No sé cómo relatar esta historia y si llamarla o no incesto, en términos legales no lo es, pero para mí y para él somos hermanos....
Mejor intento explicarlo desde el principio, ya me dirán luego cómo puedo llamar a ese encuentro con Joshua.
Hace ya diez años hice un viaje de intercambio, una de las experiencias más intensas y determinantes de mi vida, sé que hay varios tipos de intercambios con programas distintos, éste tenía duración de un año y no era, como es lo más común, estudiantil, sino "cultural", con el objetivo de aprender la cultura y la sociedad de otro país, por ello se estipulaba pasar por mínimo tres familias distintas durante ese lapso de tiempo y, sí, estudiar, pero digamos que esto tomaba un papel accesorio, sobre todo porque generalmente se realizaba el viaje en el último año de la etapa secundaria, con la idea de, que si se estudiaba dicho curso en el otro país, al regresar igual se retomara en el propio para graduarse. En mi caso particular yo estaba adelantada un año y cuando tuve la edad para realizar el intercambio ya había terminado, así que lo único que hice fue tomar un curso preparatorio de universidad, al que asistí apenas unas tres veces, por lo tanto dispuse de mucho más tiempo para quedarme en las diferentes casas por las que rodé y, como ya dije que el estudio no era el protagonista de este programa, nadie se preocupó mucho al respecto.
Por diversas circunstancias mis primeras experiencias fueron unos verdaderos suplicios, pasé por un total de cinco familias, de las cuales, la única que vale la pena mencionar es la última.
Caí en esa casa ya bastante desesperanzada con respecto a mi viaje, había tenido excelentes experiencias pero con las familias no me había ido muy bien, así que no tenía muchas ilusiones con ésta. Sin embargo, para grata sorpresa mía, con ellos todo fue diferente desde el principio, ni me trataron con demasiada atención (o sea, ni artificial ni hipócritamente, sería bueno que quien tiene intercambistas en su casa entendiera que no somos unos payasos de turno, ni una novedad para mostrar a los amigos de "sociedad") ni me ignoraron como si yo fuera un huésped en una posada, me trataron como reza la idea del intercambio: "uno más de la familia".
La familia estaba conformada por papá, mamá y cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, bueno, tres adolescentes y una hermosa niña, para ser más exactos, y de todos ellos yo era la mayor, desde un principio me pusieron el título de "hermana mayor" y así, durante los cuatro meses que viví con ellos, todos eran mis hermanos y mis padres, salíamos bajo mi responsabilidad, mi hermana más cercana, Lucía, siempre me daba demostraciones de cariño, era la más tierna de todos y la más afectuosa, nos sentábamos a hablar durante horas, nos escribíamos notitas cariñosas, cantábamos juntas, ella escuchaba la música que yo traía y fue ella quien me enseñó a apreciar la música del nuevo país donde estaba; estaba también mi hermano preadolescente, el problemático Marcelo, aunque en el fondo era un pan dulce, él no era nada afectuoso, pero llegó un momento en el que solamente me atendía a mí, recuerdo bien cuando papá le dijo: "está bien, le diré a Kassandra que hable contigo, total es a ella a la única que escuchas"; Danielita, la más pequeña, me buscaba por las noches para que le cantara alguna de las tonadas que la hacían dormir, pero evidentemente con ella no tuve mayor compenetración, tenía apenas tres años y yo ya 17, era poco lo que podíamos compartir.
Finalmente estaba Joshua, el mayor de los cuatro, tenía 16 años para ese entonces, pero a él demoré un poco más en conocerlo ya que, precisamente por mi llegada, tuvo que mudarse a casa de los abuelos y así cederme su cuarto, lo cual no representó problema de su parte ni me mantuvo alejada de él, como dije, desde un principio me hicieron sentir parte de la familia y ello abarcaba también los abuelos, quienes gustosamente me recibían en casa varias veces a la semana. Estas sesiones fueron convirtiéndose en necesarias tanto para Joshua como para mí, lejos de nuestros padres, del resto de los hermanos, podíamos hablar y conocernos mejor, éramos los más contemporáneos y teníamos muchas cosas que compartir, aunque, he olvidado mencionar que Joshua era muy introvertido, un muchacho bastante callado, bastante hierático, así que me costó un tanto al principio romper esa coraza; me empeñé en hacerlo fundamentalmente por dos razones: una, no iba a ser justamente él el responsable de frenarme las bellas relaciones que estaba estableciendo con la familia, y en segundo lugar, aunque no reconocido hasta mucho tiempo después, Joshua era un chico con una carga de sensualidad increíble, carga que él mismo no conocía, lo que, supongo, lo hacía mucho más irresistible, ¿alguien ha conocido sensualidad más atractiva que la ingenua?.
