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martes, 12 de junio de 2007

Podría...

Podría llenar de tópicos el dolor que siento, podría cantar como aeda antigua a alguna musa para que me ayudara a repetir que “haré los versos más tristes esta noche” y jugar con los tiempos que mi memoria mal pueden evocar...

Podría sentarme y describirte cómo tras mi ventana sueño con libertades falsas, con futuros que no existen, con estúpidas quimeras mientras inhalo el humo de un cigarrillo mil veces triste y me doy cuenta de que, como su humo, tu alma se me escapa...

Podría intoxicarme de alcohol para hacer de esta realidad una mentira momentánea y olvidar que mi cuerpo le pasa factura a mis locuras y pensar que tal vez sí penetraste mi entrepierna y con ello mis límites...

Podría traerle a las líneas la imagen de una luna que mengua y no pensar que es una irónica imagen que el destino me deja en un negro cielo límpido y frío y que son tus manos y no las mías las que me dan calores y espasmos cuando no te tengo...

Podría pensar en ortografías y puntuaciones perfectas para de nuevo recorrer tu piel y que recorras la mía, no ahogarme en la excelencia de las ilusiones siempre insuficientes que pinto, a pesar de mí, en mi mente, y sentirte poseyendo lo que siempre fue tuyo y pensarme tomando un poco de lo que mío nunca será...

Podría no intentar buscarte en rincones desconocidos de mi cuerpo y darme cuenta de que la luna no mengua por mí, que está llena y en todo su esplendor, como una vez estuvieron tus palabras y tus gemidos alojados en mi cuerpo; que sólo menguo yo, que sólo menguas tú y que me niego, me niego...

Podría, pero no puedo... podría pero no quiero...


7 de octubre de 2005.

viernes, 8 de junio de 2007

(Poema N°18) Teníamos (este es el más reciente poema que me escribió mi Besho, lo publico como entrada porque no quiero que se desarme el formato)

Teníamos una soledad
Tan concurrida
Tan llena de nostalgias
Y rostros de nosotros
De adioses hace tiempo
Lejanos de otras vidas
Y besos bienvenidos
Muriéndonos de amor.

Teníamos las alas dispuestas pero el cielo cercado de compromisos y de culpas, tres tormentas asomándose en el norte de una lágrima, dos extremos en falso equilibrio contigo en el centro, el bajo fondo de un tango sufrido y la soga de otros besos ahorcándonos el destino.
Teníamos las noches fraguadas en el candor de nuestras intensidades, dos lenguas cansadas de besarle el pómulo a la desesperanza, varios gemidos ahogándose tras una cortina de Tiziano… y el Bar Temple, y el infierno encendido, y la muerte en cada encuentro… y la vida porque no hay muerte sin vida.
Teníamos todo y nada, todo el tiempo y ni un segundo, suspiros y lágrimas, un ejército de sueños negando a ofrecer el cuello, un árbol en llamas, una plaza brasilera, una "o" de madera, cientos de papeles gastados de recordarnos, infinidad de palabras en el silencio y ganas, muchas ganas de cerrar los ojos y no dejar de soñarnos así en la tierra como el en cielo.

Y teníamos una soledad
Tan concurrida
Que podíamos organizarla
Como una procesión
Por colores
Tamaños
Y promesas
Por época
Por tacto
Y por sabor.


Teníamos las posibilidades apuñaladas por la espalda una noche cualquiera en un décimo piso y las razones amontonándose en el clóset de los "no puede ser", los motivos que sobraban desahuciándose a solas ante un vaso de tequila y las manos bailando en la oscuridad, malgastando caricias.
Teníamos la felicidad congelada para la próxima vida y la resignación bajándonos los párpados, un epitafio en la lápida de los condenados escrito con la sangre de nuestra elección de no volar y una herida abierta prometiendo jamás dejar de sangrar.
Teníamos la seguridad de no pretender dañar a nadie y una luna compartida a un abismo de distancia, un pasaje sin retorno a la tierra de los sueños y la premisa de hacer valer tanto dolor de dos con la felicidad de uno.
Estábamos llenos de sombras
De noches y deseos
De risas y de una
Maldición
Teníamos tantas sombras como esquirlas del pasado, un servicio de correo como única alternativa de tocar lo que tocábamos, las frentes marchitas, los deseos atados, las lágrimas dispuestas, las sonrisas de lado y a otro gozando.
Nos teníamos y no, eso era suficiente pero no tanto.


Y se fueron las paredes
Quedó la noche
Las nostalgias se fueron
No quedó nada
Y nuestros rostros
Cerraron los ojos
Y al abrirlos
Estábamos
Éramos
Y la soledad de desolada
Quedó asolada
Y se largó
Dejándonos sin ella
Con nosotros*




Y ahora que la soledad es extraña en esta tierra de ensueño
Ahora que lo tenemos todo y no hablamos en pretérito ni en futuro funesto.
Ahora que los doce son palpables como las copas de este brindis.
Ahora que nos tenemos, acércate a mí, resguárdate entre mis alas y escucha lo que te voy a decir…


A vos… que me haces vivir día a día el sueño de mi vida.
Te amo.

