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domingo, 9 de diciembre de 2007

Diez minutos

Diez minutos tan sólo. Tan sólo diez minutos".

Tu voz me hace presa, me dejo cazar; me llevas, me traes, dominas y me dejo dominar. Cierro los ojos y aquí estás, tú entre mis piernas, tu respiración que se acelera, tu cuerpo que se crece con mis manos; te siento temblar y tiemblo. Mi piel arde. Tu voz tan cerca de mi oído, me invade. Me siento poseída y me abandono. De nuevo mis manos acariciando y tú gimes al oírme, gimes con fuerza. Te nombro. Un hilo sonoro que pugna por escapar a tu oído y un te amo convertido en cantinela. Explotas en un resoplido, grito por lo bajo mi orgasmo para ti. Óyelo, soy tuya, tuya... En esta vida el pacto, en la otra nos buscamos.


"Hasta el próximo latido".


"Hasta que mi alma renazca de nuevo con tu voz".


Cuelgo el teléfono, aparto la almohada que abrazaba, mi mano húmeda aún entre mis piernas y yo, agitada y sorprendida, intento reírme de la distancia y del destino y susurro, con la lágrima mordida entre los párpados: "Hasta los próximos diez minutos, mi amor. Diez minutos tan sólo. Tan sólo diez minutos".

Piel de manzana

"A esa muchacha que fue "Piel de Manzana"
se le quebró el corazón de porcelana,
se le bebieron de un trago la sonrisa.
La primavera con ella tuvo prisa"
Joan Manuel Serrat



Ahí estaba ella, quitándose el maquillaje y la juventud al mismo tiempo frente al espejo. La sombra negra alrededor de sus ojos daba la impresión de mil años llorados, de mil historias fracasadas, de mil soledades... ¡pero eran tan pocos los años para sus deseos nunca marchitos!.
Se encontraba frente al espejo intentando reconocer, entre las arrugas y la oscuridad de su cuarto, a aquella muchacha que seguía revoloteando en sus recuerdos y su pecho, aquella que enloquecía a los muchachos del barrio, aquella que se dejó morder todas las veces. ¡Y allí estaba!, ¡sí, era ella!; bella, lozana, alegre. ¿Nadie la ve?, ¿cómo pueden ser tan ciegos?. Era ella, la bella, la dulce fruta que todos querían comer; su piel seguía siendo lisa y blanca, sus senos redondos y provocativos ¡qué provocativos!. Ella los pellizca y se da cuenta que las hormonas siguen allí también, intactas. Reacciona su entrepierna, aún se humedece y aún la quiere acariciar; sigue suave, sigue lista, sigue ardiente.



El espejo le devuelve la imagen de su viejo recuerdo. "¡Qué viva estás Piel de Manzana!, ¡envidien ciegos! ¡envidien mis manos que ahora son mis dueñas!" susurra, ahogando lágrimas, mientras acaricia sus senos desnudos con una mano y la otra sube y baja suavemente en el sexo sin canas de su recuerdo. Ahí está el placer, ahí sube de nuevo la explosión desde su vientre, ahí el temblor, ahí sus mejillas de nuevo enrojecidas y el recuerdo del primer hombre que le dijo "mírate, tu rostro refleja la piel de una manzana dulce y madura". ¡Já!, madura. Madura refleja cruel el espejo su imagen ahora, aparecen las canas, las arrugas, el maquillaje escurrido y la soledad del corazón de la manzana, que, luego de expuesto tras cada dentellada hambrienta, queda olvidado en la basura o, ahora, en esa habitación oscura de un pueblo cualquiera olvidado en el tiempo.

Perversos



Desvístete...


Adrián alucinaba, tanta vida, tantos momentos, tanta búsqueda. Navegó por los lugares más oscuros, quebró su cuerpo, atentó contra su alma. Sexo desmedido, drogas, consecuencias... todo sin respuestas, sin su respuesta. Y luego el vacío, el inevitable vacío de las búsquedas equivocadas. Y la desesperanza. El arma decidida en su regazo y un último grito "Se cae la luna, te miro a los ojos, y sonríes. Ahora, todo es oscuridad, y adiós." Pero ella respondió, ella le dio su respuesta, detuvo la bala, llenó el vacío.


¿Quieres que la desvista para ti?


Y en su mirada el odio, profundo odio... y el amor... Eran dos felinos, panteras que todos temen; esa mirada de fuego de una, de noche cerrada del otro, profundas, inesperadas; esos movimientos que a todos sorprenden, ese enigma que siempre representaban. Los dos se reían de ser los descritos en los cuentos de hadas como "malignos", y todo por no ser comprendidos, todo por ser de los pocos honestos que simplemente aceptan lo de animales que todos llevamos dentro. Sí, son bestias, también son esas bestias que se pasean por sus instintos perversos, que disfrutan de todas las pasiones. Y su amor es verdadero, tan verdadero como su odio.


Ella se lo demostró esa noche.


Se citaron en su morada. Ella demoró más de lo normal. Quince minutos, media hora, una hora... Adrián comenzaba a desesperarse cuando sonó la puerta. Extraño, ella no golpea.


¿Adrián...?


¿Quién eres tú?


Virginal, cabello rubio cayéndole hasta los hombros, ojos celestes, palidez nívea, labios carmesí. Un ángel claro, limpio, puro y asustado. Vestido blanco, abotonado al frente, de falda vaporosa, un tanto ceñido al torso, sin mangas; corto, dejando ver unas piernas delgadas, también níveas, y descalza... la chica venía descalza.


Justo detrás de ella, en el pasillo, apareció su pantera, la antítesis de la presente imagen frente a él; bronceado canela, ojos verde-amarillos centellantes, cabello negro hasta los glúteos, delgada, piernas torneadas. Vestido negro ceñido, largo hasta los tobillos, enmarcando sus curvas. Nunca la había visto así, con esa sonrisa perversa y esa expresión en su cara. Y en su mano derecha, guindando, estaban las sandalias blancas de la chica. ¿Qué se proponía?.


Ella es Mara, Adrián, y quiere saber lo que es intensidad...


Y su sonrisa, cínica y triste, de vuelta al rostro mientras la hacía pasar bajo la mirada sorprendida y complacida de Adrián. Había pensado mostrarle esa noche qué tanto guardaba por dentro, qué era lo que ella llamaba "Oscuridades" y que él tanto deseaba descubrir; y como quiera que cuando uno decide algo con fuerza, todo parece moverse para así lograrlo, la vio sentada en ese banco de plaza, preciosa chica desconsolada; la imagen del abandono, del adiós, del despecho. Su misma imagen de hace tanto tiempo, de aquella que aún tenía esperanzas y por eso lloraba sus lágrimas ante todos, para ser vista, para ser consolada. Lo decidió. Esta chica sí tendría consuelo, la tendría a ella. Le ahorraría las dudas en la búsqueda, le ahorraría los caminos equivocados, se la ofrecería a Adrián, su Adrián.


Una tentadora charla, una mirada comprensiva y cazadora, una sonrisa triste, un odio compartido por quien osara dañarla y la seducción estaba completa. En eso, Ximena era ya una experta.


¿Estás segura ángel?, el camino de las negruras no tiene regreso


Permíteme demostrarme que soy más que una cara de ángel...


Ok. Bajo mis reglas hoy, Mara. Hoy y nunca más. Comienzas el camino, luego seguirás sola. ¿Un consejo?, corre a tiempo, si tienes miedo, corre a tiempo. Ahora acompáñame.


La mano extendida, ángel de aura negra frente a ella, serpiente tentadora y esa mirada de fuego, la irresistible mirada de fuego.


Desvístete, Adrián


Y Adrián sonriendo, malévolo, y pensando "ahora entiendo tu juego"; dirigiéndose a la cama y sentándose en el borde, apenas deshaciéndose del pantalón solamente.


¿Quieres que la desvista para ti?, está asustada, cáptalo en su mirada, huele su miedo. No debes tenerlo chiquilla, no debes tenerlo.


Y la pantera que se le acerca, su respiración se detiene por un instante. Ahí el dedo índice de Ximena posándose en su hombro pálido, haciendo una línea transversal que la cruza hasta el otro hombro, mientras la rodea y hace medio giro hasta posarse a sus espaldas. Lacerante el calor que emana, ¡cuánta energía la de esta mujer!, ¡qué atractiva era!. Y ella que nunca se imaginó a sí misma así, dominada por ese malévolo hechizo.


El perverso mirándolas fijamente, manos apoyadas tras su espalda sobre la cama, una pierna levemente cruzada sobre la otra, el bulto bajo su slip, su mirada fija, entre las dos pieles. Y la respiración pausada y segura de la perversa, su mano posada en su hombro y su aliento en el cuello. "Relájate, entrégate". Los labios ardientes marcando camino en la curva de su hombro y una navaja en su otra mano. Mara abriendo su vestido lentamente, un botón, dos, tres... La mano de la perversa que la detiene con la navaja, la mirada posada sobre el perverso, como la suya, y la navaja alojándose bajo el cuarto botón, presionando hacia arriba. Un salto blanco cayendo al suelo, otro salto... y final. Apenas alcanzar a ver cómo a su lado la perversa coloca la navaja entre sus dientes y con sus manos libres hala la tela abierta hacia atrás. Tela blanca rozando piel de alabastro en caída, manos mestizas que dibujan su cuerpo en el descenso; la nariz de la perversa en su espalda, su cintura, y el filo de la navaja, helado, rozando la piel desde sus dientes. Centelleante escalofrío.


Desvísteme tú, usa la navaja.


Carcajeo seco de la pantera. Mirada de odio que clava sobre él.


Lo disfrutas ¿verdad?. Disfrutas que te traiga una presa y vea tu deseo...


Tanto como tú, Ximena, tanto como lo disfrutas tú.


Mara, toma esa silla, colócate frente a él, deja tu deseo surgir. No te quites el sujetador.


La chiquilla obedeciendo, la piel de su pecho ya enrojecida. Se desnuda a medias, se sienta frente a él y observa. Ojos de fuego que se acercan al perverso; cuatro ojos encendidos que lo observan de frente, llamas celestes de gas voluble, llamas amarillas de madera ardida. Y Ximena a gatas tras él en la cama, mano con la navaja metiéndose por el cuello y el filo que sale frente a ella. Brillo de plata en medio de tela negra abriéndose camino hacia arriba. De nuevo el filo entre los dientes blancos de ella y las manos en garfios rasgando con odio su dolor y su amor en el gesto. Placer al verlos, oscuros seres y ella invadida de deseo de ellos. Sus dedos que se pierden en su entrepierna, espasmo en el primer contacto. El perverso le sonríe. Sí, le gusta, a él le gusta.
Ximena desliza ahora la navaja que ha tomado de sus labios por un costado del torso de Adrián, qué hermoso espectáculo. Ella de rodillas, piernas abiertas tras él, la falda con sus aberturas laterales estiradas al máximo, sus piernas bronceadas, fuertes, rodeando la belleza del perverso, como un marco. Sus rostros, uno al lado del otro, ahora cuatro ojos sobre ella; fuego, negro. La navaja bajo un lado del slip y el corte certero. Suave gemido del ángel oscuro confundido con su propio gemido. Mano izquierda enlazándose en la tela rota y mano derecha cortando el otro costado. Y la voz de Ximena, amenazante rompiendo la música de sus suaves suspiros.