Así las cosas, Joshua y yo nos fuimos compenetrando muchísimo, hablábamos de todo, nos tocábamos mucho, nos hacíamos caricias, nos abrazábamos, nos recostábamos en nuestros regazos mientras veíamos televisión, él se reía de mi acento al hablar su idioma y me enseñaba a perfeccionarlo, yo le enseñaba algunas cosas en español, a veces salíamos con Lucía y Marcelo, como cuatro hermanos, hacíamos guerras de almohadas, preparábamos a escondidas alguna sorpresa para nuestros padres, incluso hubo noches que dormimos enteras abrazados el uno al otro.
Pero cada día que pasaba se me hacía más necesaria su presencia, ya señalé que no vivíamos juntos, pero ya para los últimos tiempos de mi viaje, prácticamente siempre estábamos el uno donde estuviera el otro, yo no quería pensar abiertamente lo que estaba sintiendo, tenía novio y él era mi hermano, por encima de cualquier cosa ellos eran mis hermanos y yo podía estar confundiendo ese gran cariño con otro tipo de amor, total, no conocía bien lo que podía ser un amor fraternal, en mi país soy hija única, no tengo idea de qué siente un hermano verdadero por otro, no sé cómo son sus acercamientos, no sé si se quiere a uno más que al otro, si hay algún preferido, si hay algún mimado, si hay el que nos entienda más, sólo lo sospecho, mis padres verdaderos tienen hermanos y observándolos pues veo que siempre hay uno al que se inclinan más, otro al que quieren cuidar, otro con el que se tiene un acercamiento intelectual... y en mi caso por el que más me inclinaba era por Joshua, al que quería cuidar era a Marcelo y mi acercamiento intelectual era con Lucía. Así que me quedé quieta en mis impulsos, simplemente estaba confundida y de seguro lo que me parecía de su parte también era producto de mi imaginación, él me quería tanto como yo, eso era todo, no sentía por mí otra cosa más allá de esas que mi mente calenturienta pensaba en algún momento.
Pasaron cuatro meses y llegó el momento de mi partida, esa última semana estuvo realmente llena de emociones, mis padres escribieron una carta para mis padres verdaderos, carta que no podría ser abierta hasta que yo llegara, mi hermana me regaló un libro y durante todos esos días nos dedicamos Joshua, Lucía y yo a grabar en casettes todo cuanto hubiéramos oído juntos, para no olvidarnos de esos momentos que sólo algunas canciones son capaces de evocar. También nos fuimos a poner unos piercings en las orejas, uno por cada uno, compartiríamos los aros toda la vida; eso sería símbolo de nuestro nexo, además del pacto de sangre, ¡qué románticos podemos ser de adolescentes!.
Durante esa semana Joshua durmió en casa, nuestros padres estuvieron de acuerdo en que teníamos que pasar el máximo de tiempo juntos, pronto yo me iría y no sabía cuándo o si regresaría alguna vez, sería una crueldad que no estuviéramos finalmente como la familia que llegamos a ser.
Fueron muchas las despedidas esa semana, lo cual me hacía llegar casi siempre tarde a casa, que era donde finalmente siempre quería estar, pero todo parecía como a mil por hora, el tiempo se me acortaba a una rapidez fuera de lo normal, y no quería dejar sitio o persona por volver a ver antes de mi partida, ¡son tan tristes y a la vez tan hermosos esos recuerdos!. Todas las noches llegaba y encontraba a Joshua esperándome, algunas veces con Lucía, otras solo, y siempre estábamos tan tristes que apenas pronunciábamos palabra, nos quedábamos alguno en el regazo del otro, nos acariciábamos inocentemente en la cabeza, veíamos ausentes la televisión, o dormíamos así, reitero, la tristeza era muy grande.