*Fragmentos retocados del poema "Rostro de vos" de Mario Benedetti.

OMAR-TheCrow

Mi eterno ciclo


Me han robado las palabras
Me han quitado la ilusión
Me han llenado de congojas
Me he enfermado de dolor

Mis miedos dieron frutos
Mis sospechas fueron ciertas
La espera de la tormenta fue corta
Y llegó…
sin una misericordiosa nube de aviso
sin un previo gris protector

Sólo mi monstruosa resistencia me protegió
Sólo mi estupidez repetida me brotó una sonrisa
Sólo el orgullo me ocultó la lágrima
Sólo una previsible sorpresa me calló el sentir

Porque quería gritarte “¡te odio!”
Porque quería susurrarte “te amo”
Porque quería llenarte de marcas con mis uñas
Porque quería lamerte las heridas después de lamer las mías

Yo puedo clavarme la daga
a cada minuto
a cada instante
cíclicamente
hasta el día de mi muerte.
21 febrero 2007.

EL ERMITAÑO DEL MAR

“Un día se sentó sobre esa roca a observar el mar y nunca nadie más lo oyó hablar”. Así decían los habitantes de Marebo cuando algún curioso turista preguntaba por el extraño señor que todos los días, al atardecer, se sentaba sobre la roca más lejana y alta del malecón de Playa Recuerdos. Algunos inclusive advertían a las autoridades que, cansadas de escuchar siempre reportes del viejo, ya atendían normalmente el teléfono diciendo: “Buenas tardes, si es sobre el ermitaño, estamos sumamente ocupados. Si necesita algún otro servicio, con gusto le atenderemos”. En la costa ya era legendaria su presencia, nadie sabía quién era, desde cuando había aparecido, qué hacía allí todas las noches, de qué vivía, cuántos años tendría; pero ningún habitante ya intentaba ni siquiera investigar, sólo le llamaban “El Ermitaño del mar”, como si fuera una estatua o un mito. Lo bueno del viejo es que casi era el único atractivo turísitico de Marebo. De los pueblos vecinos venían “las gentes” a ver, aunque sea por una noche, al famoso ermitaño. Algunos hasta se dedicaban a hacer apuestas con los inocentes turistas: “A que aguanta sin dormirse toda la noche y en la misma posición”, “A que se levanta apenas despunte el alba”… Y los turistas, idiotizados de lógica civilidad, automáticamente apostaban lo que fuera a que no podría pensando que iban a ganar, pero el condenado viejo no se movía ni un milímetro, no se recostaba ni siquiera para descansar y justo al clarear el día, se levantaba y se perdía entre las rocas. Otro día de ganancias para los vivos del pueblo y una anécdota más para los turistas quienes, con los bolsillos vacíos y la lógica conmovida, se marchaban.


***

Bueno, unos días en la playa no me caerán nada mal –pensaba Andrea mientras guardaba el grabador, la libreta y el bolígrafo en su cartera tras haber recibido la orden de irse a la costa, a un viejo pueblo llamado Marebo y escribir la historia de un tal ermitaño culpable de haber vaciado los bolsillos del jefe de la redacción –. Pero es que sólo a él se le ocurre apostar con gente de la costa –meditaba risueña manejando hacia su casa para recoger una maleta antes de salir, –lo que no entiendo es por qué la prisa, pudo haberme dicho ayer para salir hoy temprano, pero lo de ya para ya no lo entendí – Luego de hacer su maleta y dejar al gato con la vecina, se montó en su carrito y manejó durante siete horas hasta conseguir el condenado pueblo que ya ni siquiera aparecía en el mapa y del que nadie sabía dar referencias a menos que les mencionaras al bendito ermitaño. Debería llamarse Marebo del Ermitaño –, pensaba cansada de explicar millones de veces que se trataba del pueblo donde habitaba un señor que se montaba en una roca de una playa toda la noche. – Ahhh, señorita, el Ermitaño del mar está lejos, le faltan como dos horas de camino…– , ­– No mija, usté agarró por donde no era, mire, si quiere encontrar al Ermitaño del mar, tiene que seguir por la orillita derecho todo el tiempo, pero tiene que estar bien pendiente porque la entradita del pueblo es chiquitiiita, cuando vea un montononón de piedras que se arrejuntan en la orilla ni lo piense y gire pa’lotro lao que la entrada está justo frente al pedrero ¿oyó?.– Después de siete horas, finalmente vio el famoso malecón de Playa Recuerdos y rápidamente giró hacia el lado contrario. Ni pensó en lo contraproducente que hubiera sido estrellarse con la montañita que la había acompañado casi todo el camino por su lado derecho, sólo tenía la certeza de que por nada del mundo se pasaría la bendita entrada y luego tener que manejar, con suerte, otras siete horas más hasta encontrar el camino de regreso. Menos mal que una cosa que sí tiene la gente de los pueblos de la costa es que no te mienten, porque sino, en vez de escribir la historia del Ermitaño, la de la noticia hubiera sido yo – pensaba contenta Andrea mientras observaba con detenimiento el pequeño pueblito de Marebo.

