivo turísitico de Marebo. De los pueblos vecinos venían “las gentes” a ver, aunque sea por una noche, al famoso ermitaño. Algunos hasta se dedicaban a hacer apuestas con los inocentes turistas: “A que aguanta sin dormirse toda la noche y en la misma posición”, “A que se levanta apenas despunte el alba”… Y los turistas, idiotizados de lógica civilidad, automáticamente apostaban lo que fuera a que no podría pensando que iban a ganar, pero el condenado viejo no se movía ni un milímetro, no se recostaba ni siquiera para descansar y justo al clarear el día, se levantaba y se perdía entre las rocas. Otro día de ganancias para los vivos del pueblo y una anécdota más para los turistas quienes, con los bolsillos vacíos y la lógica conmovida, se marchaban.


***

Bueno, unos días en la playa no me caerán nada mal –pensaba Andrea mientras guardaba el grabador, la libreta y el bolígrafo en su cartera tras haber recibido la orden de irse a la costa, a un viejo pueblo llamado Marebo y escribir la historia de un tal ermitaño culpable de haber vaciado los bolsillos del jefe de la redacción –. Pero es que sólo a él se le ocurre apostar con gente de la costa –meditaba risueña manejando hacia su casa para recoger una maleta antes de salir, –lo que no entiendo es por qué la prisa, pudo haberme dicho ayer para salir hoy temprano, pero lo de ya para ya no lo entendí – Luego de hacer su maleta y dejar al gato con la vecina, se montó en su carrito y manejó durante siete horas hasta conseguir el condenado pueblo que ya ni siquiera aparecía en el mapa y del que nadie sabía dar referencias a menos que les mencionaras al bendito ermitaño. Debería llamarse Marebo del Ermitaño –, pensaba cansada de explicar millones de veces que se trataba del pueblo donde habitaba un señor que se montaba en una roca de una playa toda la noche. – Ahhh, señorita, el Ermitaño del mar está lejos, le faltan como dos horas de camino…– , ­– No mija, usté agarró por donde no era, mire, si quiere encontrar al Ermitaño del mar, tiene que seguir por la orillita derecho todo el tiempo, pero tiene que estar bien pendiente porque la entradita del pueblo es chiquitiiita, cuando vea un montononón de piedras que se arrejuntan en la orilla ni lo piense y gire pa’lotro lao que la entrada está justo frente al pedrero ¿oyó?.– Después de siete horas, finalmente vio el famoso malecón de Playa Recuerdos y rápidamente giró hacia el lado contrario. Ni pensó en lo contraproducente que hubiera sido estrellarse con la montañita que la había acompañado casi todo el camino por su lado derecho, sólo tenía la certeza de que por nada del mundo se pasaría la bendita entrada y luego tener que manejar, con suerte, otras siete horas más hasta encontrar el camino de regreso. Menos mal que una cosa que sí tiene la gente de los pueblos de la costa es que no te mienten, porque sino, en vez de escribir la historia del Ermitaño, la de la noticia hubiera sido yo – pensaba contenta Andrea mientras observaba con detenimiento el pequeño pueblito de Marebo.

***

Lo primero que se veía en Marebo era la posada, una casa grandota que la dueña acondicionó para que “las gentes” que querían ver al Ermitaño pudieran quedarse a dormir. Al lado de dicha posada estaba una pequeña farmacia, “La Botica del Ermitaño”, rezaba un cartelito de madera guindado en la cabecera de la puerta con dos cordeles metidos en sendos huequitos en cada extremo. Frente a ella se encontraba la Jefatura Civil donde se veía un letrero en la entrada que decía:

Si no está cometiendo un crimen no es nuestro problema.
P.D: Si está preocupado por el Ermitaño vaya pa’ la medicatura

Justo al lado estaba la mentada medicatura con otro cartel:

Si no está enfermo no es nuestro problema
P.D: No se preocupe por el bendito Ermitaño, ese es más fuerte que todos acá

Luego de esos establecimientos se veían unas cuantas casas y al final del pueblo un restaurantito de uso únicamente turístico (los de Marebo comían siempre lo mismo: pescado que sacaban del mar y tostones obtenidos de los miles de plataneros que crecían por todos lados, más nada). – Pero cuando un turista llega no se le puede mantener a punta de pescao – decía el dueño, que todos los jueves se iba para los pueblos vecinos y compraba los alimentos que llegaban de la capital para cocinar esas cosas raras que comen por allá. Aún intentaba perfeccionar la receta del pasticho de pescado que se le metió en la cabeza hacer – por aquello de la mezcla de curtura mi doña, si comen purpa de cangrejo enharinao, ¡qué les va a extrañar un pasticho con pescao pué! –solía decir.