Finalmente llegó el último día, día que al final se convertiría en uno, sino en el más, hermoso recuerdo de ese año de intercambio. Como era de esperarse estuve fuera de casa todo el tiempo, fui a la universidad a despedir a viejos amigos, fui a casa de otros intercambistas a quienes aún no les había llegado su hora pero con los que había hecho buena amistad, fui a ver a mi novio, al que adoraba y con el que cerré la noche fuera de casa, hicimos el amor como posesos, como queriendo quedarnos con retazos de piel previendo una sed que de seguro pronto nos atacaría, pero eso es otra historia.
Cuando llegué a casa, ya bastante de madrugada, encontré a Joshua medio dormido en el sofá y a Lucía, un tanto molesta, pero despierta, esperándome también. La abracé y le dije que no se molestara, que por más que intentara no podía dividirme, ella me dijo que no le molestaba que llegara tarde, que le molestaba que me fuera, que había estado hablando con Joshua y él estaba igual o peor que ella y que habían decidido pedirme que no me fuera.
Me lo soltó así, sin yo esperarlo, como un vaso de agua frío directo a la cara, yo no podía quedarme, por más que quisiera, las reglas del intercambio me obligaban a volver luego de un año y luego de arreglar todo el papeleo bien podía hacer lo que me diera la gana, pero tenía que regresar; además tenía a mis padres aquí y los extrañaba como loca, al igual que ellos a mí, luego de todo lo que había tenido que pasar durante ese largo año, finalmente volver a casa era necesario para todos... aunque debo admitir que lo dudé por un instante, pero mi duda se disipó pronto y le tuve que decir a Lucía que lo que me pedía no era posible, que tenía que regresar, ella me dijo que se lo esperaba, pero que entonces prefería no formar parte de ninguna despedida, que se iría a su cuarto y que no la malinterpretara, simplemente quería hacernos a los tres las cosas más fáciles. Imagino que entendió mi cara de incomprensión y me dijo que, como ya me había comentado, Joshua estaba igual o peor que ella, que ella jamás lo había visto llorando y que ese día lo había hecho tanto que finalmente se quedó dormido en el sofá, agotado; que tal vez no le creyera, pero que ella creía que nosotros teníamos algo especial y que sentía que debíamos despedirnos solos.
Su revelación me sorprendió, era cierto, imaginar a Joshua llorando se me hacía imposible, siempre agradecí el gesto de Lucía de dejarnos solos, pero no solamente por haber dado paso con ello a lo que sucedió después, sino porque se me hubiera hecho infinitamente más difícil esa noche de haber estado los tres, ella siempre fue muy optimista, muy alegre, y me hubiera partido el alma verla sufrir.
Me acerqué a Joshua, no quería ni despertarlo, se veía francamente hermoso acurrucado en el sofá, lo único lamentable es que no podía ver sus grandes y hermosos ojos azules, esos ojos que eran los que, indiscretos, generalmente me abrían las puertas de sus sentimientos. Ahí, dormido, se veía tan indefenso y a la vez tan hombre, tan sensual, su cabello caía sobre su rostro, respiraba pausadamente, relajado, entregado a su sueño, una mano servía de apoyo a su mejilla, mientras la otra reposaba sobre uno de los cojines del sofá y la boca entreabierta, provocativa, de labios gruesos, me invitaba descarada a darle un beso... pero no, no podía, ¡era mi hermano!.
Aparté el cabello de su rostro, quería observarlo mejor, él se movió, entre dormido y despierto, aproveché su estado de duermevela para hacer lo que siempre hacíamos, me senté en el sofá y dejé que su cabeza se acomodara en mi regazo, comencé a acariciar su cabello con una mano y con la otra tomé la suya, como queriendo apresarlo y que ya nada más nos separara.
Algo mágico, que aún hoy no sé explicar bien, se operó en el ambiente, su mano apretaba la mía, él no abría los ojos y yo no podía dejar de observarlo, uno de mis dedos, accidentalmente rozó sus labios, y juro que fue accidental, quería acomodarme el cabello y cuando moví la mano para eso, rocé sus labios. Nunca llegué a acomodarme el cabello como quería pues cuando mi dedo tocó su boca, él la abrió y me tocó la yema con la punta de su lengua, ese contacto fue una descarga eléctrica, me dejó paralizada, dejé el dedo quieto donde estaba y vi como su lengua comenzaba a jugar con él, eso me excitó y nubló todo pensamiento racional de mi mente, nuestras manos se apretaron fuerte, como anticipando temerosas lo que sabíamos que pasaría y al mismo tiempo dándose apoyo mutuamente.