***

Lo primero que se veía en Marebo era la posada, una casa grandota que la dueña acondicionó para que “las gentes” que querían ver al Ermitaño pudieran quedarse a dormir. Al lado de dicha posada estaba una pequeña farmacia, “La Botica del Ermitaño”, rezaba un cartelito de madera guindado en la cabecera de la puerta con dos cordeles metidos en sendos huequitos en cada extremo. Frente a ella se encontraba la Jefatura Civil donde se veía un letrero en la entrada que decía:

Si no está cometiendo un crimen no es nuestro problema.
P.D: Si está preocupado por el Ermitaño vaya pa’ la medicatura

Justo al lado estaba la mentada medicatura con otro cartel:

Si no está enfermo no es nuestro problema
P.D: No se preocupe por el bendito Ermitaño, ese es más fuerte que todos acá

Luego de esos establecimientos se veían unas cuantas casas y al final del pueblo un restaurantito de uso únicamente turístico (los de Marebo comían siempre lo mismo: pescado que sacaban del mar y tostones obtenidos de los miles de plataneros que crecían por todos lados, más nada). – Pero cuando un turista llega no se le puede mantener a punta de pescao – decía el dueño, que todos los jueves se iba para los pueblos vecinos y compraba los alimentos que llegaban de la capital para cocinar esas cosas raras que comen por allá. Aún intentaba perfeccionar la receta del pasticho de pescado que se le metió en la cabeza hacer – por aquello de la mezcla de curtura mi doña, si comen purpa de cangrejo enharinao, ¡qué les va a extrañar un pasticho con pescao pué! –solía decir.

La casa más arreglada era la del Alcalde de Marebo, un señor que – pocas veces sale de su nevera –decían los pobladores, refiriéndose al privilegio que gozaba por ser el único que poseía aire acondicionado en un pueblo donde hacía tanto calor que la gente ya ni sudaba para no perder los líquidos del cuerpo y donde sólo un día al año llovía, un día que nadie podía determinar porque bien podía ser en febrero o en noviembre, en marzo o en septiembre; lo único que sabían es que en diciembre no llovía ni a palos y ese mes justo se desaparecía el alcalde para disfrutar sus vacaciones anuales, – lo que es está de jalabolas del gobierno pes, ¡hasta vacaciones de no hacer nada tiene el condenao!; la casa fresquita, la ropa blanquita, los zapatos lustraos, un carro con nevera también y la musíua que se trajo de no sabemos dónde, todo eso por no hacer más que cobrá impuestos. –

***

Andrea estuvo tentada a escribir más bien una denuncia sobre el alcalde de Marebo pero no lo hizo. Al ver el pueblo y sus costumbres era innegable que aún más importante que el alcalde era el extraño ermitaño, alrededor de quien giraba todo en ese lugar, hasta su economía, – buena frase para comenzar, así aprovecho y le tiro su piedrita al alcalde inútil ese. – Por lo menos ya sabía con cuál frase abrir la historia, lo que no sabía muy bien era por dónde empezar a investigar, sobre todo cuando al preguntar a cualquiera le respondía exactamente lo mismo: –Un día se sentó sobre esa roca a observar el mar y nunca nadie más lo oyó hablar. – Pero peor era cuando intentaba saber desde cuándo había sucedido eso: ­– No mija, nadie sabe, ese viejo es más viejo que el pueblo. – Parecía que alguien les hubiera dado un manual de respuestas rápidas e inútiles a todos los pobladores. –No me queda otra que hablar con el alcalde, de seguro él tiene registros de la historia del pueblo y de las personas que han nacido y viven en él, todos deberían tener sus partidas de nacimiento, por lo menos –; así que efectivamente se dirigió a la cómoda y refrigerada casa del – ­Señor Ernopio Comerco, a sus órdenes, ¿Qué desea señorita? –, – Un nombre más fácil de repetir – pensó, mientras intentaba esbozar una sonrisa que disimulara su asombro ante tal mote y le extendía la mano.