La casa más arreglada era la del Alcalde de Marebo, un señor que – pocas veces sale de su nevera –decían los pobladores, refiriéndose al privilegio que gozaba por ser el único que poseía aire acondicionado en un pueblo donde hacía tanto calor que la gente ya ni sudaba para no perder los líquidos del cuerpo y donde sólo un día al año llovía, un día que nadie podía determinar porque bien podía ser en febrero o en noviembre, en marzo o en septiembre; lo único que sabían es que en diciembre no llovía ni a palos y ese mes justo se desaparecía el alcalde para disfrutar sus vacaciones anuales, – lo que es está de jalabolas del gobierno pes, ¡hasta vacaciones de no hacer nada tiene el condenao!; la casa fresquita, la ropa blanquita, los zapatos lustraos, un carro con nevera también y la musíua que se trajo de no sabemos dónde, todo eso por no hacer más que cobrá impuestos. –

***

Andrea estuvo tentada a escribir más bien una denuncia sobre el alcalde de Marebo pero no lo hizo. Al ver el pueblo y sus costumbres era innegable que aún más importante que el alcalde era el extraño ermitaño, alrededor de quien giraba todo en ese lugar, hasta su economía, – buena frase para comenzar, así aprovecho y le tiro su piedrita al alcalde inútil ese. – Por lo menos ya sabía con cuál frase abrir la historia, lo que no sabía muy bien era por dónde empezar a investigar, sobre todo cuando al preguntar a cualquiera le respondía exactamente lo mismo: –Un día se sentó sobre esa roca a observar el mar y nunca nadie más lo oyó hablar. – Pero peor era cuando intentaba saber desde cuándo había sucedido eso: ­– No mija, nadie sabe, ese viejo es más viejo que el pueblo. – Parecía que alguien les hubiera dado un manual de respuestas rápidas e inútiles a todos los pobladores. –No me queda otra que hablar con el alcalde, de seguro él tiene registros de la historia del pueblo y de las personas que han nacido y viven en él, todos deberían tener sus partidas de nacimiento, por lo menos –; así que efectivamente se dirigió a la cómoda y refrigerada casa del – ­Señor Ernopio Comerco, a sus órdenes, ¿Qué desea señorita? –, – Un nombre más fácil de repetir – pensó, mientras intentaba esbozar una sonrisa que disimulara su asombro ante tal mote y le extendía la mano.