Nunca los labios, Mara, no oses tocar sus labios con los tuyos.


Mara asiente, entiende. El perverso sonríe. Ximena odia. Busca los labios del perverso, la lengua que apenas los roza en el medio y ella que se aleja de él. Luego frente a ella, la misma lengua que abre su boca y lame una sola vez.


Pruébalo. Sólo así y sólo ahora.


De nuevo tras ella, ya sin devaneos. Navaja bajo el sujetador, justo en el medio, en el centro de sus pechos, y el último corte. Su piel ardiendo se enrojece entera, sus mejillas, expresión de lujuria y Ximena de nuevo que se aleja.


La ve sentarse en una poltrona negra, al extremo de la habitación. La navaja en el regazo, las piernas cruzadas, sus manos entrelazadas frente a su rostro, los pulgares reposando en el mentón y su mirada fija, sobre los dos. Orden silenciosa. Es hora.


Adrián extendiendo su mano. Fuerte dejavù. "El camino de las negruras no tiene regreso". Ella la toma, se acerca, se arrodilla ante el ángel oscuro, besa su abdomen, sus manos acarician sus caderas.


Aráñalo...


Vago intento, sus uñas apenas aprietan. Él sonríe viendo a su amada.


Nadie como tú...


Ximena se levanta, posa sus manos en las de ella, "Las uñas, clávalas". Su fuerza es irresistible. Las uñas clavadas y, en firme presión, la perversa desciende con sus manos sobre las de Mara. Gemido de placer. Adrián se complace. "Te amo" en masculino, "Te odio" en femenino. Y las manos de Mara abandonadas mientras la perversa, de nuevo, se aleja.


Guíala Adrián. Guíala con tu sexo en su boca.


Mara besando el glande, Adrián enlazando sus manos en rubios cabellos, bridas dirigidas al galope y embestidas bestiales. Mara abriendo surcos en sus caderas, carmesí brillando tímido en la piel también blanca del perverso.


Perra, me lastimas.


Y más fuerte las embestidas, más rostros desdibujados de deseo.


No acabes en su boca...


La chiquilla, posesa, levantándose. Apenas viendo de nuevo la imagen de Ximena en el sillón oscuro que la abraza. Adrián sentado en la cama, con la espalda sobre la pared, en ángulo recto, frente a ella, que observa, apenas observa. El perverso haciendo de sus manos garras posadas en los suaves glúteos de ella y sentándola sobre sí fieramente. Qué hermoso espectáculo. Nívea inocencia arqueada sobre el corrupto. Mentón apuntando al cielo, cabellos rubios abandonados en la espalda blanca. Los ojos del perverso, negros, lascivos, observando a su amada. Ximena que se muerde los labios, sonríe de lado.


Esto soy perverso. Esto también soy mi amado. Muérdelo Mara, le gusta que le muerdan.
Mara ya no tiene dudas, sólo tiene ansias. Lo muerde fuertemente en el hombro y Adrián gime de dolor y lujuria. Ximena sabe desatar a su bestia oscura y él se abandona a al desenfreno de su locura. Su mano rodea el cuello de Mara, aprieta, embiste; fuerte, cada vez más fuerte. Y la mira, mira a su amada también entregada, con su paciente observación, también está entregada. Mara se defiende, más fuerte lo muerde, más fuerte la mano la ahorca. Abre sus labios, busca aire, él embiste y sigue apretando. Placer en la línea de la muerte. Sin aire, pero el cuerpo igual reaccionando, se aprietan todos sus músculos, el sexo de él ahorcado por ella también en la tensión de su cuerpo. Placer en la línea de la muerte, las manos de ella golpeando su pecho, arañando fuerte y él gimiendo, y embistiendo.


Maldito, no la mates...


La navaja en su cuello, el filo clavado bajo el mentón, mirada de odio y excitación. Su cuerpo estalla en un fuego que lo recorre desde su espalda y sale libre de su sexo dentro de Mara. La chiquilla, con el rostro ya azulado, es liberada y, en la aspiración de la búsqueda de aire del ahogado, también su placer estalla. Loca se mueve sobre él. Loca grita y tiembla. Loca cae sobre su cuerpo, desmayada.


Despierta para verlos besándose, ella entre los dos cuerpos, la navaja aún en el cuello de él. Los senos de Ximena en su espalda, el sudor de Adrián en su pecho y ella aterrada. Los empuja, los maldice; ellos ríen y ella corre buscando sus ropas en el suelo. No la persiguen, apenas ve sus ojos, negro, fuego, y en su beso de odio la más profunda entrega. Se aman.


***


¿Estás segura ángel?, el camino de las negruras no tiene regreso.


Estoy segura. Pero no me has dicho tu nombre.


La mano extendida, piel blanca bajo tela negra, ojos de fuego azul centellando en medio de la noche.


Mara, mi nombre es Mara...

Vértigo urbano


Cuando salgo en la noche a pasear a mi perra y un mendigo camina muy cerca, buscando desesperadamente colillas de cigarros en alguna maceta, me embarga el miedo. Me pregunto "¿debería tener miedo?". Maquinalmente me asaltan dos inútiles respuestas que no sirven de nada. La primera: "Sí, debes tenerlo, porque ese hombre, si quiere, te hará daño a ti y a tu perra, porque estos seres no sufren el miedo, viven de él, y por eso se abalanzará sobre ti, sin importarle cuán grande sea tu perra, buscando en tu bolsillo un cigarrillo completo". Pero también veo a mi perra tranquila y sé, además, que tengo una caja de cigarrillos completa, me embiste entonces la segunda respuesta: "No, no debes temerle, porque tu perra está tranquila, porque, si tienes veinte cigarrillos, con sólo darle uno, no tendrías ningún otro problema y porque ese hombre seguro sigue buscando en la maceta sin ni siquiera saber que tú fumas". Sin embargo, el miedo persiste en mí y para arrancármelo de una vez por todas, decido devolverme a darle ese cigarrillo que él no me ha pedido. Pero, finalmente, al volver la mirada y buscarlo, el mendigo ya se está alejando comiendo un trozo de pan que ha encontrado y no me escucha cuando corro tras él, llamándolo, con un cigarrillo en la mano y mi perra jadeando y ladrando, excitada por mi propio miedo, y desesperada por volver a casa.

... Huele a sexo ...


Se encuentran en el pasillo, tropiezan. Ella lo mira, se embarga de su estampa. Él la observa, explota la imagen de su cuerpo en la mirada.


... huele a sexo...


Eje de miradas marcando el centro y ellos girando en opuesta dirección. Toro y matador, banderillas en mano. Observándose, midiéndose.


... huele a sexo...


Los contrincantes se tocan, electricidad en las yemas, atracción instantánea. Círculo ahora punto, y ellos, se besan.


... huele a sexo...


Cornadas de lenguas, espadas las manos clavadas en espaldas sedientas. Ataque fulminante, entrepiernas despiertas.


... huele a sexo...


Punto ahora línea estampada en pared, sus cuerpos se aprietan. Manos mojándose en femenino jugo; dureza palpitante en los roces de ella.


... huele a sexo...


Se abren los espacios, él en sus adentros. Pieles fundidas, húmedos roces, se parten distancias. Embisten sedientos, el tiempo se rompe.


... huele a sexo...


Estallan las lenguas, estallan los sexos. Tiembla el espacio, se derrama el tiempo. Ella es su estampa, él es su deseo.


... huele a sexo...


Regresa la imagen, el punto, el círculo, el eje y el pasillo. Ella en él, él en ella, se llevan el momento, se abre la distancia, se miran las espaldas y caminan.


... y en el ambiente dejan el aroma, el olor del último instante y huele, huele a sexo...

Entrega de Sangre



(Recomiendo leer el relato escuchando "Le Roi est mort, Vive le Roi!" de Enigma, las canciones utilizadas pertenecen a este CD)


Mis pasos fueron guiados a ese bar oscuro, caminaba sin rumbo, sin ganas, cansado ya de buscar libertades que no existen, harto de la vida y de siempre querer algo más de ella sin saber qué; pero es que ella, la vida, otorga cuando quiere y yo ya estaba hasta el cuello de esperarla, de no ser yo quien decidiera.
Entré llevado por la música que salía desde la puerta; suave, con baladros afinados, profundos; una música hipnótica como el halo que emanaba el antro, cada son marcando un latido, un paso, y todos hacia adentro, todos impulsándome hacia ella.


Ella...


Había mucha gente, toda oscura, toda bajo luces imperceptibles, como brillando oscuramente con luz propia, pero nadie brillando como ella en el medio de esa improvisada pista. La música la acompañaba, no al contrario; no, era ella quien la marcaba, la música sonaba al ritmo de su cadencioso movimiento, culebra en pie serpenteando hacia el cielo; sus ojos cerrados, sus brazos bailando estirados hacia el techo. Entregada de un lado al otro y posesa, ajena; ajena a todos menos a mí.


Abrió los ojos para verme, estoy seguro hoy de ello, me sintió como un felino a su presa. Su mirada negra, sobrenatural, la sentí como si tocara cada palmo que recorría de mi rostro y mi cuerpo, juro que sus ojos acariciaron mis cabellos, mis mejillas, mis labios, mi cuello... para luego herir los míos y clavar directo sus dagas negras en ellos. Me sentí poseído, envenenado de ella, envenenado para siempre, literalmente para siempre.


Su energía emanaba pura fuerza y puro dolor, inevitablemente me atraía todo eso, me impulsaban las ganas de acompañar su baile, de entregarme a su oscura aura, de dejarme poseer por su llamado, porque me estaba llamando, sé que me estaba esperando, sé que era yo, irremediablemente yo, quien podría curarla... ¡ja!, curarla, hoy sé que buscaba mi propia cura y que seres como nosotros no tenemos antídoto para liberarnos, más que el sol, ese que tanto detestamos.


***


Ennegrecí su mundo, quise negarme a mí misma que los seres como yo siguen la noche y se espantan con la luz, pero ¡qué atractivos resultamos!. Esas purezas, esos sencillos seres que creen en la felicidad, que creen que siempre hay algo más, que creen en amores dulces hasta la muerte y que andan por la vida iluminando con sus indelebles sonrisas, siempre terminan fascinados por nuestras penumbras. Y nosotros, los de los callejones, los de eternas tumbas en rincones, los iluminados a medias por sonrisas y luces perversas, siempre intentamos salvarlos de nosotros mismos... pero luego de respirar nuestro ensoñador aire venenoso, no nos dejan.