– Verá usted, señor Ernapio…
– Ernopio, señorita.
– Disculpe, es la falta de costumbre, ¿puedo decirle Erni?.
– Como usted quiera catira, si se queda a almorzar conmigo.
– Bien bello pues, ahora el viejo este me va a echar los perros – pensó ella –.
– Estas musíuas de la capital si se inventan apodos feos – pensó él –.
– Como usted quiera Erni, mientras no le importe que le haga algunas preguntas durante la comida.
– Muy bien señorita, diga pues, ¿qué la trae a este pueblo tan caluroso?
– Sería menos caluroso si compartiera sus privilegios y no fuera tan corrupto. – Verá señor, soy periodista y vengo a escribir un reportaje sobre el Ermitaño del mar…
– ¡Ayy mija, sería más fácil que escribiera otra cosa, algo así como un reportaje sobre el alcalde de Marebo, su servidor, hasta podría hacer unos arreglos para que se quedara aquí en mi casa y no se asara afuera del calor preguntando cosas inútiles, porque nadie le sabrá responder nada sobre ese señor.
– Me quedaría con gusto si al momento de entrar, saliera usted por esa puerta – Precisamente por eso he venido a molestarlo Erni, le he preguntado a casi todo el mundo y todos me repiten exactamente las mismas frases, pero en algún lado debe haber un registro sobre ese señor y supuse que siendo usted el personaje más educado del pueblo, el que tiene acceso a los registros de todos y que de seguro debe saberse la interesantísima historia de Marebo desde sus inicios…
– Si hay alguna historia interesante sobre este pueblo perdido me encantaría saberla, se lo juro; por otro lado le responden lo mismo porque hace años, cuando el ermitaño empezó a llamar mucho la atención de turistas, hice una reunión en la plaza pública y les otorgué a todos un manual de preguntas y respuestas sobre él para que nadie se pusiera a inventar historias y le sacara más plata de lo permitido a la presencia del viejo, menos mal que me dice que han cumplido mis leyes, porque he escuchado que algunos vivos andan sacándole plata a los turistas a punta de apuestas y eso es ilegal, aprovechando la ocasión, si alguno intenta abusar así de usted no repare, venga derechito que ahí mismito lo pongo preso.
– ¿O sea que alguien debe saber la historia del ermitaño pero nadie se atreve a contarla para no caer preso?
– No catira, nadie sabe nada, es más, yo les hice un gran favor cuando les di la fórmula para responder…
– ¿Ni usted?
– Ni yo.
– Pero ese señor tiene que haber nacido en alguna parte, alguien lo debe tener registrado, alguien tiene que saber desde cuándo se sienta en esa piedra…
– Pues lo único que le puedo decir es que, desde que yo tengo memoria, ese señor se monta en esa dichosa piedra y nadie lo puede bajar de ahí, no le responde a nadie, nadie sabe dónde se mete durante el día y hace mucho tiempo que los pobladores se cansaron de intentar perseguirlo y acosarlo para saber por qué está ahí y de dónde sale…
– Pero, con todo respeto Erni, si ese señor ha estado ahí desde que usted tiene memoria, ¿no debería haber muerto ya?
– Señorita, no soy tan viejo como parezco, aún puedo echar un pié, si quiere se lo demuestro…
– Cualquier cosa menos ponerme a bailar con este viejo verde– No señor, ha estado muy rico todo pero ya debo irme, ¿podría pedirle un favor?
– Lo que usted quiera si me acompaña a cenar una de estas noches…
– Todo sea por el aire acondicionado – Con gusto señor Alcalde, lo que le quiero pedir es que me permita hablar con la persona más vieja del pueblo, o mejor dicho, que le permita contarme lo que pueda saber sobre el Ermitaño, tiene que coincidir conmigo en que alguien debe saber algo y ese puede ser el poblador más antiguo, ¿no cree?
– No creo, pero puede intentarlo si quiere. La persona más vieja es la bisabuela de la señora Noeria, la dueña de la botica, aunque le aviso que esa vieja ya no puede ni mantenerse despierta y nadie ni siquiera intenta hablarle.
– ¿Será que en este condenado pueblo no hay nadie con un nombre normal? – pensaba cada vez más sorprendida­– Bueno Erni, le agradezco mucho su tiempo, le avisaré cuando tenga la historia escrita.
– Nos vemos en estas noches, señorita, me debe una cena
– ¡Qué remedio me queda!

***

La señora Noeria parecía tan vieja que era difícil imaginar que su bisabuela estuviera viva y cuando la vio entendió por qué nadie intentaba hablar con ella, era una anciana flaquísima, con una larga trenza blanca que le llegaba a los pies y con los ojos tan llenos de arrugas que no se sabía cuando estaban cerrados y cuando abiertos. Estaba sentada en una mecedora al fondo de la botica, Andrea hizo un gran esfuerzo para no perder la voz ya que tenía que gritarle para que ella pudiera escucharla y aún tenía que hacer otro gran esfuerzo para entender lo que la vieja le decía, la falta de dientes no la dejaba pronunciar muy bien y, para más remate, a veces se quedaba dormida en mitad de una frase. Su bisnieta tampoco era de mucha ayuda porque también estaba medio sorda y no escuchaba ni entendía nada de lo que la bisabuela le decía, por lo tanto, ese día, Andrea exhausta y después de no lograr casi nada, sólo saber por boca de la señora Noeria que la anciana no hablaba desde que se había quedado viuda y que sólo intentaba hacerlo cuando se trataba del ermitaño, decidió dejarlo hasta ahí, descansar un poco antes de ir a esperar a que el viejo se sentara en la piedra y observarlo en la noche, quien sabe, tal vez hasta lograra hablar con él.