Me dejé entonces viajar por sus labios que tantas veces había deseado calladamente, dibujé la silueta de su rostro, paseé por el interior de su boca mientras él chupaba uno a uno los dedos. Pronto su mano libre comenzó a actuar rozando tímidamente mi mejilla; sí, él sentía el mismo miedo que yo ante lo que estábamos haciendo, se notaba en el temblor de sus manos.
Nuestros corazones latían con tanta fuerza que podíamos notarlo, poco a poco él fue subiendo y yo fui bajando, hasta que nuestros rostros estaban sólo a milímetros, nuestras manos ya estaban viajando con más confianza por donde nuestra incómoda posición nos lo permitía; él tenía la suya en mis costillas, apenas rozando con el dedo pulgar el comienzo de mi seno y yo me entretenía en su vientre, sin atreverme aún a seguir el camino que mi propia mano estaba trazando. Por fin, abrió los ojos y me confirmó por un lado su decisión y por otro, su miedo; nos dijimos mil cosas con la mirada, cuánto nos deseábamos, cuánto nos amábamos, cuánto miedo teníamos, cuánto dolor... soltó mi mano y puso la suya sobre mi nuca acercándome a sí mientras se iba levantando y de ese modo, con los ojos abiertos, nos besamos, sin perder detalle de lo que nuestra visión nos regalaba mientras comenzábamos a abrazarnos fuertemente, fundiéndonos lo más que podíamos el uno en el otro.
Como guiadas por un maestro de orquesta, al mismo tiempo, nuestras manos comenzaron a recorrernos mutuamente, toqué su pecho por debajo de su camisa, que ya había desabotonado casi sin darme cuenta, su viaje se inició por mi espalda mientras me quitaba la blusa y nuestro beso sólo se vio interrumpido para poder saborear nuestras orejas, nuestros cuellos, nuestros hombros; perfectamente sincronizados nos besábamos y nos tocábamos, excitándonos al máximo pero sabiendo ya que la noche era nuestra, no había por qué apresurar nada, por fin caídos los velos debíamos disfrutar de todo lo que estaba tras ellos, y eso hicimos.
Lo acosté en el sofá y lo besé, sobre él me sentía dueña y señora del mundo y creo que se lo hice sentir, porque él se abandonó a mis manos y mis besos, sumiso y pasivo. Mordí suavemente su labio inferior y él profirió un gemido bajito, bajé a su mentón siempre mordiendo, cada vez con mayor intensidad, y él acompañaba mis movimientos con su respiración cada vez más acelerada, besé su cuello que tanto me encantaba y me detuve un momento en su manzana de adán, prominente y provocativa; seguí mi camino hacia el sur esta vez con la lengua, dibujando con ella sus tetillas, lo cual le erizó.
Todas sus reacciones me excitaban cada vez más, como si mi placer dependiera únicamente del de él, sus manos no paraban de acariciarme el cabello y la espalda, aún tímidas, mientras yo iba besando y besando cada espacio de piel que se me iba mostrando, hasta que finalmente llegué a su enhiesto sexo, preparado, expectante, delicioso a la vista, me detuve a mirarlo primero, lo acaricié suave, apenas dejándole sentir mi tacto, luego toqué la puntita con mi lengua, como hacía unos minutos había hecho él con mi dedo, se estremeció y colocó sus dos manos sobre mi cabeza, no me empujó ni me apretó, pero su gesto me hizo saber muy bien lo que quería y me excitaba aún más que él fuera tan suave, tan delicado, tan sublime en cada movimiento. Finalmente tomé el pene entre mis manos y lo puse entre mis labios primero, lentamente comencé a introducirlo en mi boca y chupar, para aquél momento no tenía mucha experiencia en felaciones, y de hecho, no me gustaban, pero con el miembro de Joshua las cosas fueron sucediendo solas y no tenía ningún tipo de desagrado, al contrario, parecía que, siendo un manjar tan deseado, estaba probando la gloria en su sexo, mi lengua se movía circularmente alrededor de su glande mientras chupaba ávida, él temblaba fuertemente y se aguantaba sus gemidos y yo me alimentaba de deseos con cada gemido ahogado de sus labios, todo lo que estaba pasando me estaba volviendo loca.