Intenté explicarle que el amor eterno que concibo es ese de una sola noche, a lo sumo de una pequeña temporada; que es eterno cuando trágico, que marca en el alma solamente cuando hiere. ¿Qué marca indeleble no es ocasionada por una profunda herida?, ¿no te dolió el amor? Pues no fue amor, punto. Pero el que yo ofrezco duele más, quise hacerle entender que yo no podía quedarme a su vera, quise hacerle entender lo inentendible; pero me atrapó su pureza como una vez "Aquél" me atrapó en una eterna noche, negra, siempre negra.


Y llegó, llegó a la cita nunca antes pactada. Una noche más en el bar, donde siempre me presentaba a cazar vidas y a reunirme de vez en cuando con otros parásitos como yo; otros que también han soportado tantos siglos y que por ello también andan tan solos: los nuevos nos temen, los mortales nos odian y somos perseguidos hasta cansarnos, hasta no tener más remedio que buscar el sol o esta soledad, esta eterna soledad que hoy sigue siendo mi más fiel compañía.
Sentí el olor de la derrota, ese olor inconfundible que nos caracteriza y nos marca como las mejores víctimas. Su aura, potentemente desesperada, me golpeó al cruzar la puerta y me sacó súbitamente de mis recuerdos, de los hermosos recuerdos de mi no-vida con "Aquél", cuando bailábamos apuntando al cielo, cuando se deleitaba con mi piel y mi sangre, cuando me pedía que nos entregáramos a nuestro mundo "que el de afuera no alcanza".


Recordaba cómo me alzaba en el aire aquel maestro de caricias y besaba mis carnes, recordaba como siempre todo comenzaba en un baile, nuestro baile; suavemente mecidos de un lado al otro mientras dejábamos a nuestros cuerpos rozarse de manera imperceptible, mis nalgas alternadamente tocando su pene bajo el pantalón, mi cabeza hacia atrás, posada en su hombro, y su aliento gélido en mi cuello estirado; mis manos engarfiadas en sus caderas siguiendo los movimientos, sus manos en mis senos masajeando con el ritmo de esa música que eternamente sonaba en nuestras mentes. Y su mordida. Esa firme y suave mordida que me embargaba de placer mientras sus dedos penetraban en mi sexo y mis manos rasgaban la tela que cubría el suyo. Volábamos así, juntos, siempre entregados en cuerpo y sangre, los orgasmos son poco para lo que significa entregarse así... ¡cómo lo recuerdo!, ¡cómo lo recordaba esa noche en mi baile!
Pero el olor del vacío me sacó de mis añoranzas para invadirme de la estampa que justamente estaba en mis pensamientos, ¡tan igual y tan distinto!, su cuerpo delgado, sus facciones fuertes, angulares, su cabello largo, cayendo en desorden por su rostro y sus hombros, negro como el ala de las noches más oscuras, y sus ojos, sus profundos ojos también negros. Como "Aquél", pero vivo, ¡éste estaba vivo!


Y no me temía. Se dirigía a mí decidido, seguro, como quien va y sale en busca de su destino. Triste dejavù. Así fui mansa e hipnotizada a los brazos de "Aquél" cuando lo vi por primera vez en la no-muerte, asombrada por no escuchar ni a mi orgullo ni a mis pudores, ni a mi moral; pero invadida de desidia como estaba poco me importaba en aquél momento nada. La música gritaba en ecos y repetía una y otra vez la misma pregunta:


"I’m asking why?, I’m asking why?"*


Y, como él, danzaba yo esa noche sin esperarme ya otra nueva burla del destino, hasta encontrarme con esos ojos profundos, negros y vivos que avanzaban hacia mí...


¿Por qué bailas sola?


¿Por qué habría de hacerlo acompañada?, además, no estoy sola, nunca estoy sola


Y su amplia sonrisa blanca, casi incandescente, que podría hasta herir mis ojos, "su" misma sonrisa pero esta era limpia, sin rasgos de ninguna perversión. La alerta sonó en mi interior, ya varios habían puesto sus ojos sobre él, mis compañeros de muerte tampoco eran indiferentes al olor de esta víctima. Tenía que salvarlo, tenía que sacarlo de allí.


Sígueme- dije, tomándolo del brazo - Sígueme y no hagas preguntas



***


Hasta el fin del mundo, desde hoy, hasta el fin del mundo, ángel oscuro – Fue mi respuesta mientras comenzaba mi andar detrás de ella, este eterno andar tras ella.


Me llevó a un auto aparcado a unos metros del bar, la puerta del copiloto y del piloto se abrieron apenas al acercarnos, como accionadas por manos fantasmas que nos esperasen, y rápidamente me dio la orden, con voz y mirada de ruego, para que me montara. En mi mente se agolpaban mil razones para aquello, pero ninguna que me evitara obedecerla. Subí al auto y las puertas se cerraron azotadas fuertemente por las mismas manos invisibles, casi justo en el momento que arrancaba ella, asida fuertemente al volante y con mirada decidida hacia el frente.


La velocidad que había alcanzado sólo se comparaba a los remolinos de deseo que surgían de mi alma y el temor terrible a estrellarnos en la primera intersección.


Nos vas a matar a los dos - alcancé a mascullar.


Pensé que querías morir Sean. Por mí no te preocupes, que ya yo no tengo ese consuelo- Me dijo en un susurro que se escapaba de una media sonrisa cínica y triste.


¿Cómo sabes mi nombre?- Pregunté, menos sorprendido de lo que se podría esperar.


Sé mucho de ti. Sé, por ejemplo, que si vuelves a ese sitio no saldrás con vida. Prero ya te dije que no hicieras preguntas – dijo, mientras estacionaba el auto. – Ahora bájate y sigue tu camino, estás en lugar seguro para ti - Ordenó sin verme la cara y la puerta a mi lado derecho se abrió mágicamente de nuevo.


No voy a ninguna parte ángel oscuro. Está bien, no haré preguntas, tan sólo una, ¿cuál es tu nombre? - Espeté casi desesperado.


Sasha... – Susurró - ¡bájate ahora!, este lugar es seguro para ti pero no para mí – Dijo, observando fijamente un edificio, en apariencia abandonado, situado a unos pasos de donde estábamos.


Entonces no lo pienses más, arranca porque no me pienso bajar Sasha...- Dije cerrando esta vez yo la puerta.


***


Arranqué justo cuando les vi salir del edificio. Esos cazadores nos presienten a kilómetros de distancia, era una locura acercarme tanto, pero sabía que sería su única salida esa noche que se encontraba tan perceptiblemente desesperado, y mucho más para olfatos como los nuestros. Pude haberlo impulsado fuera del auto y salvarlo también de mí, pero su voz pronunciando mi nombre, que con tanto recelo me reservo y que consiguió arrancar de mí tan involuntariamente; el calor de su cuerpo cercano, sus ojos aún brillantes, el olor de su adrenalina emanando de sus poros y la sangre... la sangre que veía correr tórrida y viva por sus venas; todo me estaba enloqueciendo de sed, de hambre de él.


Manejé un buen trecho intentando ahogar mis ganas de su sangre en la velocidad que alcanzaba. ""Aquél"" me había enseñado a controlar mis ansias y a concentrarme "si no puedes huir a tus instintos deja que ellos se centren en otro objetivo; corre, corre hasta que no tenga más sentido". Y eso hacía, corría en el auto, concentrada en no percibir el olor de su carne viva, de su sexo deseoso, de la adrenalina que endulzaba magníficamente su sangre a mi olfato...
Los vampiros noche a noche estamos muertos, pero a cambio de tanta muerte y tantas horas perdidas en la eternidad todo aquello que sentimos se intensifica hasta el paroxismo, por eso nuestros deseos son tan incontrolados, nuestros odios tan encarnizados, nuestras luchas tan cruentas y nuestro amor tan entregado. Somos bestias que nos alimentamos de su sangre, humanos, ¿cómo no vamos a ser todo un cúmulo de pasiones?.


Y de esas pasiones me embargaba lo que emanaba de él. Su fuerza, su pureza, su desesperanza... sabía que si no lo alejaba de mí ocurriría lo inevitable.
Debes alejarte, Sean, mientras puedas debes alejarte - dije rompiendo el sepulcral silencio.


No Sasha, tú me llamaste, tú me esperabas y ahora eres tú quien me lleva consigo. Si no tienes la voluntad de alejarme me temo que has perdido, porque yo nunca la he tenido.


No sabes en lo que te metes querido amor, no sabes a quién intentas atrapar...
Dímelo tú Sasha, es lo justo, ya sabes bien quién es tu presa, ángel oscuro...
Já, oscura, sí, pero no ángel; soy bestia, bestia que riega muerte y se alimenta de sangre.


¿Me estás intentando decir que eres un vampiro?


No, no lo intento...


Se quedó un momento en silencio. Una oleada divina de adrenalina corrió por sus venas y mis colmillos empujaban mis labios creciendo de deseos. Pero súbitamente su alma tuvo un cambio, la serenidad de la entrega fue desencadenándose en su cuerpo y vino a mí la imagen nítida de la decisión en su mente. Sonreí como siempre, con mi risa cínica y triste, mostrándole mi complacencia, y lo llevé a mi refugio, también proyectándole en su mente mi decisión tomada.


Me siguió manso y en silencio. Al cruzar el umbral de mi sepulcro, el mausoleo Dupont llenó sus ojos y vi, a través de la imagen que él captaba, la sorpresa de ver los oros y rojos barrocos de los altares, el mármol de los cuatro grandes sarcófagos, y los nombres inscritos en ellos: Demian Dupont, Adrianne Baros, Pavel Dupont Baros, Sasha Dupont Baros... Estaba en mi refugio, estaba absorto frente a mi eterna cama, leyendo mi nombre casi ahogando el llanto, como si llorara a la mujer amada.


¡Tú no estás muerta!, esto que me haces sentir no puede ocasionarlo una muerta...


Es peor querido, no estoy viva y no estoy muerta. Sólo puedo decir que soy, y lo que soy: una bestia... pero una bestia que te ama, que admira tu pureza y que no quiere mancharla...


¿Mancharme?, si hasta que te vi no había ya ningún punto claro en mi vida, hasta que te encontré nada tenía objetivo, hasta este momento, frente a tu sepulcro, nada era suficiente ángel oscuro... ahora podemos estar juntos, ahora me puedes llevar contigo siempre, ahora quiero ser lo que tú eres, por ti, para ti...
Si hago lo que me pides no podremos estar juntos, debes saberlo, y no concibo ya alejarte Sean, no me pidas que te dé la muerte, acepta mi amor como ofrenda, pero no el beso de la muerte...