Esa noche se instaló con un paquete de cigarrillos, su libreta y un par de bolígrafos, dispuesta a pasar la noche entera observándolo y describiendo lo que hacía paso por paso, pero después de dos horas, casi la mitad de la cajetilla y un párrafo de no haber sucedido nada diferente a verlo llegar de atrás de las piedras y sentarse con la mirada perdida hacia el mar, sin mover un solo músculo del cuerpo, Andrea decidió intentar acercarse a él a ver si eso, aunque sea, le causaba sorpresa. Nada cambió. Ella estuvo como media hora intentando acercarse entre las resbalosas y peligrosas piedras y cuando estuvo a unos cinco metros de él, empezó a llamarle, pero sólo recibió una buena bañada de las olas que casi la hizo caer al mar. En vano recitó todos los nombres de hombre que se le ocurrieron con la vaga esperanza de que respondiera por alguno de ellos, – bueno, tomando en cuenta los nombres de la gente de este pueblo mejor ni sigo intentando con los nombres comunes – desistió y sólo se sentó lo más segura que pudo a esperar a que el viejo se fuera, a ver si por lo menos conseguía adivinar a dónde se dirigía durante el día, pero tampoco eso lo pudo resolver; le sucedió lo mismo que a todos los que lo habían intentado: la venció el sueño cinco minutos y cuando volvió en sí, ya el viejo no estaba.

***

Luego de una semana sin más luces sobre el ermitaño y sabiéndose ya casi todos los cuentos sobre los pobladores del pueblo, menos sobre él, Andrea estaba apunto de abandonar la historia y abocarse a escribir la denuncia sobre el Alcalde (que ya la tenía verde de tanta invitadera a almorzar o a cenar). Finalmente un niñito todo agitado la fue a buscar al cuartito que tenía alquilado en la posada, le dijo que la señora Noeria la mandaba a llamar urgente porque la bisabuela había pedido que “Andrea fuera para allá” – Menos mal que en este pueblo mi nombre no es común, si hubiera sido en la capital la fila de Andreas no tendría fin – pensó – y absolutamente fastidiada sabiendo que seguro perdería el tiempo como el primer día que la fue a ver, se preparó para acudir al llamado.

Cuando entró se sorprendió al ver a la vieja parada frente a la ventana, con su trenza recogida en un bonito moño, sonriendo nostálgicamente e invitándola con un gesto a que se sentara en su mecedora. Andrea, sin salir de su asombro, se sentó y la miró con los ojos llenos de intriga. Antes de que pronunciara alguna palabra, la vieja la miró y, sin abrir la boca, le dijo:

–Hoy va a llover…

Andrea comenzó a sentir miedo, esa no podía ser la misma anciana que había intentado entrevistar unos días atrás, además por más que le estaba viendo fijamente la cara cuando habló, podría jurar que no había movido los labios. No sabía muy bien qué hacer, esa mujer definitivamente no estaba hablando pero ella la escuchó claramente. Me estoy volviendo loca, definitivamente es mejor que escriba sobre el alcalde – pensaba mientras observaba a la vieja –. Repentinamente la bisabuela la miró a los ojos y le dijo:

– Por eso es que nadie sabe nada, el día que va a llover, el único día que puedo yo pararme de esa bendita mecedora y hablar, empiezan a pensar que están locos, o que yo estoy loca, o que soy un fantasma, o ¡qué se yo cuántas tonterías más! Y es que en este pueblo todos son tan brutos, hasta el alcalde de pacotilla ese, que no se dan cuenta de que cuando la vieja, de la que ni recuerdan el nombre, se para de la mecedora, es que va a llover y todavía siguen pensando que es imposible saber el día exacto…

Andrea no podía salir de su asombro, la vieja estaba perfectamente parada frente a ella, arreglada, lúcida y conversadora. Pero aún no se había dado cuenta de que realmente no hablaba, simplemente transmitía sus pensamientos y, con la misma agilidad, leía el de los otros – ¿Y ahora qué carrizo hago? – pensó Andrea…

– Mija ya le está tocando irse, ¡hasta se le está pegando la forma de hablar de esta gente! Y no tiene que hacer nadita, sólo escúcheme a ver si usted es la que puede hacer que ese viejo condenado se muerda el orgullo.

Ya Andrea empezaba a cuidarse de lo que estaba pensando, sintió que la vieja no estaba tan lúcida como le había parecido pero, como buena vieja de pueblo, tampoco se le escapaba nada. – ¿A qué viejo se estará refiriendo? –

– ¿A quién va a ser pues?, ¿usted no vino el otro día a preguntarme por él?, ¡estos muchachos de ahora no sé dónde tienen la cabeza! Yo que pensé que usted estaba realmente interesada, sino no la mando a llamar…

Como pudo, Andrea la interrumpió en sus pensamientos para disculparse y comenzó a recordar todo lo que había pasado para saber del ermitaño (bien concentrada en no recordar el episodio con la vieja para que no se le fuera a ofender) a ver si comprendía todo lo que estaba pasando.

