“Tengo una soledad
tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor”
Rostro de vos- Mario Benedetti
Me prometió una edición especial, limitada, de “País Portátil”, que, por supuesto, no me dio nunca. Me dedicó tres versitos etílicos y mil sonrisas enredadas de picardía especial; me dijo mil cosas que no entendí en su verborrea tan infinita y particular, pero lo que más recuerdo de Adriano es su mirada de soledades concurridas, como el poema de Benedetti… su palabra en el silencio de “sólo yo me entiendo, y lo sé”, su intemperancia para todo y aquél fragmento que tuve suerte de leer de su puño y letra y transcribir para un libro donde se empeñó en ser él quien presentara a Mary Ferrero, su primera esposa a quien, indudablemente, amó.
Como amaba las letras, el sonido del hielo en el vaso de whisky, hablar y hablar y hablar y huir de sí mismo, (así me dijo, a mí y quién sabe a cuántas más); como la mitad de los escritores atormentados; como amaba a todos menos, tal vez, a sí mismo.
Hace unos días que parecen tantos y tan pocos cavó por fin a los huesos de sus huesos y seguramente averiguó, para no contarnos, si era verdad aquello de que “Sólo hay un presente que puede proseguirse: el día inexistente, el que no malgastamos día a día, esa hora lujosamente imaginada contra la cual no pueden gigantes ni quimeras ni endriagos ni huracanes.”(Fragmento de “Hueso de mis huesos”) Y entregó su nariz a la almohada de otro de sus poemas, o a la barra de un bar, su mejor lecho de muerte, el más apropiado, el de sus soledades concurridas, el de su vida tan portátil.
Me dejó, nos dejó, y se llevó el secreto de sus palabras inentendibles, de por qué sonreía tanto cuando al escribir cada letra era lágrima; de qué pensaba en sus tambaleos en la puerta de cualquier reunión de escritores cada vez más viejos, más muertos, más únicos y menos reemplazables. Durmió su último latido sobre una barra y ahí, consecuente consigo mismo, nos prohibió la imagen del escritor caído en su cama, corriendo en ambulancias inútiles al hospital… consecuente, digo, obligándonos a recordarlo en su soledad, esperando, frente a un vaso con hielo y quién sabe qué dentro, sobre la barra que seguramente era el único público del último poema o cuento o idea de novela que cantaba solo y para nadie, perdido en esos presentes de días inexistentes, de locos escritores hablando a mil públicos y ninguno.
tan concurrida
que puedo organizarla
como una procesión
por colores
tamaños
y promesas
por época
por tacto
y por sabor”
Rostro de vos- Mario Benedetti
Me prometió una edición especial, limitada, de “País Portátil”, que, por supuesto, no me dio nunca. Me dedicó tres versitos etílicos y mil sonrisas enredadas de picardía especial; me dijo mil cosas que no entendí en su verborrea tan infinita y particular, pero lo que más recuerdo de Adriano es su mirada de soledades concurridas, como el poema de Benedetti… su palabra en el silencio de “sólo yo me entiendo, y lo sé”, su intemperancia para todo y aquél fragmento que tuve suerte de leer de su puño y letra y transcribir para un libro donde se empeñó en ser él quien presentara a Mary Ferrero, su primera esposa a quien, indudablemente, amó.
Como amaba las letras, el sonido del hielo en el vaso de whisky, hablar y hablar y hablar y huir de sí mismo, (así me dijo, a mí y quién sabe a cuántas más); como la mitad de los escritores atormentados; como amaba a todos menos, tal vez, a sí mismo.
Hace unos días que parecen tantos y tan pocos cavó por fin a los huesos de sus huesos y seguramente averiguó, para no contarnos, si era verdad aquello de que “Sólo hay un presente que puede proseguirse: el día inexistente, el que no malgastamos día a día, esa hora lujosamente imaginada contra la cual no pueden gigantes ni quimeras ni endriagos ni huracanes.”(Fragmento de “Hueso de mis huesos”) Y entregó su nariz a la almohada de otro de sus poemas, o a la barra de un bar, su mejor lecho de muerte, el más apropiado, el de sus soledades concurridas, el de su vida tan portátil.
Me dejó, nos dejó, y se llevó el secreto de sus palabras inentendibles, de por qué sonreía tanto cuando al escribir cada letra era lágrima; de qué pensaba en sus tambaleos en la puerta de cualquier reunión de escritores cada vez más viejos, más muertos, más únicos y menos reemplazables. Durmió su último latido sobre una barra y ahí, consecuente consigo mismo, nos prohibió la imagen del escritor caído en su cama, corriendo en ambulancias inútiles al hospital… consecuente, digo, obligándonos a recordarlo en su soledad, esperando, frente a un vaso con hielo y quién sabe qué dentro, sobre la barra que seguramente era el único público del último poema o cuento o idea de novela que cantaba solo y para nadie, perdido en esos presentes de días inexistentes, de locos escritores hablando a mil públicos y ninguno.
Ya te complaceremos, Adriano, sabemos que no te veías como el “Manco de Lepanto” te recordaremos siempre como “El cojo del Alto Escuque”
S.





2 comentarios:
Todo mi respeto y admiración para aquellos que consiguen lo que yo, simplemente, sueño...
Profundo, hermoso en su congoja... bello homenaje, A. Seguro que él, desde ese sitio a donde quiera que vayan las almas si es que se van a algún sitio, lo lee y sonríe agradecido. :)
Ahora tendré que leerle pequeña, bello homenaje y bella "recomendación escondida". Me alegro más de lo que tú te imaginas de que vayas adelante y de que lo hagas periodísticamente. Sabes que siempre te vi talento pra ello.
Un besazo de esos.
P.
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