***


Yo insistí, ya no me quería separar más de ella, me invadía su tristeza, su sensualidad. Pero ella tenía su decisión tomada, yo sería su amante mortal, mas no en la eternidad.


"Acepta mi amor como ofrenda". Palabras susurradas que llenaron mis sentidos. Su imagen ahí, a trasluz en la puerta del mausoleo; la luna apenas iluminando sus pálidas mejillas y la negrura de sus ojos observándome como nunca nadie me había visto, por dentro, desnudándome intensamente; su brazo izquierdo posado hacia arriba en el marco dejando caer los tules de su ancha manga negra mientras el otro reposaba abandonado dibujando su cintura, sus caderas; la silueta de su cuerpo escapando en la transparencia de su vestido y la luna colándose por sus caminos. Era la imagen muerta de una diosa eterna que despertaba el cuerpo de este pobre mortal ya para siempre envenenado.
Y la música comenzaba a sonar en mi mente, de pronto sus manos abrazando mis caderas desde atrás llevándome a un suave balanceo, subiendo por mis costados, elevándome los brazos. Aliento gélido en mi mejilla, besos helados, roces de colmillos en mi cuello y su cabello enredado con mi cabello, dos sombras negras emulando nuestra entrega. Y sus senos chocando con mi espalda y su pelvis apretada a mis glúteos. Sus manos desabotonando mi camisa bajando hasta mi vientre con caricias casi imperceptibles, desabrochando el pantalón, experto aleteo frío rodeando mi sexo, acariciando, incitando ansias, despertando deseos.


Y, en el fragor del baile, el giro, el deseado primer beso, su lengua fuerte presionando la mía a cada lado. Mis manos cobrando vida bajo su vestido, tocando su piel de alabastro; sus senos reaccionando a mi roce, su aliento robando el mío y su sexo frotando y frotando. Sus ojos posados en los míos mientras la desnudo y el vestido rodando por su cuerpo en dulce caída, explotando de luz blanca el recinto de mi mirada. Ella bajando con besos por mi pecho, por mi abdomen, por mi sexo; engullendo golosa mi puñal enhiesto, jugando con su lengua, succionándome a sus adentros. Jamás fue beso frío causante de tanto fuego. Nuestros cuerpos manteniendo el intenso balanceo, mis venas doliendo de tanto querer explotar y los latidos de mi corazón sonando por los dos.


Luego ella sobre el sepulcro, tumbada ofreciéndome su cuerpo, su muerta alma. Sus senos apuntando desafiantes al cielo, sus uñas negras subiendo de su vientre hacia sus senos y después bajando de nuevo, en una caricia que pretendía enseñarme cómo debían ser las mías. Pero mis manos ya sabían, mi boca ya conocía, mi sexo ya era mi guía; guía que me llevaba a posarme sobre ella, a morderle los pezones, a penetrar su entrepierna con los dedos de la mano izquierda mientras con los de la derecha entraba a las cavidades de su boca y palpaba sus colmillos, duros, afilados; buscando puyarme con uno de ellos para provocar su sed como ella me provocaba a mí con su cuerpo...


Con fuerza sobrenatural me gira y pronto me veo debajo de ella que ya me rodea con sus piernas. Su roja humedad comienza a rodear mi falo y desciende, descendemos los dos al infierno en penumbras de nuestro deseo ciego. Se mueve y la música en mi mente se intensifica, un susurro de su voz canta en mi cerebro "Smell your skin, feel your breath, you on my side, i couldn’t resist"**y sus movimientos apuran la embestida, me siento, la abrazo y la penetro aún más fuerte, beso sus labios comiéndolos, buscando pincharme con sus colmillos, quiero provocar su ansia de sangre, pero ella es hábil para evitarlo y me lleva al desespero, embisto con más fuerza, clavo las uñas en su espalda,; violento me hundo en ella, violento muerdo sus labios, violento voy a su cuello y su piel no se rompe, suave como la seda, dura y fría como el mármol que nos rodea. La miro a los ojos...


Muérdeme Sasha, muérdeme y saca de mí lo que me falta por entregarte, acepto tu ofrenda, acepta mi vida en pago a ella...


***


Sabía lo que él buscaba, pero él no sabía que ya me tenía enloquecida la sed de sangre que intentaba apagar con su cuerpo dentro del mío. Sus formas eran las de un dios, como lo era"Aquél", ese maestro a quien, hasta esa noche, era al único que había amado tanto; ese ser que me abrió las puertas de las penumbras para dejarme sola siete años después "juntos peligramos, cara mía, ya puedes seguir tu camino y yo debo seguir el mío" dijo provocando mi ira, y la bestia que hay en mí succionó hasta su última gota mientras él sonreía y se me iba apagando en suspiros repitiendo "eso, cara mía, méteme todo en ti, mi camino está en tu alma, absórbeme, consúmeme; eso cara mía, te amo, te amaré siempre así, desde tus adentros...te amo, cara mía, te amo..." hasta que las cenizas se desvanecieron en mis brazos.


Y ahora sentía que lo tenía de nuevo entre mis piernas, pero puro, pero blanco. "Aquél"me amaba desde adentro y Sean y yo nos amábamos afuera; y de nuevo me pedía que le absorbiera la vida, apretado a mí, intentando rasgar mis carnes para meterse así, penetrándome fuertemente, con lujuria desatada, colocando su cuello en mi boca desesperada "muérdeme... acepta mi vida...muérdeme", una y otra vez golpeando las palabras en mi cabeza y sus venas latiendo dentro de mí, latiendo en los brazos que me rodeaban, latiendo en su pecho, latiendo en su cuello apretado a mis labios; cada vez con más fuerza, cada vez tentando más. Mis colmillos creciendo en su piel, rasgando, entrando y la sangre, su sangre, explotando en ellos, cayendo en mi boca, caliente, ardiente, bajando por mi garganta, llenando mi ser completo. Y mi alma. Mi placer creciendo y él descubriendo el mítico beso del vampiro que lo hace volar. Explotan imágenes en mi cerebro, su vida, su búsqueda, sus ansias, su soledad... y las mías en el suyo, su sorpresa al verlo a "él" y a sí mismo en ese mismo mármol; mis siglos y sus años corriendo en su sangre y su sexo explotando en mis adentros y mi pecho estallando y enrojeciendo con el alimento de su vitae en mi cuerpo.


Pronto vas desfalleciendo ángel de amor, cayendo entre mis brazos, pronto el brillo de tus ojos se va apagando y tus latidos atenuados van rompiéndome en mil pedazos. Mueres, mueres y ya no puedo evitarlo, estás en mí ahora, como querías, amándome desde adentro, tú y "él", para siempre en mis adentros.


***


Un placer desconocido me consumió entonces, sentí dos fríos filos rompiéndome la carne y miles de imágenes de ella entraron en mi cabeza, mi cuerpo ya no era tal sino simplemente un torrente de goce nunca antes probado, su beso, su último beso, me regaló el mejor de los manjares que ningún mortal haya sentido. Todo lo valía, cada gota por este momento, cada gota por sentir su amor desatado, cada gota por conocer sus soledades, por llenarla de mí. Nunca entrega es más profunda que la entrega de la sangre. Suyo, me hizo eternamente suyo.


Y poco a poco fui cayendo en el silencio, estallé por última vez en sus adentros y mi cuerpo se fue perdiendo en el aire; un cosquilleo en las yemas de mis dedos se fue extendiendo hacia adentro y levemente cada músculo, cada tendón, cada nervio se iba durmiendo; ahora era ella quien soportaba mi cuerpo, cargaba mi peso inerte e iba posando su rostro sobre el mío.


Una lágrima de sangre corría por su mejilla y escapaba en gravedad a mis labios. Luego, sus palabras de despedida "Una lágrima es el regalo y el castigo, una lágrima y luego debemos seguir nuestros caminos. Un día volveremos al sepulcro, pero ese día, Sean, ese día será la verdadera entrega, ese día tendrás de mí todo hasta llegar a mis cenizas..."


Y su lágrima me hizo renacer en esta muerte, apenas con tiempo justo para verla partir y no regresar nunca más a este refugio, donde ahora descanso día a día y la espero noche a noche en el lecho de su hermano, "Aquél" como ella lo llamaba, que ahora soy yo, Pavel dupont baros, descansando en su sepulcro, a la espera de su hermana-amante. Mientras sigue sonando en mi cabeza esa música, gritando en mi cerebro "I’m asking why, i’m asking why, nobody gives an answer, i’m just asking why, but someday we’ll meet again, and i’ll ask you, i’ll ask you why"***



* Pregunto ¿por qué?, pregunto ¿por qué? . Canción "Why" del disco "Le Roi est mort, Vive le Roi!" de Enigma.
** Huelo tu piel, siento tu aliento, tú a mi lado, no puedo resistirme. Canción T.N.T. for the brain del disco "Le Roi est mort, Vive le Roi!" de Enigma.
*** Pregunto ¿por qué? pregunto ¿por qué?, nadie da una respuesta, sólo estoy preguntando ¿por qué?, pero algún día nos encontraremos de nuevo y te preguntaré, te preguntaré ¿por qué?. Canción "Why" del disco "Le Roi est mort, Vive le Roi!" de Enigma.


Para leer las letras completas pueden ir al vínculo:
http://www.enigmamusica.com/letras/e3.htm

La Sombra

Todo está en penumbras. En el fondo de tu habitación cobra vida una sombra que sale desde un rincón y se acerca lentamente... la sombra te observa, vela tu sueño por unos instantes, impaciente.

Acerca la silueta oscura que se dibuja de su nariz y te respira, roba tu aliento; súcubo succionando la forma que de tu alma exhalas en tu tranquilo sueño; seguro, abandonado e indefenso.


La sombra roza con su oscura mano tus mejillas; sientes la caricia, suave, tibia. Quieres abrir los ojos, pero velozmente otra mano vela tu intento, conminándote a sentir sin ver su fantástico cuerpo convertido en deseo negro.


La sombra te susurra, "Estoy aquí, finalmente a la vera de tu lecho" y te abandonas a sus palabras, porque la conoces, porque la esperabas en las penumbras de tus infinitas madrugadas.
Su etéreo ser se posa sobre ti y escuchas, lejano, su suspiro anhelante, como eco de las sensaciones mil veces evocadas; suspiras también al sentir sus caricias en tu pecho, mariposas negras revoloteando en tus pectorales, entusiasmadas.


Las mariposas descienden y se convierten en garfios que te van desnudando. La sombra te observa, "Que hermoso eres", repite en cantinela. Palpa con sus dedos tus piernas, casi no puedes sentirlo y pronto llega la manga de su capa negra, donde le ha indicado el deseo.
Posee firme tu sexo, palanca que hala su boca sedienta hacia ti, y sientes su saliva, su lengua, su cálido aliento, abarcarte entero desde tu centro. Dueña de ti es la sombra ahora, lamiendo y chupando, te tiene a merced de sus labios.