– No mija, no se gaste en buscar disculpas, todos son igualitos, pregunta y preguntan pero cuando uno quiere darles respuestas se ponen brutos, pa’ más remate no me queda otra que decirle a usted, hoy es el único día que puedo echar el cuento y usted es la única que ha venido a preguntar por ese terco, a ver si atolondrá y todo como está me ayuda a que el condenao orgulloso ese se baje de esa piedra de una buena vez.

Entonces por fin alguien sabe de este bendito ermitaño, ojalá terminara de contarme la historia – pensó Andrea involuntariamente sin terminar de acostumbrarse a que la vieja le escuchara todo cuando le pasaba por la cabeza. –

– ¿No te digo yo?, ¡falta de respeto!, aunque parece que tan gafa no eres, porque de verdad ese viejo es un bendito condenao, y ya te cuento mijita, deja el desespero que tenemos toditico el día y yo quiero conversar mucho.

Andrea estaba que se comía los cigarrillos en vez de fumarlos pero se resignó a que la vieja tenía ganas de hablar. Toda vieja, cuando le toca sufrir la indiferencia del mundo, al llegar a cierta edad, en el momento que alguien se le ocurre sentarse a conversar, no lo sueltan más; así que después de largas horas escuchando todos los chismes que la venerable se tenía guardados del pueblo entero (es impresionante todo lo que una vieja guarda en la memoria tras tanto tiempo de indiferencia), Andrea pensó, otra vez involuntariamente: – mejor escribo sobre lo que esta vieja tiene en la memoria y ya está…–

– ¡No muchacha del carrizo!, usted escribe eso y medio pueblo me cae encima. Lo que usted tiene que hacer es contar que ese viejo que se pone en esa piedra no es más que un terco orgulloso que está esperando a que yo le vaya a pedir disculpas por haberme casado con su hermano y no con él, ¿pero qué carambas iba a saber yo que era su hermano, si eran igualiticos los condenaos? ¡Y quién lo manda pues! Ese viejo era tan flojo en sus años mozos que mandó al hermano pa’ la boda porque era muy temprano en la mañanita, el problema fue que el hermano se entusiasmó y mantuvo el engaño hasta la noche, hasta que el muy energúmeno, después de dormir todo el día, llegó a formar un escándalo y prometió que no hablaría más hasta que le pidiera disculpas por no haberme dado cuenta del cambio ni siquiera cuando conocí al hermanito más íntimamente (usté me entiende). Y pienso yo: ¿quién lo manda a flojo pues? Ahora está ahí, sentándose todas las noches sobre la piedra donde nos conocimos esperando a que yo vaya, pero antes no quería y ahora no puedo, y como parece que ese viejo todavía tiene fuerzas para encaramarse ahí, pues quiero que le diga que use las mismas fuerzas pa’ matar ese orgullo y que venga de una vez a buscarme, que si yo lo pude perdonar se deje de pendejadas (con el perdón de la palabrita), que ya está bueno ya, y que es hora de que nos vayamos, que le mando a decir que la muerte no lo ha venido a buscar nada más porque ni Ella aguantaría un viejo tan testarudo y yo ya estoy cansada de devolverla explicándole que no me puedo morir hasta que el “señorito” no me perdone. ¿Me va a hacer usté ese favorcito mijitica linda?.

***

“El Ermitano del mar” terminó siendo uno de los libros más leídos. Andrea se convirtió, sin esperarlo, en una escritora reconocida y respetada. Las gentes de Marebo, en donde finalmente estableció su residencia después de que milagrosamente el pueblo se volviera un lugar fresco, donde llovía por temporadas (como en todos lados), la nombraron “heroína honoraria del pueblo”, siempre le agradecieron haber hecho de Marebo el centro turístico más visitado de la costa del país y ser la responsable de sacar a ese inútil alcalde, además de descubrir la verdadera historia del Ermitaño y ¿quién podría pensarlo? Su vínculo con la bisabuela de Noeria, a quienes no se les vio más desde ese día. Sin embargo, lo que más le agradecieron en Marebo fue haber conseguido que todos en el pueblo pudieran tener un aire acondicionado propio (otorgado por el Estado) y haber logrado que el dueño del restauracito desistiera de su horrible pasticho con pescado.

Enferma de odio


Estoy triste, muy triste, no lo puedo negar
porque no sé qué tengo
no sé qué me lo ocasiona
no sé qué de tanto me está quitando el aire de mis pulmones
y me está sacando lágrimas de mis ojos.
Odio estar deprimida
odio estar tan pesimista
odio estar encerrada
y odio no terminar de curarme
pero sobre todo odio que mis letras no fluyan para sanarme
y odio no tener los brazos de mis padres para apretarme
y vomitar palabras sin sentido
y no tener ese árbol siempre verde al asomarme a la ventana...