Apenas tuvo tiempo de reaccionar para levantarme la cabeza y acabar. El líquido caliente fue a parar a mi cuello y parte de mi pecho y yo estaba a punto de explotar de tanta excitación, de tantas ganas. Sin embargo, no sé por qué, lo que hice fue llorar cuando me encontré con sus ojos, él me abrazó con fuerza, y volvió a besarme en los labios, no me dijo nada pero me vio directamente a los ojos, usando ese nuestro código de miradas, para transmitirme su tranquilidad, tranquilidad inexistente porque los dos temblábamos como hojas al viento, pero entendí y agradecí su gesto, ya no había vuelta atrás y él sabía muy bien lo excitada que estaba, mi corazón y mi respiración lo denotaban.
Sus manos volvieron a crecerse en mi piel, recorrió de nuevo mi espalda en ascenso y comenzaron a colarse por mis costillas hasta llegar a mis senos, masajeó suave y torpemente al comienzo, luego fue tomando experiencia maestra y pellizcó, rozó, acarició, apretó, mientras su boca paseaba alternadamente por mi oreja y mi cuello; mordía, succionaba, besaba, soplaba aliento caliente por el camino de ida y vuelta entre mi cuello y el hueco de la clavícula y yo me iba entregando, tomando el papel al que en un principio él se había abandonado: sumisa y pasiva.
Arrodillada en el sofá, fui arqueándome hacia atrás invitándolo a besarme más, a que su camino también continuara, él lo entendió y comenzó a descender con esos suaves besos hasta llegar a mis senos donde se detuvo por unos largos instantes, lamiendo, mordiendo y chupando alternadamente cada uno mientras me apretaba a él con ansias, sin abandonar esa sutileza que tan sorprendida y enloquecida me tenía. Era sin duda el hombre más sensual que había conocido (y aún lo sigue siendo), cada caricia, cada beso, cada movimiento estaba tan cargado de esa sensualidad que es francamente difícil que alguien pueda imitar.
Poco a poco, casi sin darme cuenta, me fue acostando en el sofá y siguió su descenso, se detuvo por un instante, como dudando y yo abrí los ojos para observarlo, ahí estaba él, con su cara inocente viéndome fijamente a los ojos, esperando encontrarse con mi mirada mientras comenzaba su trabajo entre mis labios mayores, de nuevo tan suavemente, inexperto, pero como yo, pareciendo disfrutar el manjar, su lengua se paseó de arriba abajo, abriendo y cerrando el camino a su paso, luego se prendió de mí como una sanguijuela y me tomó firme de los glúteos, siempre viéndome a los ojos, y yo, con gran esfuerzo le mantenía la mirada porque veía en ella todas sus ganas, todo su amor, toda su lujuria apenas descubierta, mi placer iba aumentando y mis sentidos se exacerbaban, como ya he dicho, para aquél momento mi experiencia era corta y no sabía ni retrasar ni prolongar un orgasmo, así que más pronto de lo que mis ansias hubieran querido, estallé con su cara entre mis piernas, y por un instante perdí de vista su azul desafío para abandonarme al éxtasis que me había regalado.
Casi lo estrangulo con piernas, pero hábilmente escapó para posarse sobre mí y besarme de nuevo, sentí su erección sobre mi vientre y entendí que estaba listo y dispuesto para el último paso. Se detuvo por un momento, me vio a los ojos y me dijo: "Kassandra, nunca había hecho esto". Casi me ahogo de sorpresa al instante, luego de lo que ya había pasado se me hacía casi imposible creer que mi hermano fuera virgen, y que además estuviera dispuesto a darme a mí su primera experiencia. Estuve tentada a detenerlo todo ahí, tuve miedo y al mismo tiempo un extraño respeto, de verdad sentía que quien estaba sobre mí, semidesnudo, era mi hermano, que unas puertas más allá estaba toda mi familia durmiendo, sin imaginar que nosotros estábamos en esas "lides", entregándonos de tal manera, ofreciéndonos tan intensa despedida.
Pero mi deseo me impulsaba a otra cosa, él veía la duda en mis ojos, sentía mi temblor, mi inseguridad y me dijo "no importa que seamos hermanos o no, no importa ya nada Kass, te he deseado desde hace tiempo y hoy no me voy a detener pensando en cosas que no son ciertas, quiero darte y darme mi último regalo juntos... para ya de pensar". Y paré... dejé a mi deseo poseerme por completo.