Quieres moverte pero la incorpórea ama no te lo permite, "Déjame a mí, simplemente déjame a mí", repite suave pero firmemente, y sube en ti abrazándote con sus piernas. Sientes finalmente su beso y tus ansias responden con tu lengua dentro de ella.


Finalmente sientes su sexo, dejándose abrir en herida por tu hoja afilada; desciende lento, húmedo, caliente, palpitante y vivo, vivo en ti; hecho ser palpable sólo por tu ilusión anhelada.
Prominente la abarcas completa y te hierven las venas de sentirla así, poseída y también esclava; sombra siempre esquiva que ahora te entrega, dentro de su entrepierna, su última morada.


Un susurro escuchas, bajito en tu oreja,"Hazlo, termina de invadir mi cuerpo como ya me invades el alma" y entiendes clara su orden convertida en ruego, mientras sus movimientos aceleran su cabalgata, persuadiendo tu control a punta de deseos que se impulsan en escalada.
Estallas en ella y lágrimas derramadas se yerguen en promesa. La voz oscura jadea un quejido amargo y una risa satisfecha y, luego de besarte con ansias de hambres continuas, repite por lo bajo y quebrada "Estoy aquí, siempre aquí, nunca ceses en tu espera".

Estatua de sal: La última mirada

No sé cómo relatar esta historia y si llamarla o no incesto, en términos legales no lo es, pero para mí y para él somos hermanos....

Mejor intento explicarlo desde el principio, ya me dirán luego cómo puedo llamar a ese encuentro con Joshua.


Hace ya diez años hice un viaje de intercambio, una de las experiencias más intensas y determinantes de mi vida, sé que hay varios tipos de intercambios con programas distintos, éste tenía duración de un año y no era, como es lo más común, estudiantil, sino "cultural", con el objetivo de aprender la cultura y la sociedad de otro país, por ello se estipulaba pasar por mínimo tres familias distintas durante ese lapso de tiempo y, sí, estudiar, pero digamos que esto tomaba un papel accesorio, sobre todo porque generalmente se realizaba el viaje en el último año de la etapa secundaria, con la idea de, que si se estudiaba dicho curso en el otro país, al regresar igual se retomara en el propio para graduarse. En mi caso particular yo estaba adelantada un año y cuando tuve la edad para realizar el intercambio ya había terminado, así que lo único que hice fue tomar un curso preparatorio de universidad, al que asistí apenas unas tres veces, por lo tanto dispuse de mucho más tiempo para quedarme en las diferentes casas por las que rodé y, como ya dije que el estudio no era el protagonista de este programa, nadie se preocupó mucho al respecto.


Por diversas circunstancias mis primeras experiencias fueron unos verdaderos suplicios, pasé por un total de cinco familias, de las cuales, la única que vale la pena mencionar es la última.
Caí en esa casa ya bastante desesperanzada con respecto a mi viaje, había tenido excelentes experiencias pero con las familias no me había ido muy bien, así que no tenía muchas ilusiones con ésta. Sin embargo, para grata sorpresa mía, con ellos todo fue diferente desde el principio, ni me trataron con demasiada atención (o sea, ni artificial ni hipócritamente, sería bueno que quien tiene intercambistas en su casa entendiera que no somos unos payasos de turno, ni una novedad para mostrar a los amigos de "sociedad") ni me ignoraron como si yo fuera un huésped en una posada, me trataron como reza la idea del intercambio: "uno más de la familia".


La familia estaba conformada por papá, mamá y cuatro hijos, dos hombres y dos mujeres, bueno, tres adolescentes y una hermosa niña, para ser más exactos, y de todos ellos yo era la mayor, desde un principio me pusieron el título de "hermana mayor" y así, durante los cuatro meses que viví con ellos, todos eran mis hermanos y mis padres, salíamos bajo mi responsabilidad, mi hermana más cercana, Lucía, siempre me daba demostraciones de cariño, era la más tierna de todos y la más afectuosa, nos sentábamos a hablar durante horas, nos escribíamos notitas cariñosas, cantábamos juntas, ella escuchaba la música que yo traía y fue ella quien me enseñó a apreciar la música del nuevo país donde estaba; estaba también mi hermano preadolescente, el problemático Marcelo, aunque en el fondo era un pan dulce, él no era nada afectuoso, pero llegó un momento en el que solamente me atendía a mí, recuerdo bien cuando papá le dijo: "está bien, le diré a Kassandra que hable contigo, total es a ella a la única que escuchas"; Danielita, la más pequeña, me buscaba por las noches para que le cantara alguna de las tonadas que la hacían dormir, pero evidentemente con ella no tuve mayor compenetración, tenía apenas tres años y yo ya 17, era poco lo que podíamos compartir.


Finalmente estaba Joshua, el mayor de los cuatro, tenía 16 años para ese entonces, pero a él demoré un poco más en conocerlo ya que, precisamente por mi llegada, tuvo que mudarse a casa de los abuelos y así cederme su cuarto, lo cual no representó problema de su parte ni me mantuvo alejada de él, como dije, desde un principio me hicieron sentir parte de la familia y ello abarcaba también los abuelos, quienes gustosamente me recibían en casa varias veces a la semana. Estas sesiones fueron convirtiéndose en necesarias tanto para Joshua como para mí, lejos de nuestros padres, del resto de los hermanos, podíamos hablar y conocernos mejor, éramos los más contemporáneos y teníamos muchas cosas que compartir, aunque, he olvidado mencionar que Joshua era muy introvertido, un muchacho bastante callado, bastante hierático, así que me costó un tanto al principio romper esa coraza; me empeñé en hacerlo fundamentalmente por dos razones: una, no iba a ser justamente él el responsable de frenarme las bellas relaciones que estaba estableciendo con la familia, y en segundo lugar, aunque no reconocido hasta mucho tiempo después, Joshua era un chico con una carga de sensualidad increíble, carga que él mismo no conocía, lo que, supongo, lo hacía mucho más irresistible, ¿alguien ha conocido sensualidad más atractiva que la ingenua?.


Así las cosas, Joshua y yo nos fuimos compenetrando muchísimo, hablábamos de todo, nos tocábamos mucho, nos hacíamos caricias, nos abrazábamos, nos recostábamos en nuestros regazos mientras veíamos televisión, él se reía de mi acento al hablar su idioma y me enseñaba a perfeccionarlo, yo le enseñaba algunas cosas en español, a veces salíamos con Lucía y Marcelo, como cuatro hermanos, hacíamos guerras de almohadas, preparábamos a escondidas alguna sorpresa para nuestros padres, incluso hubo noches que dormimos enteras abrazados el uno al otro.


Pero cada día que pasaba se me hacía más necesaria su presencia, ya señalé que no vivíamos juntos, pero ya para los últimos tiempos de mi viaje, prácticamente siempre estábamos el uno donde estuviera el otro, yo no quería pensar abiertamente lo que estaba sintiendo, tenía novio y él era mi hermano, por encima de cualquier cosa ellos eran mis hermanos y yo podía estar confundiendo ese gran cariño con otro tipo de amor, total, no conocía bien lo que podía ser un amor fraternal, en mi país soy hija única, no tengo idea de qué siente un hermano verdadero por otro, no sé cómo son sus acercamientos, no sé si se quiere a uno más que al otro, si hay algún preferido, si hay algún mimado, si hay el que nos entienda más, sólo lo sospecho, mis padres verdaderos tienen hermanos y observándolos pues veo que siempre hay uno al que se inclinan más, otro al que quieren cuidar, otro con el que se tiene un acercamiento intelectual... y en mi caso por el que más me inclinaba era por Joshua, al que quería cuidar era a Marcelo y mi acercamiento intelectual era con Lucía. Así que me quedé quieta en mis impulsos, simplemente estaba confundida y de seguro lo que me parecía de su parte también era producto de mi imaginación, él me quería tanto como yo, eso era todo, no sentía por mí otra cosa más allá de esas que mi mente calenturienta pensaba en algún momento.


Pasaron cuatro meses y llegó el momento de mi partida, esa última semana estuvo realmente llena de emociones, mis padres escribieron una carta para mis padres verdaderos, carta que no podría ser abierta hasta que yo llegara, mi hermana me regaló un libro y durante todos esos días nos dedicamos Joshua, Lucía y yo a grabar en casettes todo cuanto hubiéramos oído juntos, para no olvidarnos de esos momentos que sólo algunas canciones son capaces de evocar. También nos fuimos a poner unos piercings en las orejas, uno por cada uno, compartiríamos los aros toda la vida; eso sería símbolo de nuestro nexo, además del pacto de sangre, ¡qué románticos podemos ser de adolescentes!.


Durante esa semana Joshua durmió en casa, nuestros padres estuvieron de acuerdo en que teníamos que pasar el máximo de tiempo juntos, pronto yo me iría y no sabía cuándo o si regresaría alguna vez, sería una crueldad que no estuviéramos finalmente como la familia que llegamos a ser.


Fueron muchas las despedidas esa semana, lo cual me hacía llegar casi siempre tarde a casa, que era donde finalmente siempre quería estar, pero todo parecía como a mil por hora, el tiempo se me acortaba a una rapidez fuera de lo normal, y no quería dejar sitio o persona por volver a ver antes de mi partida, ¡son tan tristes y a la vez tan hermosos esos recuerdos!. Todas las noches llegaba y encontraba a Joshua esperándome, algunas veces con Lucía, otras solo, y siempre estábamos tan tristes que apenas pronunciábamos palabra, nos quedábamos alguno en el regazo del otro, nos acariciábamos inocentemente en la cabeza, veíamos ausentes la televisión, o dormíamos así, reitero, la tristeza era muy grande.


Finalmente llegó el último día, día que al final se convertiría en uno, sino en el más, hermoso recuerdo de ese año de intercambio. Como era de esperarse estuve fuera de casa todo el tiempo, fui a la universidad a despedir a viejos amigos, fui a casa de otros intercambistas a quienes aún no les había llegado su hora pero con los que había hecho buena amistad, fui a ver a mi novio, al que adoraba y con el que cerré la noche fuera de casa, hicimos el amor como posesos, como queriendo quedarnos con retazos de piel previendo una sed que de seguro pronto nos atacaría, pero eso es otra historia.


Cuando llegué a casa, ya bastante de madrugada, encontré a Joshua medio dormido en el sofá y a Lucía, un tanto molesta, pero despierta, esperándome también. La abracé y le dije que no se molestara, que por más que intentara no podía dividirme, ella me dijo que no le molestaba que llegara tarde, que le molestaba que me fuera, que había estado hablando con Joshua y él estaba igual o peor que ella y que habían decidido pedirme que no me fuera.