Odio no encontrar los brazos del Ávila abrazando mi ciudad y mi pecho
odio no poder ponerme mi ropa fresquita aunque esté enferma
odio no encontrar rastros de ese clima cálido que siempre me mantuvo brillando...


Odio quejarme de lo que escogí
odio quejarme de la belleza que me rodea, de la amable ciudad, de la amable gente
odio estar tan feliz aquí y al mismo tiempo tan triste porque nunca nada pueda ser completo
odio que en mi vida nada termine de estar completo.


Odio tantas cosas que creo que tanto odio se me instaló en el pecho
es eso lo que no me deja respirar
lo que me hace toser
lo que me acumula nudos en la garganta que tal vez sólo yo confundo con llanto.


Y quiero ya ver el sol, ser luz, payasear en casa, joder y que me regañen,
pensar en tonterías y no preocuparme de poder respirar el próximo minuto sin tanto miedo.


Ya sé lo que tanto odio
hasta puedo saber cómo curarlo
¿por qué entonces no me deja la opresión en el pecho?



S.
8 de junio de 2007

martes, 5 de junio de 2007

Tras la partida... padre

Confío padre
Confío en la esperanza que me enseñaste
Confío en la fuerza que me brindaste
Confío en la honestidad que me sembraste
Confío padre
En lo hermoso de ser tu hija
Confío en el amor infinito depositado en tu alma
Confío en que eres ser humano
… y no Dios…
(y no sabes cómo lo agradezco)
Confío en ser libre y pura
Confío en ser fuerte e independiente
Confío en que quiero confiarte
Que necesito confiar
Para demostrarme bajo tu experimento antiguo
Que puedo, como tú puedes y siempre has podido
Confío padre en tu eterna sonrisa
Confío en tus lágrimas siempre emocionadas
Confío en tu confianza en mí
Confío en tu alma… hazme sonreír.


9 de marzo 2006.

Tras la partida... madre

Pertúrbate madre
En el conocimiento sorpresivo de ésta tu hija
Pertúrbate
Que quiero perturbarte
Primero a ti que a nadie
Pertúrbate madre que cuando lo hice yo contigo
Fue cuando más aprendí a amarte
Pertúrbate conmigo de mí misma
Acompañándome como siempre
En la sorpresa
(bendita sorpresa diaria)
Que nos sigue llenando de alma
De ésta nuestra alma que perturba
Perturbemos madre,
El camino nunca deja de empezar
Para sorprendernos siempre
Del tormento y la dicha
De entender tanto la vida…


9 de marzo de 2007

Una vez te dije...

No sé qué me pasa pero lo más claro que tengo es que no puedo escribir, dentro de mí se operan cosas que me detienen la imaginación, la conciencia, la placidez y la satisfacción. Quiero decir mil cosas seguramente pero tampoco puedo dilucidar cada una de ellas como para poder plasmarlas de cualquier forma. Amo, amo como jamás había amado, debería estar plena, ahogada de metáforas, frases, puntos y comas sin descanso; debería tener la fórmula correcta y exacta para decirte cómo es esto de vivir un sueño siempre esperado, siempre ahogado en mi pecho… pero es insuficiente hasta el esfuerzo por explotarme la mina de oro que se supone que tendría que haber en mí.

Quiero darte hasta lo que no soy capaz de dar y por eso aún así te pongo una letrita al lado de la otra intentando dejarme fluir el alma… me pregunto si será que finalmente me fusioné de tal manera que no es posible que deje fluir algo que ya no es mío totalmente… me pregunto si es que el corazón se me salió del pecho y ahora late bajo el tuyo con tal fuerza que me dejó a mí sin ellas… me pregunto si estoy enferma incurable de ti y tendré que acostumbrarme a que me predigas, te me adelantes, me sepas, me vivas, me hagas existir… me pregunto si es por eso que tus letras me hacen sentir más orgullosa que las mías, me pregunto si será por esa razón que no me importa si camino mientras tú seas quien avance, me pregunto si es que alguien cometió un error en los archivos del destino normal de un ser humano y me hizo llegar a mi ansiado objetivo tan temprano y por ello ya no hay más camino que mantenerte, que estar a tu lado, que disfrutarte, que felicitarme y retozar yo misma en la plenitud de haberte encontrado.