– Verá usted, señor Ernapio…
– Ernopio, señorita.
– Disculpe, es la falta de costumbre, ¿puedo decirle Erni?.
– Como usted quiera catira, si se queda a almorzar conmigo.
– Bien bello pues, ahora el viejo este me va a echar los perros – pensó ella –.
– Estas musíuas de la capital si se inventan apodos feos – pensó él –.
– Como usted quiera Erni, mientras no le importe que le haga algunas preguntas durante la comida.
– Muy bien señorita, diga pues, ¿qué la trae a este pueblo tan caluroso?
– Sería menos caluroso si compartiera sus privilegios y no fuera tan corrupto. – Verá señor, soy periodista y vengo a escribir un reportaje sobre el Ermitaño del mar…
– ¡Ayy mija, sería más fácil que escribiera otra cosa, algo así como un reportaje sobre el alcalde de Marebo, su servidor, hasta podría hacer unos arreglos para que se quedara aquí en mi casa y no se asara afuera del calor preguntando cosas inútiles, porque nadie le sabrá responder nada sobre ese señor.
– Me quedaría con gusto si al momento de entrar, saliera usted por esa puerta – Precisamente por eso he venido a molestarlo Erni, le he preguntado a casi todo el mundo y todos me repiten exactamente las mismas frases, pero en algún lado debe haber un registro sobre ese señor y supuse que siendo usted el personaje más educado del pueblo, el que tiene acceso a los registros de todos y que de seguro debe saberse la interesantísima historia de Marebo desde sus inicios…
– Si hay alguna historia interesante sobre este pueblo perdido me encantaría saberla, se lo juro; por otro lado le responden lo mismo porque hace años, cuando el ermitaño empezó a llamar mucho la atención de turistas, hice una reunión en la plaza pública y les otorgué a todos un manual de preguntas y respuestas sobre él para que nadie se pusiera a inventar historias y le sacara más plata de lo permitido a la presencia del viejo, menos mal que me dice que han cumplido mis leyes, porque he escuchado que algunos vivos andan sacándole plata a los turistas a punta de apuestas y eso es ilegal, aprovechando la ocasión, si alguno intenta abusar así de usted no repare, venga derechito que ahí mismito lo pongo preso.
– ¿O sea que alguien debe saber la historia del ermitaño pero nadie se atreve a contarla para no caer preso?
– No catira, nadie sabe nada, es más, yo les hice un gran favor cuando les di la fórmula para responder…
– ¿Ni usted?
– Ni yo.
– Pero ese señor tiene que haber nacido en alguna parte, alguien lo debe tener registrado, alguien tiene que saber desde cuándo se sienta en esa piedra…
– Pues lo único que le puedo decir es que, desde que yo tengo memoria, ese señor se monta en esa dichosa piedra y nadie lo puede bajar de ahí, no le responde a nadie, nadie sabe dónde se mete durante el día y hace mucho tiempo que los pobladores se cansaron de intentar perseguirlo y acosarlo para saber por qué está ahí y de dónde sale…
– Pero, con todo respeto Erni, si ese señor ha estado ahí desde que usted tiene memoria, ¿no debería haber muerto ya?
– Señorita, no soy tan viejo como parezco, aún puedo echar un pié, si quiere se lo demuestro…
– Cualquier cosa menos ponerme a bailar con este viejo verde– No señor, ha estado muy rico todo pero ya debo irme, ¿podría pedirle un favor?
– Lo que usted quiera si me acompaña a cenar una de estas noches…
– Todo sea por el aire acondicionado – Con gusto señor Alcalde, lo que le quiero pedir es que me permita hablar con la persona más vieja del pueblo, o mejor dicho, que le permita contarme lo que pueda saber sobre el Ermitaño, tiene que coincidir conmigo en que alguien debe saber algo y ese puede ser el poblador más antiguo, ¿no cree?
– No creo, pero puede intentarlo si quiere. La persona más vieja es la bisabuela de la señora Noeria, la dueña de la botica, aunque le aviso que esa vieja ya no puede ni mantenerse despierta y nadie ni siquiera intenta hablarle.
– ¿Será que en este condenado pueblo no hay nadie con un nombre normal? – pensaba cada vez más sorprendida­– Bueno Erni, le agradezco mucho su tiempo, le avisaré cuando tenga la historia escrita.
– Nos vemos en estas noches, señorita, me debe una cena
– ¡Qué remedio me queda!

***

La señora Noeria parecía tan vieja que era difícil imaginar que su bisabuela estuviera viva y cuando la vio entendió por qué nadie intentaba hablar con ella, era una anciana flaquísima, con una larga trenza blanca que le llegaba a los pies y con los ojos tan llenos de arrugas que no se sabía cuando estaban cerrados y cuando abiertos. Estaba sentada en una mecedora al fondo de la botica, Andrea hizo un gran esfuerzo para no perder la voz ya que tenía que gritarle para que ella pudiera escucharla y aún tenía que hacer otro gran esfuerzo para entender lo que la vieja le decía, la falta de dientes no la dejaba pronunciar muy bien y, para más remate, a veces se quedaba dormida en mitad de una frase. Su bisnieta tampoco era de mucha ayuda porque también estaba medio sorda y no escuchaba ni entendía nada de lo que la bisabuela le decía, por lo tanto, ese día, Andrea exhausta y después de no lograr casi nada, sólo saber por boca de la señora Noeria que la anciana no hablaba desde que se había quedado viuda y que sólo intentaba hacerlo cuando se trataba del ermitaño, decidió dejarlo hasta ahí, descansar un poco antes de ir a esperar a que el viejo se sentara en la piedra y observarlo en la noche, quien sabe, tal vez hasta lograra hablar con él.