Me lo soltó así, sin yo esperarlo, como un vaso de agua frío directo a la cara, yo no podía quedarme, por más que quisiera, las reglas del intercambio me obligaban a volver luego de un año y luego de arreglar todo el papeleo bien podía hacer lo que me diera la gana, pero tenía que regresar; además tenía a mis padres aquí y los extrañaba como loca, al igual que ellos a mí, luego de todo lo que había tenido que pasar durante ese largo año, finalmente volver a casa era necesario para todos... aunque debo admitir que lo dudé por un instante, pero mi duda se disipó pronto y le tuve que decir a Lucía que lo que me pedía no era posible, que tenía que regresar, ella me dijo que se lo esperaba, pero que entonces prefería no formar parte de ninguna despedida, que se iría a su cuarto y que no la malinterpretara, simplemente quería hacernos a los tres las cosas más fáciles. Imagino que entendió mi cara de incomprensión y me dijo que, como ya me había comentado, Joshua estaba igual o peor que ella, que ella jamás lo había visto llorando y que ese día lo había hecho tanto que finalmente se quedó dormido en el sofá, agotado; que tal vez no le creyera, pero que ella creía que nosotros teníamos algo especial y que sentía que debíamos despedirnos solos.


Su revelación me sorprendió, era cierto, imaginar a Joshua llorando se me hacía imposible, siempre agradecí el gesto de Lucía de dejarnos solos, pero no solamente por haber dado paso con ello a lo que sucedió después, sino porque se me hubiera hecho infinitamente más difícil esa noche de haber estado los tres, ella siempre fue muy optimista, muy alegre, y me hubiera partido el alma verla sufrir.


Me acerqué a Joshua, no quería ni despertarlo, se veía francamente hermoso acurrucado en el sofá, lo único lamentable es que no podía ver sus grandes y hermosos ojos azules, esos ojos que eran los que, indiscretos, generalmente me abrían las puertas de sus sentimientos. Ahí, dormido, se veía tan indefenso y a la vez tan hombre, tan sensual, su cabello caía sobre su rostro, respiraba pausadamente, relajado, entregado a su sueño, una mano servía de apoyo a su mejilla, mientras la otra reposaba sobre uno de los cojines del sofá y la boca entreabierta, provocativa, de labios gruesos, me invitaba descarada a darle un beso... pero no, no podía, ¡era mi hermano!.
Aparté el cabello de su rostro, quería observarlo mejor, él se movió, entre dormido y despierto, aproveché su estado de duermevela para hacer lo que siempre hacíamos, me senté en el sofá y dejé que su cabeza se acomodara en mi regazo, comencé a acariciar su cabello con una mano y con la otra tomé la suya, como queriendo apresarlo y que ya nada más nos separara.


Algo mágico, que aún hoy no sé explicar bien, se operó en el ambiente, su mano apretaba la mía, él no abría los ojos y yo no podía dejar de observarlo, uno de mis dedos, accidentalmente rozó sus labios, y juro que fue accidental, quería acomodarme el cabello y cuando moví la mano para eso, rocé sus labios. Nunca llegué a acomodarme el cabello como quería pues cuando mi dedo tocó su boca, él la abrió y me tocó la yema con la punta de su lengua, ese contacto fue una descarga eléctrica, me dejó paralizada, dejé el dedo quieto donde estaba y vi como su lengua comenzaba a jugar con él, eso me excitó y nubló todo pensamiento racional de mi mente, nuestras manos se apretaron fuerte, como anticipando temerosas lo que sabíamos que pasaría y al mismo tiempo dándose apoyo mutuamente.


Me dejé entonces viajar por sus labios que tantas veces había deseado calladamente, dibujé la silueta de su rostro, paseé por el interior de su boca mientras él chupaba uno a uno los dedos. Pronto su mano libre comenzó a actuar rozando tímidamente mi mejilla; sí, él sentía el mismo miedo que yo ante lo que estábamos haciendo, se notaba en el temblor de sus manos.
Nuestros corazones latían con tanta fuerza que podíamos notarlo, poco a poco él fue subiendo y yo fui bajando, hasta que nuestros rostros estaban sólo a milímetros, nuestras manos ya estaban viajando con más confianza por donde nuestra incómoda posición nos lo permitía; él tenía la suya en mis costillas, apenas rozando con el dedo pulgar el comienzo de mi seno y yo me entretenía en su vientre, sin atreverme aún a seguir el camino que mi propia mano estaba trazando. Por fin, abrió los ojos y me confirmó por un lado su decisión y por otro, su miedo; nos dijimos mil cosas con la mirada, cuánto nos deseábamos, cuánto nos amábamos, cuánto miedo teníamos, cuánto dolor... soltó mi mano y puso la suya sobre mi nuca acercándome a sí mientras se iba levantando y de ese modo, con los ojos abiertos, nos besamos, sin perder detalle de lo que nuestra visión nos regalaba mientras comenzábamos a abrazarnos fuertemente, fundiéndonos lo más que podíamos el uno en el otro.


Como guiadas por un maestro de orquesta, al mismo tiempo, nuestras manos comenzaron a recorrernos mutuamente, toqué su pecho por debajo de su camisa, que ya había desabotonado casi sin darme cuenta, su viaje se inició por mi espalda mientras me quitaba la blusa y nuestro beso sólo se vio interrumpido para poder saborear nuestras orejas, nuestros cuellos, nuestros hombros; perfectamente sincronizados nos besábamos y nos tocábamos, excitándonos al máximo pero sabiendo ya que la noche era nuestra, no había por qué apresurar nada, por fin caídos los velos debíamos disfrutar de todo lo que estaba tras ellos, y eso hicimos.


Lo acosté en el sofá y lo besé, sobre él me sentía dueña y señora del mundo y creo que se lo hice sentir, porque él se abandonó a mis manos y mis besos, sumiso y pasivo. Mordí suavemente su labio inferior y él profirió un gemido bajito, bajé a su mentón siempre mordiendo, cada vez con mayor intensidad, y él acompañaba mis movimientos con su respiración cada vez más acelerada, besé su cuello que tanto me encantaba y me detuve un momento en su manzana de adán, prominente y provocativa; seguí mi camino hacia el sur esta vez con la lengua, dibujando con ella sus tetillas, lo cual le erizó.


Todas sus reacciones me excitaban cada vez más, como si mi placer dependiera únicamente del de él, sus manos no paraban de acariciarme el cabello y la espalda, aún tímidas, mientras yo iba besando y besando cada espacio de piel que se me iba mostrando, hasta que finalmente llegué a su enhiesto sexo, preparado, expectante, delicioso a la vista, me detuve a mirarlo primero, lo acaricié suave, apenas dejándole sentir mi tacto, luego toqué la puntita con mi lengua, como hacía unos minutos había hecho él con mi dedo, se estremeció y colocó sus dos manos sobre mi cabeza, no me empujó ni me apretó, pero su gesto me hizo saber muy bien lo que quería y me excitaba aún más que él fuera tan suave, tan delicado, tan sublime en cada movimiento. Finalmente tomé el pene entre mis manos y lo puse entre mis labios primero, lentamente comencé a introducirlo en mi boca y chupar, para aquél momento no tenía mucha experiencia en felaciones, y de hecho, no me gustaban, pero con el miembro de Joshua las cosas fueron sucediendo solas y no tenía ningún tipo de desagrado, al contrario, parecía que, siendo un manjar tan deseado, estaba probando la gloria en su sexo, mi lengua se movía circularmente alrededor de su glande mientras chupaba ávida, él temblaba fuertemente y se aguantaba sus gemidos y yo me alimentaba de deseos con cada gemido ahogado de sus labios, todo lo que estaba pasando me estaba volviendo loca.


Apenas tuvo tiempo de reaccionar para levantarme la cabeza y acabar. El líquido caliente fue a parar a mi cuello y parte de mi pecho y yo estaba a punto de explotar de tanta excitación, de tantas ganas. Sin embargo, no sé por qué, lo que hice fue llorar cuando me encontré con sus ojos, él me abrazó con fuerza, y volvió a besarme en los labios, no me dijo nada pero me vio directamente a los ojos, usando ese nuestro código de miradas, para transmitirme su tranquilidad, tranquilidad inexistente porque los dos temblábamos como hojas al viento, pero entendí y agradecí su gesto, ya no había vuelta atrás y él sabía muy bien lo excitada que estaba, mi corazón y mi respiración lo denotaban.


Sus manos volvieron a crecerse en mi piel, recorrió de nuevo mi espalda en ascenso y comenzaron a colarse por mis costillas hasta llegar a mis senos, masajeó suave y torpemente al comienzo, luego fue tomando experiencia maestra y pellizcó, rozó, acarició, apretó, mientras su boca paseaba alternadamente por mi oreja y mi cuello; mordía, succionaba, besaba, soplaba aliento caliente por el camino de ida y vuelta entre mi cuello y el hueco de la clavícula y yo me iba entregando, tomando el papel al que en un principio él se había abandonado: sumisa y pasiva.
Arrodillada en el sofá, fui arqueándome hacia atrás invitándolo a besarme más, a que su camino también continuara, él lo entendió y comenzó a descender con esos suaves besos hasta llegar a mis senos donde se detuvo por unos largos instantes, lamiendo, mordiendo y chupando alternadamente cada uno mientras me apretaba a él con ansias, sin abandonar esa sutileza que tan sorprendida y enloquecida me tenía. Era sin duda el hombre más sensual que había conocido (y aún lo sigue siendo), cada caricia, cada beso, cada movimiento estaba tan cargado de esa sensualidad que es francamente difícil que alguien pueda imitar.


Poco a poco, casi sin darme cuenta, me fue acostando en el sofá y siguió su descenso, se detuvo por un instante, como dudando y yo abrí los ojos para observarlo, ahí estaba él, con su cara inocente viéndome fijamente a los ojos, esperando encontrarse con mi mirada mientras comenzaba su trabajo entre mis labios mayores, de nuevo tan suavemente, inexperto, pero como yo, pareciendo disfrutar el manjar, su lengua se paseó de arriba abajo, abriendo y cerrando el camino a su paso, luego se prendió de mí como una sanguijuela y me tomó firme de los glúteos, siempre viéndome a los ojos, y yo, con gran esfuerzo le mantenía la mirada porque veía en ella todas sus ganas, todo su amor, toda su lujuria apenas descubierta, mi placer iba aumentando y mis sentidos se exacerbaban, como ya he dicho, para aquél momento mi experiencia era corta y no sabía ni retrasar ni prolongar un orgasmo, así que más pronto de lo que mis ansias hubieran querido, estallé con su cara entre mis piernas, y por un instante perdí de vista su azul desafío para abandonarme al éxtasis que me había regalado.


