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domingo, 9 de diciembre de 2007

Vértigo urbano


Cuando salgo en la noche a pasear a mi perra y un mendigo camina muy cerca, buscando desesperadamente colillas de cigarros en alguna maceta, me embarga el miedo. Me pregunto "¿debería tener miedo?". Maquinalmente me asaltan dos inútiles respuestas que no sirven de nada. La primera: "Sí, debes tenerlo, porque ese hombre, si quiere, te hará daño a ti y a tu perra, porque estos seres no sufren el miedo, viven de él, y por eso se abalanzará sobre ti, sin importarle cuán grande sea tu perra, buscando en tu bolsillo un cigarrillo completo". Pero también veo a mi perra tranquila y sé, además, que tengo una caja de cigarrillos completa, me embiste entonces la segunda respuesta: "No, no debes temerle, porque tu perra está tranquila, porque, si tienes veinte cigarrillos, con sólo darle uno, no tendrías ningún otro problema y porque ese hombre seguro sigue buscando en la maceta sin ni siquiera saber que tú fumas". Sin embargo, el miedo persiste en mí y para arrancármelo de una vez por todas, decido devolverme a darle ese cigarrillo que él no me ha pedido. Pero, finalmente, al volver la mirada y buscarlo, el mendigo ya se está alejando comiendo un trozo de pan que ha encontrado y no me escucha cuando corro tras él, llamándolo, con un cigarrillo en la mano y mi perra jadeando y ladrando, excitada por mi propio miedo, y desesperada por volver a casa.

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