Esa noche se instaló con un paquete de cigarrillos, su libreta y un par de bolígrafos, dispuesta a pasar la noche entera observándolo y describiendo lo que hacía paso por paso, pero después de dos horas, casi la mitad de la cajetilla y un párrafo de no haber sucedido nada diferente a verlo llegar de atrás de las piedras y sentarse con la mirada perdida hacia el mar, sin mover un solo músculo del cuerpo, Andrea decidió intentar acercarse a él a ver si eso, aunque sea, le causaba sorpresa. Nada cambió. Ella estuvo como media hora intentando acercarse entre las resbalosas y peligrosas piedras y cuando estuvo a unos cinco metros de él, empezó a llamarle, pero sólo recibió una buena bañada de las olas que casi la hizo caer al mar. En vano recitó todos los nombres de hombre que se le ocurrieron con la vaga esperanza de que respondiera por alguno de ellos, – bueno, tomando en cuenta los nombres de la gente de este pueblo mejor ni sigo intentando con los nombres comunes – desistió y sólo se sentó lo más segura que pudo a esperar a que el viejo se fuera, a ver si por lo menos conseguía adivinar a dónde se dirigía durante el día, pero tampoco eso lo pudo resolver; le sucedió lo mismo que a todos los que lo habían intentado: la venció el sueño cinco minutos y cuando volvió en sí, ya el viejo no estaba.

***

Luego de una semana sin más luces sobre el ermitaño y sabiéndose ya casi todos los cuentos sobre los pobladores del pueblo, menos sobre él, Andrea estaba apunto de abandonar la historia y abocarse a escribir la denuncia sobre el Alcalde (que ya la tenía verde de tanta invitadera a almorzar o a cenar). Finalmente un niñito todo agitado la fue a buscar al cuartito que tenía alquilado en la posada, le dijo que la señora Noeria la mandaba a llamar urgente porque la bisabuela había pedido que “Andrea fuera para allá” – Menos mal que en este pueblo mi nombre no es común, si hubiera sido en la capital la fila de Andreas no tendría fin – pensó – y absolutamente fastidiada sabiendo que seguro perdería el tiempo como el primer día que la fue a ver, se preparó para acudir al llamado.

Cuando entró se sorprendió al ver a la vieja parada frente a la ventana, con su trenza recogida en un bonito moño, sonriendo nostálgicamente e invitándola con un gesto a que se sentara en su mecedora. Andrea, sin salir de su asombro, se sentó y la miró con los ojos llenos de intriga. Antes de que pronunciara alguna palabra, la vieja la miró y, sin abrir la boca, le dijo:

–Hoy va a llover…

Andrea comenzó a sentir miedo, esa no podía ser la misma anciana que había intentado entrevistar unos días atrás, además por más que le estaba viendo fijamente la cara cuando habló, podría jurar que no había movido los labios. No sabía muy bien qué hacer, esa mujer definitivamente no estaba hablando pero ella la escuchó claramente. Me estoy volviendo loca, definitivamente es mejor que escriba sobre el alcalde – pensaba mientras observaba a la vieja –. Repentinamente la bisabuela la miró a los ojos y le dijo:

– Por eso es que nadie sabe nada, el día que va a llover, el único día que puedo yo pararme de esa bendita mecedora y hablar, empiezan a pensar que están locos, o que yo estoy loca, o que soy un fantasma, o ¡qué se yo cuántas tonterías más! Y es que en este pueblo todos son tan brutos, hasta el alcalde de pacotilla ese, que no se dan cuenta de que cuando la vieja, de la que ni recuerdan el nombre, se para de la mecedora, es que va a llover y todavía siguen pensando que es imposible saber el día exacto…

Andrea no podía salir de su asombro, la vieja estaba perfectamente parada frente a ella, arreglada, lúcida y conversadora. Pero aún no se había dado cuenta de que realmente no hablaba, simplemente transmitía sus pensamientos y, con la misma agilidad, leía el de los otros – ¿Y ahora qué carrizo hago? – pensó Andrea…

– Mija ya le está tocando irse, ¡hasta se le está pegando la forma de hablar de esta gente! Y no tiene que hacer nadita, sólo escúcheme a ver si usted es la que puede hacer que ese viejo condenado se muerda el orgullo.

Ya Andrea empezaba a cuidarse de lo que estaba pensando, sintió que la vieja no estaba tan lúcida como le había parecido pero, como buena vieja de pueblo, tampoco se le escapaba nada. – ¿A qué viejo se estará refiriendo? –

– ¿A quién va a ser pues?, ¿usted no vino el otro día a preguntarme por él?, ¡estos muchachos de ahora no sé dónde tienen la cabeza! Yo que pensé que usted estaba realmente interesada, sino no la mando a llamar…

Como pudo, Andrea la interrumpió en sus pensamientos para disculparse y comenzó a recordar todo lo que había pasado para saber del ermitaño (bien concentrada en no recordar el episodio con la vieja para que no se le fuera a ofender) a ver si comprendía todo lo que estaba pasando.