Casi lo estrangulo con piernas, pero hábilmente escapó para posarse sobre mí y besarme de nuevo, sentí su erección sobre mi vientre y entendí que estaba listo y dispuesto para el último paso. Se detuvo por un momento, me vio a los ojos y me dijo: "Kassandra, nunca había hecho esto". Casi me ahogo de sorpresa al instante, luego de lo que ya había pasado se me hacía casi imposible creer que mi hermano fuera virgen, y que además estuviera dispuesto a darme a mí su primera experiencia. Estuve tentada a detenerlo todo ahí, tuve miedo y al mismo tiempo un extraño respeto, de verdad sentía que quien estaba sobre mí, semidesnudo, era mi hermano, que unas puertas más allá estaba toda mi familia durmiendo, sin imaginar que nosotros estábamos en esas "lides", entregándonos de tal manera, ofreciéndonos tan intensa despedida.
Pero mi deseo me impulsaba a otra cosa, él veía la duda en mis ojos, sentía mi temblor, mi inseguridad y me dijo "no importa que seamos hermanos o no, no importa ya nada Kass, te he deseado desde hace tiempo y hoy no me voy a detener pensando en cosas que no son ciertas, quiero darte y darme mi último regalo juntos... para ya de pensar". Y paré... dejé a mi deseo poseerme por completo.


No pensé nada más, abrí mis piernas, busqué su pene y lo coloqué en la entrada, lo vi a los ojos y lo besé, esperando que de una vez por todas entrara en mí y me hiciera sentir, además de su hermana, como hasta ahora, su mujer.


De nuevo con una suavidad de otro planeta, Joshua fue penetrándome, dejó de besarme y me clavó la mirada, apenas entreabría los labios y dejaba escapar un suspiro mientras su miembro se iba abriendo paso en mis adentros, y apenas también, cerraba los ojos involuntariamente de vez en vez para sentir cómo estaba yo de ardiente internamente, cómo mi humedad dejaba su sexo rodar fácilmente dentro del mío; casi ni podía yo mantener fija mi vista en sus ojos mientras me iba abandonando al placer y clavé mis uñas en su espalda cuando finalmente lo tuve todo adentro, por unas fracciones de segundo podría jurar que él sonreía, ya sin asomos de inocencia, disfrutando el calor de mis entrañas.


Poco a poco comenzó el vaivén, se notaba su temor porque sus embestidas eran lentas, pausadas, como buscando el ritmo preciso, la penetración certera para sentir el máximo de placer. Impulsé involuntariamente mis caderas hacia él pidiendo con ello más de su cuerpo, el deseo me estaba volviendo loca y yo también era bastante neófita, por lo que me sorprendían mis propios movimientos instintivos, pero me dejaba llevar, lo que sentía era demasiado divino y ya mis pudores no tenían ningún tipo de valor, así que lo abracé entre mis piernas y lo empujé fuertemente hacia mí, mientras con mis caderas seguía imponiendo el ritmo que mis ansias me dictaban, como siempre, mirándolo fijamente a los ojos, demostrándole que no había asomo de dudas, quería que se desatara sobre y dentro de mi cuerpo y lo quería en ese instante.
No sé si entendió mis deseos o siguió los propios, pero nos convertimos en verdaderas fieras, la pasión nos rebasaba y nuestros gemidos apenas los podíamos ahogar con nuestros propios besos. Mis uñas hicieron un Picasso en su espalda y sus dientes marcaron territorio en mis hombros, sus manos me apretaron fuertemente los brazos y su embestida era cada vez más fuerte, más intensa, cada vez más y más adentro... cada vez más... y más...


Nos mordimos para ahogar nuestro grito de placer, primero él, luego yo, y lo sentí temblar sobre mí, pero esta vez era su placer la causa del sismo, su cuello enrojeció, sus ojos no soportaron mantenerse abiertos mientras se tensaba y apuntaba al norte con su quijada, sus manos me hacían pensar que me quebraría los brazos y su miembro explotó en mis adentros el líquido caliente que me hizo estallar a mí, que me hizo también vibrar fuertemente, me tensó el cuerpo entero y perdí el aire que finalmente sólo recuperé en su boca.


Desfallecidos nuestros cuerpos, nuestras mentes reaccionaron, el beso se fue apagando suavemente y poco a poco, con miedo, abrimos los ojos para encontrarnos en esa tan estrecha cercanía que nos convierte en cíclopes, con miradas satisfechas pero también llenas de aprensión y el ambiente parecía hacer rodar la pregunta "¿es éste mi hermano?". Sí, hoy puede sonar ridículo ese cuestionamiento, pero por alguna razón sentíamos haber cometido un delito, algo que no se debía hacer, algo que no se podía compartir.


De nuevo fue el silencioso mirar quien nos respondió muchas las preguntas y dejó otras miles en el aire, nunca hablamos del tema, nunca lo contamos a nadie, ocultamos todo rastro de evidencia, hasta en nuestros sentires luego de la inevitable separación; no hubo palabras antes de dormirnos, no hubo palabras al levantarnos y rápidamente regalarnos un último beso en los labios, no hubo palabras camino al aeropuerto, simplemente no hubo ya más palabras luego de eso.


Pero sé que en nuestras mentes está grabado el último momento, ese en el que, mientras me dirigía a la puerta de embarque y me repetía mil veces "no voltees, no lo hagas", finalmente giré y fue a él, y sólo a él, a quien le dediqué mi última mirada, para encontrarme con la suya que, en silencio, me dedicaba su último adiós.

Estigmas

Esa noche empezó mi desgracia en el cuerpo desnudo y perfecto de esa mujer, seguro debes estar pensando que no soy nada original, pero fue así, debo confesarte antes de empezar mi historia, que esa fue la única ocasión que pude fijarme en la belleza de su cuerpo desnudo, que pude verla a ella en su totalidad, no sientas celos, tal vez porque la vi bien sólo una vez aún me parezca un cuerpo de formas perfectas. Recuerdo que estaba ligeramente girada hacia la pared, como una gata contorsionada, que en búsqueda de la posición mas sensual, tortura sus músculos. Vi sus minúsculos senos perfilados hacia el techo, la línea de la cadera no muy pronunciada, sus nalgas redondas, blanquecinas, pero no pienses que sólo vi eso por ser hombre y porque simplemente fui ahí para saciar mi deseo de macho y cumplir con el ritual que, supuestamente, todos los hombres cumplen aunque sea una vez en su vida, fueron las sábanas las que no me dejaron muy bien ver sus piernas porque estaban enredadas entre ellas, pero pude percibir, eso sí, que eran carnosas. En otras cosas, como en sus brazos o sus manos, me fijé vagamente, el ambiente del cuarto alquilado era muy oscuro, te juro que lo intenté y te aseguro que si hubiera visto bien el peligro en su mirada, hoy estaría a salvo, pero me estoy adelantando, aún no debes saber la suerte que corrí entre sus brazos, sigamos en el cuarto, la noche de nuestro primer encuentro.


Debí imaginarme que era una trampa, era un manjar demasiado delicioso para ser colocado diariamente ante seres tan hambrientos, esa mujer, que de repente se colocaba tules y comenzaba a danzar frente a mí, no podía ser tan fácil de adquirir, es que ni siquiera era una puta de precio inaccesible, no por lo menos para un hombre trabajador, como lo era yo, cuando aún era un ser últil, está bien, está bien, no emitiré juicios sobre mí mismo, de eso te encargas tú, lo sé, pero es que me lleno de nostalgia, añoranza y rabia al recordar cómo era antes de conocerla y enamorarme de ella, sí, enamorarme de ella ¿es que es un crimen enamorarse de una hermosa prostituta?... pero, ¿dónde me quedé?, ¡ah, sí!, ella estaba danzando frente a mí, debo acotar que nunca se lo pedí, ella simplemente se puso sus tules y comenzó a bailar, me clavaba sus ojos de hechicera, parecían dos llamas amarillas encendidas, desafiantes, que recorrían mi cuerpo, quemándolo de tanto no tocarlo, se acercaba, me dejaba apenas rozar con mis manos sus formas y luego se retiraba, "me estás volviendo loco", le dije, y ella respondió con media risa: "ese es mi destino...", frase que interpreté como que esa era su tarea, ¡qué equivocado estaba!, debo decirte de una vez que ese realmente era su destino y ella fue honesta, por lo menos me avisó que me iba a volver loco, que yo me haya dejado, era problema mío...



Volviendo a lo que contaba, su danza me estaba encendiendo de tal modo que ya empezaba a sentir dolor, esa es una de las cosas que, aquí entre nós, odio de ser hombre, uno no puede excitarse tranquilo porque le empiezan a doler las bolas y hasta que no acabas no te dejan de doler (y eso si es que acabas antes de que el dolor alcance su punto máximo, porque sino, ¡acabar también duele!), o sea, que no disfrutas casi nada como debe ser porque lo que quieres es eyacular de una vez antes de que sea el dolor el que acabe contigo. Sé que debes estar pensando que eso no tiene nada que ver con la historia, pero te lo digo para que entiendas que me le abalancé encima como una bestia no porque lo sea, sino porque quería evitar que el dolor creciera y su juego me estaba enardeciendo; así que de una vez y sin besuqueo ni nada, le arranqué el tul que cubría sus caderas, la giré violentamente y la penetré sin preámbulos, le di y le di hasta que acabé fuertemente en sus adentros, ni siquiera me fijé en su placer (ni en el mío, sinceramente) y sólo hasta que terminé con mi barbarie me di cuenta de que ella veía el techo con esa mirada de quien comprende y espera a que se le pase el arranque de histeria a uno más de tantos que pasan por su cama. Eso me produjo una sorda rabia, aunque sabía que era lógico que estuviera acostumbrada, pero de todos modos, la rabia es de humanos y a cualquier hombre eso le causa, por lo menos, desconsuelo; conociendo tanto como conoces la mente humana, debes entender eso. La cosa es que me dio tanta rabia que me paré y empecé a acomodarme el pantalón que ni siquiera me había quitado por completo, pero me sorprendió acariciándome melosamente el cabello y diciendo: "te faltan como seis horas, pagaste la noche completa y no se aceptan reembolsos, cariño". Me lo dijo con tanta dulzura que me quitó todo asomo de ira de encima, fue la primera vez que me dejó desarmado, no, miento, fue en ese momento que me dejó desarmado para siempre. Sentí ternura, lástima, ganas de protegerla, de descubrirla y con ello hacerla mía como ningún hombre que le pagaba podía hacerlo... odio este lado femenino que mi madre me inculcó, esta maldita curiosidad por saber todo lo que no debo saber y querer entender el alma de cuanta persona conozco, aunque a ella le haya pagado y no precisamente para conocerla.