Mil preguntas que ni siquiera ameritan respuesta para mí, mil cuestionamientos que simplemente me piden a gritos ser lo mejor que pueda para hacerte feliz, más nada que eso ¿correcto? No lo sé, ¿trasluzco la muerte del orgullo propio? Tal vez, pero no me importa, no me preocupa siquiera… no te diré que no sé qué me has hecho, porque lo sé y me encanta además, porque sé que no fuiste tú solamente, que yo misma me di el espaldarazo final al dejarme vivirte y romper con todo lo posible, con todos los escollos, con todos los caminos torcidos y fue el mejor regalo que me di, el mejor reconocimiento, el más pleno refugio…

Creo que alguna vez te lo dije pero no me importa repetírtelo, nunca se trató de elecciones, sabía, supe siempre, que no había que elegir apenas vi un mensaje encabezado por tu nombre, ése que tú escogiste para picotearme el alma y robarme mi primer beso de sangre… no sé si te diste cuenta de un detalle, ya viejo pero siempre presente: en mi relato “Entrega de sangre” dije algo así como que no hay entrega más profunda que la entrega de la sangre, y es que para mí lo más erótico, lo más lleno de amor lo llevamos en el fluido vital que nos recorre enteros y por ello no podemos escapar; entenderás entonces qué puede significar para mí un beso de sangre, lo que significaba que aún sin haberme confesado amándote, sin habérmelo confesado tú, yo te lo haya ofrecido como la mejor manera de gritar que a ti te entregaba todo, te hacía el más profundo regalo, te daba la entrega de mi sangre.

No quiero divagar, no quiero recurrir al pasado para describir el presente, ni siquiera quisiera recurrir a palabras ya usadas porque deseo renovarme cada día y a cada instante, pero coño, el lenguaje se me hace corto, tomo a Babel como mi peor castigo y declaro inútil la palabra desde que te conozco y te vivo… y es que a pesar de supuestamente vivir de las letras y haberlas escogido no encuentro otro verbo que no seas tú ni otro sustantivo que no me una inexorablemente a tu respirar.

Vale un te amo inútil en esta boca también inútil entonces, vale un soy tuya repetido mil veces pero nunca con tanta convicción, vale un siempre más que por lo menos nos deja lo transitivo del tiempo que se nos sume cada instante… vale que seas yo y adivines, percibas y respires cómo cada mirada puede terminar esta tonta e inútil carta que una vez más fracasó en intentar describir lo indescriptible que es amarte.


30 de abril de 2007.

Extranjera




Suena el reloj y comienzo a abrir mis ojos, es apenas un intento, un asomo de voluntad y miedo…

Pero sus voces me dan la calma, están a mi lado, me acompañan como siempre y nada de lo que soñé realmente ha pasado, la casa huele a tostadas recién hechas, dulce de guayaba y cafecito recién colado… mmmm aspiro y me siento como el gato de los dibujos animados, levantado por el aire apenas siguiendo la estela del olor a comida. Estoy sentada frente a ellos y les cuento el terrible sueño que tuve anoche.

Había partido lejos, con una maleta apenas que en nada contenía ni mi ropa completa, ni todos mis libros, ni mis fotos, ni mi historia… sin destino cierto me iba a buscar un rumbo que no entendía donde estaba, pero parecía estar a la distancia y, sin pensar, tomaba lo poco que me dejaba el fantasma del sobrepeso aéreo, el pasaje y a volar. No miraba hacia atrás, el valor no me daba para enfrentarme a sus caras de tristeza ni la fuerza para tener la poca compasión de disimularle mis lágrimas.

Todo esto se los cuento con un nudo en la garganta, como gran narradora que soy, sintiendo profundamente lo que digo, pero nada me evita tragar el pan recién mojado en el café con leche, que, primero muerta que sencilla, nadie puede despreciar ese rico desayuno familiar de todos los días y tampoco es para tanto, al fin de cuentas es apenas un sueño feo; pero la cosa no quedaba ahí.

Además soñaba que me entregaba a todos mis vicios, los peores, que nunca fueron los evidentes de drogas, alcohol o ludopatía demasiado publicitados para mí, eran otros, flojera, desidia, depresión por deporte y esas cosas, suficientemente aburrida y “original” como para ni siquiera caer en algo que me produjera reales problemas. Tenía una imagen tan terrible de mí misma en ese sueño que me causaba vergüenza y desconsuelo porque ¿y al final? ¿Para qué tanta cosa de aguantar llorar en el aeropuerto? ¿para qué dejarlos si iba a terminar en nada?

Mi mamá asiente, no se puede estar otra cosa que de acuerdo conmigo, como siempre, no solamente soy buena narradora sino excelente argumentando, mi papá se ríe un tanto incrédulo, su hija perfecta jamás sería tan gris, para él no es más que exageración mía; al final nos reímos y levantamos la mesa, es hora de que cada quien se vaya a trabajar, bueno, ellos a trabajar, yo a estudiar, mi futuro es prometedor en la carrera que escogí con las habilidades que tengo para la fabulación… apenas tengo 20 años…

¿20 años? Termino de abrir los ojos. El reloj sigue sonando desesperado, marca las 7 en punto de otro país y 29 años en mi cuerpo, ellos seguro aún duermen. Dejo a mis pupilas clavarse en esta ventana de marcos diferentes, a mis oídos escuchar las noticias de otro lugar, mi nariz condenada a no sentir olor a cafecito recién colado sino este extraño olor de las casas “de fuera” y mi voz decirle buenos días a mi gata en el acento propio de la extranjera que soy… en fin, a levantarse, el pasado se fue, sólo queda olvidar…
3 de marzo de 2007.