– No mija, no se gaste en buscar disculpas, todos son igualitos, pregunta y preguntan pero cuando uno quiere darles respuestas se ponen brutos, pa’ más remate no me queda otra que decirle a usted, hoy es el único día que puedo echar el cuento y usted es la única que ha venido a preguntar por ese terco, a ver si atolondrá y todo como está me ayuda a que el condenao orgulloso ese se baje de esa piedra de una buena vez.

Entonces por fin alguien sabe de este bendito ermitaño, ojalá terminara de contarme la historia – pensó Andrea involuntariamente sin terminar de acostumbrarse a que la vieja le escuchara todo cuando le pasaba por la cabeza. –

– ¿No te digo yo?, ¡falta de respeto!, aunque parece que tan gafa no eres, porque de verdad ese viejo es un bendito condenao, y ya te cuento mijita, deja el desespero que tenemos toditico el día y yo quiero conversar mucho.

Andrea estaba que se comía los cigarrillos en vez de fumarlos pero se resignó a que la vieja tenía ganas de hablar. Toda vieja, cuando le toca sufrir la indiferencia del mundo, al llegar a cierta edad, en el momento que alguien se le ocurre sentarse a conversar, no lo sueltan más; así que después de largas horas escuchando todos los chismes que la venerable se tenía guardados del pueblo entero (es impresionante todo lo que una vieja guarda en la memoria tras tanto tiempo de indiferencia), Andrea pensó, otra vez involuntariamente: – mejor escribo sobre lo que esta vieja tiene en la memoria y ya está…–

– ¡No muchacha del carrizo!, usted escribe eso y medio pueblo me cae encima. Lo que usted tiene que hacer es contar que ese viejo que se pone en esa piedra no es más que un terco orgulloso que está esperando a que yo le vaya a pedir disculpas por haberme casado con su hermano y no con él, ¿pero qué carambas iba a saber yo que era su hermano, si eran igualiticos los condenaos? ¡Y quién lo manda pues! Ese viejo era tan flojo en sus años mozos que mandó al hermano pa’ la boda porque era muy temprano en la mañanita, el problema fue que el hermano se entusiasmó y mantuvo el engaño hasta la noche, hasta que el muy energúmeno, después de dormir todo el día, llegó a formar un escándalo y prometió que no hablaría más hasta que le pidiera disculpas por no haberme dado cuenta del cambio ni siquiera cuando conocí al hermanito más íntimamente (usté me entiende). Y pienso yo: ¿quién lo manda a flojo pues? Ahora está ahí, sentándose todas las noches sobre la piedra donde nos conocimos esperando a que yo vaya, pero antes no quería y ahora no puedo, y como parece que ese viejo todavía tiene fuerzas para encaramarse ahí, pues quiero que le diga que use las mismas fuerzas pa’ matar ese orgullo y que venga de una vez a buscarme, que si yo lo pude perdonar se deje de pendejadas (con el perdón de la palabrita), que ya está bueno ya, y que es hora de que nos vayamos, que le mando a decir que la muerte no lo ha venido a buscar nada más porque ni Ella aguantaría un viejo tan testarudo y yo ya estoy cansada de devolverla explicándole que no me puedo morir hasta que el “señorito” no me perdone. ¿Me va a hacer usté ese favorcito mijitica linda?.

***

“El Ermitano del mar” terminó siendo uno de los libros más leídos. Andrea se convirtió, sin esperarlo, en una escritora reconocida y respetada. Las gentes de Marebo, en donde finalmente estableció su residencia después de que milagrosamente el pueblo se volviera un lugar fresco, donde llovía por temporadas (como en todos lados), la nombraron “heroína honoraria del pueblo”, siempre le agradecieron haber hecho de Marebo el centro turístico más visitado de la costa del país y ser la responsable de sacar a ese inútil alcalde, además de descubrir la verdadera historia del Ermitaño y ¿quién podría pensarlo? Su vínculo con la bisabuela de Noeria, a quienes no se les vio más desde ese día. Sin embargo, lo que más le agradecieron en Marebo fue haber conseguido que todos en el pueblo pudieran tener un aire acondicionado propio (otorgado por el Estado) y haber logrado que el dueño del restauracito desistiera de su horrible pasticho con pescado.