Confundido y sin saber qué responderle, le hice la pregunta más inútil y estúpida que podía hacerle: si le había hecho daño, con tono verdaderamente avergonzado, no te rías ni me pongas esa cara, de verdad le pregunté eso, pero a pesar de la sazón tonta de la pregunta, parece que fue la clave para que me empezara a abrir su alma, porque me respondió que nunca nadie podría hacerle ya más daño y, por supuesto, eso me picó más la curiosidad y me propuse indagarla, conocer su vida, entender su mente, poseer su alma; si mi padre estuviera vivo me diría: "yo te lo dije imbécil, no seas entrépito, no te metas en lo que no te importa", pero nunca le hice caso a mi papá y en ese momento ni me acordé de él, sinceramente, ni en ese momento, ni en las semanas subsiguientes, porque déjame decirte, empecé a ir a verla todas las noches desde esa noche y así fue como poco a poco empecé a amarla y hacerme adicto a ella, a su voz dulce, a sus ojos encendidos y a su manera de hacerme y permitir que yo le hiciera el amor; pero está bien, te prometí contarte los hechos como pasaron desde el principio hasta el final, así que intentaré seguir siendo coherente en el discurso.



Cuando dijo que nadie nunca podría hacerle ya más daño, lo primero que quise saber era quién había sido el primero en herirla, por decirlo de alguna manera, ella me dijo que si le prometía ir todas las noches de esa semana y pagar de nuevo el turno entero, me contaría la historia, pero a partir de la noche siguiente, porque aún no era tiempo y porque con la boca ocupada con mi pene se dificultaba contar cualquier historia; já, además de todo la condenada era buena negociante, sabía reconocer una buena oportunidad cuando se le presentaba y de esa manera consiguió una buena paga esa semana, te digo que esa semana porque las demás no me quiso cobrar, según ella porque me quería de una manera especial, cosa que habla muy bien de mi capacidad de comprender la mente humana, y no es que quiera menospreciar tu profesión, pero yo he demostrado que cualquiera puede hacer una buena terapia y que, a pesar de que existe la carrera de psiquiatría, lo que más hay en este mundo son loqueros buenos como yo, pero no te enojes, ahora te contaré la parte "buena" de la historia, que es cuando empiezo realmente a conocerla.



Lo que pasó esa noche, después del trato que hicimos, es obvio: me exprimió con su boca todo lo que mi vigorosidad pudiera darle, intenté sanar con mi lengua el lugar que minutos antes había profanado salvajemente, me cabalgó, la cabalgué, nos mordimos, nos apretamos y al final, como buenos amantes, acariciamos los cansados cuerpos, sin besarnos nunca en los labios, para no perdernos más el uno en el otro...



La noche siguiente, o mejor dicho, las noches siguientes, me fue contando su historia, cual Sherezade del nuevo mundo perdida en un bar y evitando la decapitación, claro, la mía, no la de ella, eso lo sé ahora, pero en su momento me parecía apasionante su manera de hacerme volver sólo para beber de su increíble relato. Lo primero que me dijo fue que lo conoció en el mar, en un crucero que se había ganado en un casino de la costa, ella estaba feliz porque era la primera vez que se ganaba algo en la vida, bien dicen que cuando ganas algo grande una vez en tu vida es para tu desgracia, y así fue con ella, ese hombre le desgració la vida, no adornaré nada, te lo adelanto porque es obvio, no me interrumpas que todo lo que digo está plenamente justificado; ese hombre era como las peores serpientes, encantador, según ella, y tenía también una mirada encendida. Cuando la vio, le ofreció una noche de fantasía, una noche que nunca olvidaría y ella, tan entrépita como yo, y con las mismas pretensiones de dominarlo tras conocerlo, aceptó sin preguntas ni alarmas, así que esa noche se fue a su camarote.



En otra noche me contó que ese hombre la amó como nunca nadie lo había hecho y le enloqueció la idea de que sería solo una vez, por lo cual luego fue ella quien le ofreció unas nuevas horas de fantasía. Él le avisó: "te volveré loca..." pero ella, otra vez como yo, lo tomó como parte del reto; como verás, una de las reglas de estos seres de desgracia es siempre ser honestos con la víctima porque saben que dicha presa es suficientemente orgullosa y curiosa, ella lo era y tomó el riesgo, así que se siguieron viendo varias noches, según dijo él también se enamoró y la necesitaba tanto como ella a él, pero sabía que guardaba un secreto y ella lo quería todo, absolutamente todo, así que un día se propuso seguirlo y los pasos le llevaron a un bar, sucio y oculto, donde lo vio bailando para otras mujeres y dejándose acariciar por todas ellas, lo vio subir a los cuartos de putas del bar con varias de ellas y se sintió terriblemente traicionada, así que decidió vengarse. La noche siguiente lo esperó acostada en la cama, desnuda y con el puñal bajo la almohada; pero le dio la oportunidad de confesarse preguntándole qué hacía él todas las noches después que la dejaba...



Eso me lo contó la noche antes de verla por última vez. Recuerdo que me dijo: "es mejor que no sepas el final porque estoy empezando a amarte y ya no quiero hacerte daño", eso me desequilibró, ¿cómo era eso de que ya no quería hacerme daño?, ¿me había querido hacer daño alguna vez?, ¿por qué justo luego de decirme eso me dio ese tan deseado y evitado terrible beso en los labios?, yo la amaba, ¡la adoraba casi con locura!, ardía en deseos de ella y me devoraban los celos de pensarla penetrada y manoseada por otros. La bombardeé de preguntas y ella sólo callaba, eso me terminó de exacerbar y la empujé contra la pared, tomé su rostro entre mis rudas manos y la hice verme a los ojos, la besé impotente, lleno de ira y dolor, en su beso me perdía, lo sabía, pero quería, necesitaba, seguir bebiendo de esos labios lo que su silencio me negaba, buscaba enfurecido una respuesta a su misterio, buscaba para mí mismo la razón de amarla así; y las pasiones, que siempre desatan otras, nos despertaron la lujuria una vez más, me mordió hasta hacer sangrar mis labios, me abrazó con sus piernas, clavó las uñas en mi pecho, mientras yo la empotraba contra la pared, la penetraba desesperado de fundirme en ella, metía mis dedos entre sus nalgas y las apretaba hacia mí, casi sin medir mis fuerzas, y apenas la sentí explotar la inundé de mí potentemente... luego de ello, tomé mi ropa y salí del cuarto en un ataque de macho herido.



Sin embargo, esa noche no pude dormir, tenía que saber cuál era el secreto que guardaba, ese que me haría tanto daño a su parecer, qué le había pasado, cómo había terminado prostituyéndose "para no amar", como me dijo una vez; no podía dejar de pensar en ella, necesitaba su cuerpo, no, entenderás que no podía dejarla ir así de mi vida, así que regresé después de unas horas, cuando ya amanecía... y la vi... la vi salir con el dueño del bar, agarrados de la mano, mordisqueándose mutuamente y riendo. La odié con toda mi alma, esa mujer me había hecho explorar todas y cada una de las pasiones que era capaz mi alma de sentir, ahora la odiaba, sentí que no se reían de otra cosa sino de mí, que se reían de cómo un imbécil más les mantenía su sucio bar; quería salir corriendo, pero no podía irme sin saber el final de su maldita historia y sin tratarla como a una perra, sí, sí, sé que no te gusta que use esas palabras para referirme a ella ni a ninguna mujer, pero es que así la vi, sino dime tú cómo podía mentirme de esa forma, tú que eres mujer, debes saberlo... perdón, tú no eres igual a ella, es que aún el recuerdo me enardece, me sentí utilizado y estafado, así que decidí vengarme, tomé mi puñal de explorador y volví esa noche.



Lo pensé mucho. Debía darle primero la oportunidad de darme una explicación, el beneficio de la duda, tú debes saber que siempre necesitamos agarrarnos de cualquier cosa antes de sabernos traicionados. Cuando llegué estaba como siempre, hermosa y enredada entre las sábanas, cual cuadro renacentista, esperándome. Pero estaba triste, lloraba y me preguntó por qué había vuelto y por qué había pagado de nuevo la noche completa, como hace tiempo ya sabía que no tenía que hacerlo, que pensó que no me vería más y que sabíamos que era lo mejor para mí. De nuevo me enervó su dulce lejanía y le dije airadamente, casi gritando, que tenía que saber el final de su historia y que si tenía que pagar para saberla pues lo haría; ella me volvió a repetir que no quería hacerme daño y yo, ya frenético, con la imagen pegada del de hijo de perra mordisqueando su oreja y retumbándome en los oídos las mutuas risas, le grité que eso era problema mío, que dejara de aparentar que me protegía, que teníamos un trato y si lo que faltaba era dinero yo le pagaría todo lo que su lengua valiera, que no sólo la quería para lamerme sino para darme lo que a mí me diera la gana y que de una puta vez soltara la próxima mentira que terminara con toda la maldita historia.
Ya te dije que la quería hacer sentir como a una perra, y lo conseguí, porque vi el dolor y el odio en su mirada cuando me gritaba que ese hombre, asustado con el puñal apuntando su pecho, le dijo que la amaba pero que no podía ser solamente de ella, que si lo era de verdad, la marcaría con el Estigma, que ese era su destino y que mejor era que no lo buscara más, por decidió enterrar el puñal en lo más profundo, una y otra vez, y no se detuvo hasta que él cayó inerte sobre ella y se dio cuenta de que estaba bañada de su sangre pero que su cuerpo la iba absorbiendo, así como absorbía también su piel y sus huesos y él iba desapareciendo sobre ella y dentro de ella, hasta no quedar rastro de su existencia, sólo dentro de su ser que todo lo había consumido. No, no pongas esa cara de incredulidad, que es verdad, aunque en ese momento yo me sentí tan burlado como tú, me reí de impotencia, como lo haces tú ahora de mí, le dije que era una muy buena mentirosa pero que no dejaba de ser una perra que me sacó dinero por inventarme una estúpida historia, le dije que la había visto con su jefecito riéndose de mí y que podía pudrirse en su cuartucho de mala muerte, que nunca más me vería la cara; y ¿sabes lo que me dijo?, ¿imaginas lo que osó decirme?, que eso era lo que ella quería, que me fuera, que no la buscara más porque jamás había sido sólo para mí y nunca lo sería, que escapara a tiempo, que la dejara en paz con su destino. Debes coincidir conmigo que eso fue un reto flagrante, que me provocó apropósito y debes entender ahora por qué usé el puñal, enceguecido de dolor e ira, aunque nunca le hayan encontrado restos de sangre los policías que llamé, te juro que la maté y si no encontraron el cuerpo es porque está dentro de mí, latiendo a cada instante; pregunta al dueño del bar, ella trabajaba ahí, no me repitas que el bar no existe, está cerca de aquí, ven yo te llevo, no, no hablo del bar donde me viste ayer con esa mujer, es el otro, si de verdad me amas debes creerme y entenderme, yo sé que piensas que te miento para no explicarte lo que viste ayer, pero te estoy hablando en serio, la maté, soy un asesino, no, no te quiero volver loca, te lo advertí, si sientes eso debes alejarte ya de mí, vete, no me busques más, ella no me quería marcar por que me amaba, créeme, te amo, por eso te traiciono, te amo, por eso te lo cuento, ¡te amo!, ¡no te quiero marcar!...