No pensé nada más, abrí mis piernas, busqué su pene y lo coloqué en la entrada, lo vi a los ojos y lo besé, esperando que de una vez por todas entrara en mí y me hiciera sentir, además de su hermana, como hasta ahora, su mujer.
De nuevo con una suavidad de otro planeta, Joshua fue penetrándome, dejó de besarme y me clavó la mirada, apenas entreabría los labios y dejaba escapar un suspiro mientras su miembro se iba abriendo paso en mis adentros, y apenas también, cerraba los ojos involuntariamente de vez en vez para sentir cómo estaba yo de ardiente internamente, cómo mi humedad dejaba su sexo rodar fácilmente dentro del mío; casi ni podía yo mantener fija mi vista en sus ojos mientras me iba abandonando al placer y clavé mis uñas en su espalda cuando finalmente lo tuve todo adentro, por unas fracciones de segundo podría jurar que él sonreía, ya sin asomos de inocencia, disfrutando el calor de mis entrañas.
Poco a poco comenzó el vaivén, se notaba su temor porque sus embestidas eran lentas, pausadas, como buscando el ritmo preciso, la penetración certera para sentir el máximo de placer. Impulsé involuntariamente mis caderas hacia él pidiendo con ello más de su cuerpo, el deseo me estaba volviendo loca y yo también era bastante neófita, por lo que me sorprendían mis propios movimientos instintivos, pero me dejaba llevar, lo que sentía era demasiado divino y ya mis pudores no tenían ningún tipo de valor, así que lo abracé entre mis piernas y lo empujé fuertemente hacia mí, mientras con mis caderas seguía imponiendo el ritmo que mis ansias me dictaban, como siempre, mirándolo fijamente a los ojos, demostrándole que no había asomo de dudas, quería que se desatara sobre y dentro de mi cuerpo y lo quería en ese instante.
No sé si entendió mis deseos o siguió los propios, pero nos convertimos en verdaderas fieras, la pasión nos rebasaba y nuestros gemidos apenas los podíamos ahogar con nuestros propios besos. Mis uñas hicieron un Picasso en su espalda y sus dientes marcaron territorio en mis hombros, sus manos me apretaron fuertemente los brazos y su embestida era cada vez más fuerte, más intensa, cada vez más y más adentro... cada vez más... y más...
Nos mordimos para ahogar nuestro grito de placer, primero él, luego yo, y lo sentí temblar sobre mí, pero esta vez era su placer la causa del sismo, su cuello enrojeció, sus ojos no soportaron mantenerse abiertos mientras se tensaba y apuntaba al norte con su quijada, sus manos me hacían pensar que me quebraría los brazos y su miembro explotó en mis adentros el líquido caliente que me hizo estallar a mí, que me hizo también vibrar fuertemente, me tensó el cuerpo entero y perdí el aire que finalmente sólo recuperé en su boca.
Desfallecidos nuestros cuerpos, nuestras mentes reaccionaron, el beso se fue apagando suavemente y poco a poco, con miedo, abrimos los ojos para encontrarnos en esa tan estrecha cercanía que nos convierte en cíclopes, con miradas satisfechas pero también llenas de aprensión y el ambiente parecía hacer rodar la pregunta "¿es éste mi hermano?". Sí, hoy puede sonar ridículo ese cuestionamiento, pero por alguna razón sentíamos haber cometido un delito, algo que no se debía hacer, algo que no se podía compartir.
De nuevo fue el silencioso mirar quien nos respondió muchas las preguntas y dejó otras miles en el aire, nunca hablamos del tema, nunca lo contamos a nadie, ocultamos todo rastro de evidencia, hasta en nuestros sentires luego de la inevitable separación; no hubo palabras antes de dormirnos, no hubo palabras al levantarnos y rápidamente regalarnos un último beso en los labios, no hubo palabras camino al aeropuerto, simplemente no hubo ya más palabras luego de eso.
Pero sé que en nuestras mentes está grabado el último momento, ese en el que, mientras me dirigía a la puerta de embarque y me repetía mil veces "no voltees, no lo hagas", finalmente giré y fue a él, y sólo a él, a quien le dediqué mi última mirada, para encontrarme con la suya que, en silencio, me dedicaba su último adiós.